Jimena tiene 34 años y es cajera de banco. Está convencida de que su relación con Gastón, de 35, empezó a quebrarse cuando el manejo de la economía de la pareja se volvió una discusión ardorosa y cotidiana.
Él había apostado fuerte a un emprendimiento comercial (venta de ropa mayorista a través de Internet) y sus cuentas, dice Jimena, “si no estaban en rojo, estaban en rosa”. El tema de cómo pagaban los gastos comunes se transformó en una pulseada insufrible. “Nos separamos por eso, porque en otros aspectos no estábamos tan mal”, dice ella.
El dinero puede llegar a ser un punto de irritación en las parejas. Es decir, hablar de gastos, sueldos, inversiones y hasta ahorros en común puede generar incomodidad, a tal punto de no querer mencionar ni siquiera la palabra “plata”.
Lo primero que indica la licenciada en Administración Lucía Aguilar -conocida en redes como Luli Invierte-, creadora de contenido financiero y autora del libro Sin miedo al dinero (Planeta), es que importa mucho qué tipo de pareja tenemos y con qué tipo de unión contractual contamos.
“Si estamos casados es una cosa. Y ahí depende si nos casamos con separación de bienes o con régimen de gananciales. Si estamos casados con el segundo, lo tuyo es mío y lo mío es tuyo”, señala la profesional. Esto implica que hay que dejar de separar los gastos: “Esto lo compraste para vos, entonces pagalo vos”.
“O sea, la plata que entra a la pareja es de los dos, no importa quién la haya aportado”, dice Luli Invierte.
Por eso, si bien asegura que, en estos casos, “no hay mucho de qué hablar porque ya se firmó un contrato”, también recalca que la administración del hogar no es solo limpiar, cocinar y colgar la ropa, sino también establecer objetivos, hacer inversiones, armar un presupuesto o pagar las cuentas. Para esto sí es importante hablar: “Tiene que ser algo recurrente, no una charlita que se tiene una vez y luego se olvida”.
Ahora bien, ¿de qué manera o cada cuánto sería lo ideal? “Es bueno revisar una vez por semana cómo vienen los gastos y, todos los principios de mes, hacer el presupuesto de los siguientes treinta días. La primera vez quizás se siente medio raro, pero a la quinta o sexta ya no”, afirma.
La licenciada Valeria Bedrossian, psicóloga especialista en terapia de pareja, apoya la idea de pactar estos momentos específicos para revisar gastos, ingresos y objetivos comunes, para así poder hablar del tema en forma relajada y no esperar a que aparezca en medio de una discusión por otro tema.
“En las sesiones de terapia de pareja es habitual que, en algún momento, surja el tema del dinero. No aparece solo como un asunto de números, sino como un factor que refleja valores, construcciones y significados personales y que, muchas veces, activa dinámicas de poder capaces de generar malestar o disfuncionalidad”, afirma.
El Excel del hogar
Según su mirada financiera y económica, para Luli Invierte la mejor manera es crear un pozo en común y después separar un porcentaje muy pequeño (entre un 3 y 5 por ciento) de la ganancia mensual para el uso individual de cada uno.
“Esto es para que no tengan que ponerse de acuerdo: ‘Che, ¿te parece si me hago las uñas o si me compro entradas para un recital?’. No, tenés un porcentaje que es tuyo y no le tenés que preguntar nada a nadie. Para el resto sí debe haber medianamente algún tipo de acuerdo en la pareja, sobre todo en gastos mayores”, explica.
Desde su mirada sobre el ecosistema íntimo de la pareja, Bedrossian sugiere definir juntos qué esperan, conversar sobre esas dinámicas y decidir cómo distribuir responsabilidades, evitando que lo implícito se convierta en terreno fértil para ruidos o incomodidades que, consciente o inconscientemente, se trasladen a otros aspectos de la relación.
“Nosotros estamos casados, pero nos sentimos más cómodos haciendo las cuentas mensuales y aportando según nuestros ingresos individuales”, cuentan Eduardo y Andrea, ambos de 44 años, sin hijos. Él es docente universitario y ella es escritora freelance, por lo que sus honorarios suelen variar constantemente.
Todos los meses anotan en un Excel los pagos que hizo cada uno y hacen la cuenta según lo que cobraron para calcular un porcentaje de cuánto debían poner en función de sus ingresos.
Si alguno pagó de más, el otro se lo transfiere. “Es una manera de llevar un control de los gastos también”, agregan.
“No está mal”, comenta Luli Invierte, aunque insiste en que lo ideal es plantear cuánto se va a querer gastar en el mes y, en base a eso, ver lo que cada uno aporta y cómo se va pagando todo.
¿Dónde tener la plata?
Cuando la especialista en finanzas sugiere tener un pozo en común (en el caso de un matrimonio con bienes gananciales) no se refiere a sacar la plata del banco. De hecho, no lo recomienda. “En un país con inflación e inseguridad, es una mala idea”, afirma.
Y agrega: “La verdad que no importa demasiado dónde esté la plata, sino que ambos sepan que es de los dos. Imaginate que uno gana 10 y el otro gana 2, los 12 son de ambos. Tampoco hace falta una cuenta en común, cada uno puede tener la suya, pero a dónde va el dinero, en qué se gasta, cómo se invierte, sobre todo eso tienen que ponerse de acuerdo entre los dos. Cuando están casados legalmente es así”.
Es el caso de Luis (59) y Sara (50), que llevan más de dos décadas como matrimonio y tienen tres hijos de entre 16 y 21 años.
Él trabaja en una consultora de servicio técnico de productos electrónicos y ella es maestra jardinera. Aseguran que hablar de dinero no es un problema para ellos, ni nunca lo fue.
“La plata que cobramos es de los dos. Generalmente yo soy la que más compras hago con tarjeta, así que él me pasa casi la mitad de su sueldo y después vamos pagando los dos los gastos que van surgiendo”, indica Sara, quien complementa sus ingresos con un segundo trabajo como preceptora de secundaria porque “el salario no alcanza”.
Dinero y poder
“En la actualidad es habitual que existan diferentes niveles de aporte económico y distintas configuraciones de pareja. Algunas personas sobredimensionan el valor del dinero y eso puede llevar a que, por aportar más, se sientan con derecho a otras atribuciones, generando disonancias y conflictos”, explica Bedrossian.
Y continúa: “Por eso es clave construir significados en relación a lo que significa el dinero para cada uno y acuerdos compartidos para que la cuestión económica no se convierta en un síntoma que distorsione la relación, especialmente en el uso del poder y en la toma de decisiones”.
La psicóloga remarca que las diferencias de aporte no deberían limitar la autonomía de ninguno de los integrantes de la relación ni generar una sensación de pérdida de libertad o de valor personal.
¿Y qué sucede cuando la pareja no está casada? “Es importante tener una distribución que sea justa. No podemos pretender un 50 y 50 si no ganamos lo mismo”, señala Luli Invierte.
Y lo ejemplifica: “Imaginemos que una persona gana 10, la otra gana 5 y los costos de la casa son 6. A una le queda un resto de 7 y a la otra, 2. Obvio que esta última termina muy ahorcada. Entonces lo que tenemos que intentar es formular acuerdos que sean justos. Lo justo, en estos casos, es un prorrateo; es decir cada uno va a pagar los costos en relación a lo que gana”.
¿Tarea de uno o de dos?
No sólo se trata de poner dinero sino también de hacerse cargo de la organización de los pagos. Y en este último rubro también pueden surgir ruidos en la pareja.
“Yo siempre aclaro que delegar no es desentenderse. Por más que lo haga uno, el otro tiene que saber qué está sucediendo”, dice Luli Invierte.
“No tienen que estar los dos sentados uno al lado del otro pagando los servicios, pero sí tienen que tener la estrategia los dos juntos y estar de acuerdo con eso”, agrega.
Así es el caso de Ignacio (32) y Josefina (34), quienes comenzaron su relación hace más de una década, conviven desde la pandemia y tienen un hijo de tres años. Él es arquitecto y tiene su propio estudio de diseño y construcción. Ella es pediatra de un hospital público y atiende en un consultorio particular para diferentes prepagas.
La administración de sus ingresos la dividieron en dos: Josefina es la que se encarga de pagar los servicios y todos los gastos en común y lo que cobra Ignacio lo guardan para inversiones a futuro. En un corto plazo, dice Josefina, podrían ser viajes; más adelante, construir su propia casa.
La licenciada Bedrossian también hace hincapié en estos tipos de acuerdo de pareja y explica la importancia de la “mutualidad”, un modo de intercambio en el cual se da y se recibe en un equilibrio dinámico.
“No se trata de una igualdad matemática, sino de un ‘dar y tomar’ que mantiene viva la armonía y el cuidado mutuo”, asegura.
Además, aclara que, en una relación con mutualidad real, cada uno siente que sus aportes -económicos, afectivos o prácticos- son valorados, y que lo que recibe a cambio compensa de manera suficiente sus esfuerzos.
“Cuando la mutualidad se quiebra, el vínculo se vuelve asimétrico”, dice Bedrossian.
“Por eso, si las diferencias económicas erosionan la conexión o generan resentimiento, la terapia de pareja puede ayudar a encontrar acuerdos más funcionales y equilibrados”, concluye.










