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Los tres recitales de Bad Bunny en Argentina después del show en la Super Bowl, donde defendió la cultura latina y que América son todos los países latinoamericanos, tuvieron una consagración épica con el abrazo con Cazzu, el 14 de febrero, con una canción compartida con los músicos Khea y Duki. Cuando Cazzu salió al escenario a cantar “Loca”, los gritos fueron un festejo de gol, una avalancha de corazones encendidos, un like gigante de un estadio que nos representó a todas. Quiero decir a muchas. Siento que Cazzu, somos todas y Cazzu ya es un sentimiento.
Benito le cedió el escenario a ella sola con un público de 80.000 espectadoras y un guiño cómplice de llama olímpica festiva. La masividad del escenario y la viralización de los videos potenció la reivindicación de Julieta Cazzuchelli, una mujer, madre y artista, que apunta a sus raíces para reinventarse, con el álbum “Latinaje”, y pone en escena los derechos de muchas mujeres que son de puta madre, con todas las palabras bien puestas.
El tema ‘Loca’ es de sexo explícito. Usa la palabra con la que todas fuimos acusadas. La usa para darle vuelta, para que la cante una mujer que dice que sí, que llama porque quiere sexo. La usa él para decir que ella le manda videos, que le pide que vaya. Es una mujer en llamas. Es caliente. Es explícita. Es sexteo sin permiso, sin perdón, sin pudor. A ver si se entiende para los feminismos del norte, moralistas o mojigatos: la liberación es que las chicas digan lo que quieran y pidan lo que les gusta.
Cazzu, es madre sola y esa costumbre latinoamericana de padres desaparecidos es un ícono triste e injusto de la realeza masculina macha. Ella tuvo a su hija Inti con el cantante mexicano Christian Nodal que se borró, salvo para extorsionarla con que ella no pueda irse de gira con su hija a la que cría sin compartir la crianza, si él no le firma un permiso, a cambio de que ella acepte su migaja económica.
El baile de Benito con movimientos sexis fue entonces a Julieta, sí y todo el reino es de ella, pero, todas las madres que fuimos despreciadas por elegir amamantar, las trasnochadas que brillan bajo las estrellas, festejamos como un gol esos pasitos que tiró Bud Bunny mientras se acercaba -antes su pelvis que su espalda- y la miraba a los ojos. Ese cuerpo de la que gesto, parió, trasnochó, crío y luchó para trabajar después de parir, con su hija a upa y con los cuidados bajo su responsabilidad singular, estaba ahí para ser seducido y acaramelado, llamado a la tentación y tentado de sucumbir a los videos que sí tiró y las noches en las que fue tirada.
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Hace ocho años, Benito y Cazzu eran muy jóvenes, traperos y beboteaban con micrófono y cámaras delante. Rompían barreras, antes de ser un boom por su sabor y melancolía. Benito no entendía porque en Buenos Aires los parques estaban enrejados. El sinsentido de la naturaleza enjaulada lo llamaba a saltar las reglas y las vallas. Se trepó con ella y la plaza fue una cita exclusiva para los valientes. Un guardia arruinó el encuentro y los echó por la infracción de buscar verde a deshoras. La cita no termino mal, terminó bien. El silbato no hizo efecto.
Bad Bunny ahora fue a Argentina y agradeció a un público que lo seguía desde sus presentaciones en Pinar de Rocha, un local del conurbano de la provincia de Buenos Aires, con un público popular y punto obligado de giras de los grupos que deben recorrer en micro mil boliches para que la recaudación de un respiro. Benito se hizo de abajo y el país lo recibió cuando no estaba arriba. Él agradeció ahora a un público encendido y eufórico. Se puso la camiseta de Argentina y saltó que no es inglés, una consigna que es un repudio a la colonización inglesa de las Islas Malvinas, traducido a la lengua del conejo: otro Hawái del Atlántico Sur, geopolíticamente estratégico por su cercanía a la Antártida.
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En ese escenario del segundo país que nombró Benito en el Super Bowl, para empezar por el sur, comenzando por Chile y siguiendo por Argentina, él la abrazó fuerte. Fue cariñoso, protector, sí, chicas, el feminismo, a esta altura de los castigos que nos masticamos, también admite un abrazo protector y reivindicativo. No está escrito, pero está a todas luces visto y oído.
La madre sola y bastardeada, de norte a sur, la que tuvo que llorar y comerse las lágrimas en las negociaciones judiciales patriarcales por injustas y antipatriarcales, estaba cantando con el señor del momento, con el héroe que defendió a los migrantes perseguidos por el ICE de la deshumanización en los Grammys, que ensalzó el amor frente al odio y tocó “yo perreo sola” para que menear el culo sea un derecho y un deseo decidido sin que otros decidan por nuestro cuerpo.
Ese abrazo, te pedimos permiso reina, nos abrazó a todas, a las que sabemos lo que pasas y a las que pasamos por eso. Nos abrazó a nosotras y a nuestros hijos. Y abrazo a las que están tan encendidas como Julieta para que la maternidad no sea una condena, sea como sea, porque, por sobre todas las cosas, la maternidad será abrazada o no será. Y ese abrazo lo dio Benito.
La mirada entre los dos, con Benito que le dice “todo tuyo” y ella que toma lo que le corresponde, es un baile inolvidable. El que más nos gusta. La maternidad deseada no es un deseo singular. Es una construcción cultural que entrona a la que decide salir y sacar adelante a su hija a pesar del machismo más perro y con otros hombres que saben dar lugar a las que luchan para alzar la voz. ¡Y que las escuchen!
Sí, mami, todas tuyas.








