Escrita en pleno auge de los movimientos feministas y reeditada casi medio siglo después, Mujer al borde del tiempo (Consonni), de Marge Piercy (Detroit, 1936), propone una pregunta incómoda que sigue vigente: quiénes tienen derecho a imaginar el porvenir y quiénes quedan fuera de esa conversación.
Publicada originalmente en 1976 y reeditada por Consonni, es una de esas novelas que regresan cuando el presente parece estrecharse. Traducida por Helen Torres, esta ficción especulativa feminista articula una crítica feroz a las instituciones, al capitalismo tardío y a las jerarquías de género, raza y clase, al mismo tiempo que ensaya una utopía posible, frágil y deliberadamente discutible.
La protagonista, Connie Ramos, es una mujer chicana que vive en Nueva York y carga con una biografía atravesada por la violencia: pobreza estructural, abusos, trabajos precarios, maternidad interrumpida y un sistema de salud mental que la considera descartable. Tras un episodio de violencia que no inicia, pero sí padece, Connie es internada nuevamente en una institución psiquiátrica, donde el encierro, la medicación forzada y la deshumanización son moneda corriente. Desde allí, comienza a recibir visitas de Luciente, habitante del año 2137, que la conecta con un futuro radicalmente distinto.
La novela se construye a partir de ese vaivén: el hospital psiquiátrico –espacio de control, castigo y silenciamiento– y Mattapoisett, una comunidad futura organizada sobre principios de equidad, ecología, crianza colectiva y disolución de los roles de género. En ese mundo, las personas no están definidas por su sexo biológico, la maternidad no es un destino inevitable y el cuidado es una responsabilidad social. La diferencia no se tolera: se valora.
Pero Piercy evita la idealización ingenua. Connie cuestiona ese futuro, lo encuentra frío, excesivamente racional, incluso arrogante. Las discusiones que mantiene con Luciente sobre el amor, la crianza, la sexualidad o el deseo resuenan hoy con una claridad inquietante. Muchas de esas tensiones siguen atravesando los debates feministas contemporáneos, lo que confirma hasta qué punto la novela fue, más que anticipatoria, profundamente lúcida.
En paralelo, Connie también vislumbra otro futuro posible dominado por la mercantilización extrema de los cuerpos, la tecnología al servicio de la explotación y una división de clases brutal. La novela no propone una profecía cerrada, sino una advertencia: el porvenir no está dado, se disputa.
El encierro como política
La representación del hospital psiquiátrico ocupa un lugar central. La autora se apoya en investigaciones y experiencias directas para retratar un sistema que patologiza la pobreza, la disidencia y la incomodidad social. Connie comparte el encierro con personajes como Piernas, un joven homosexual sometido a tratamientos de electroshock, cuya historia condensa la violencia institucional sobre los cuerpos que no encajan. En ese sentido, la novela dialoga con otras ficciones de la época, pero suma una perspectiva feminista y racial que complejiza el diagnóstico.
Leída hoy, Mujer al borde del tiempo se inscribe con debates actuales sobre salud mental, medicalización, encierro y control social. La pregunta que recorre el libro –quién define qué es la locura– sigue siendo urgente.
Luciente no funciona únicamente como guía de Connie en el futuro: es, sobre todo, una figura pedagógica. A través de sus intercambios se despliega una ética del lenguaje, del cuidado y de la responsabilidad colectiva. En Mattapoisett, nombrar no es un gesto inocente: los nombres no fijan identidades, las palabras no cristalizan jerarquías. El esfuerzo por construir un habla sin marcas de género no aparece como corrección moral sino como consecuencia lógica de una organización social distinta. La traducción de Helen Torres asume allí uno de los mayores desafíos del libro: trasladar a otra lengua una experiencia lingüística que todavía no existe del todo.
Luciente insiste, además, en algo que atraviesa toda la novela: ese futuro no es un paraíso garantizado. Es el resultado de decisiones políticas, conflictos, renuncias y luchas. No hay progreso automático ni armonía natural. Hay debate, error, desgaste. La utopía, en la escritora, no es un destino sino un proceso.
Escribir futuros en los años setenta
Cuando Mujer al borde del tiempo se publica en 1976, no es un caso aislado. Otras escritoras como Ursula K. Le Guin, Joanna Russ o James Tiptree Jr. también estaban reformulando la ciencia ficción desde una perspectiva crítica y feminista. Sin embargo, la novela de Piercy quedó durante años en un lugar incómodo: demasiado política para el canon literario, demasiado explícita para cierta crítica académica, demasiado radical para un mercado que prefería distopías más abstractas o alegóricas.
Marge Piercy es autora de Mujer al borde del tiempo (Consonni). Foto: gentileza.¿Fue esa frontalidad la que limitó su circulación? ¿Pesó su decisión de escribir desde la experiencia militante, sin disimular el conflicto de clases ni la violencia institucional? La pregunta queda abierta. Lo cierto es que Piercy eligió no separar literatura y acción, y ese gesto tuvo un costo simbólico.
Más que una novela sobre el futuro, Mujer al borde del tiempo es una novela sobre el presente. Sobre quiénes quedan fuera del progreso, sobre cómo opera la violencia cuando se vuelve norma, y sobre la imaginación como acto de resistencia. “Las utopías no se desarrollan con gente escribiendo cómoda desde sus casas”, declaró en una entrevista Marge Piercy. Y también: “Si no ganamos nosotras, todo el mundo pierde”.
Casi cincuenta años después de su publicación original, la novela conserva su incomodidad. No ofrece consuelo ni soluciones simples. Propone, en cambio, una pregunta insistente: qué mundo se construye cuando quienes han sido históricamente silenciadas logran, por fin, pensar el futuro.
Mujer al borde del tiempo, de Marge Piercy (Consonni).








