Cáncer infantil en Argentina: la increíble batalla cotidiana

Cáncer infantil en Argentina: la increíble batalla cotidiana


Hay guerras que no salen en los diarios con mapas ni banderas. No tienen generales, ni héroes con uniforme, ni partes oficiales. Solo salas blancas, tubos de suero y padres que aprenden, de un día para otro, el lenguaje áspero de la quimioterapia.

El 15 de febrero se conmemora el Día Internacional de Lucha contra el Cáncer Infantil. La palabra “conmemora” suena solemne, pero la realidad es otra cosa: niños que deberían estar discutiendo por un gol o una figurita repetida y, en cambio, cuentan plaquetas.

En el mundo se diagnostican cientos de miles de casos cada año. En la Argentina, entre 1.300 y 1.500 chicos reciben ese golpe seco que parte la vida en dos: antes y después del diagnóstico. Leucemias, tumores cerebrales, linfomas. Palabras que ningún padre quiere aprender a pronunciar.

Esto no les gusta a los autoritarios

El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.

Y, sin embargo, aquí ocurre algo que merece decirse sin triunfalismo pero con justicia: la Argentina tiene una red pública que pelea. Hospitales como el Hospital Garrahan no son monumentos; son trincheras. Allí se libra una batalla silenciosa donde médicos, enfermeros y técnicos hacen lo que se puede —y a veces lo imposible— con recursos que no siempre sobran.

Las tasas de supervivencia rondan el 70% o más en varios tipos de cáncer infantil. Eso no es una cifra fría: significa chicos que vuelven a la escuela, que vuelven a patear una pelota, que vuelven a ser simplemente chicos.

Cuando un niño enferma de cáncer, la sociedad entera está en examen. Y ese examen no se aprueba con palabras, sino con hechos”

Pero el país es largo y desigual. No es lo mismo enfermar en una gran ciudad que en un paraje remoto. No es lo mismo tener acceso inmediato a un centro especializado que recorrer cientos de kilómetros con miedo en el asiento trasero. La diferencia entre llegar a tiempo o no llegar es, a veces, la diferencia entre la vida y la muerte.

Padres que duermen en sillas de hospital, chicos que soportan más de lo que ningún adulto debería exigirles. No hay épica en eso. Hay dignidad”

El cáncer infantil no se previene con buenos hábitos ni con eslóganes. No se derrota con voluntad ni con frases de autoayuda. Se enfrenta con diagnóstico temprano, protocolos estrictos, medicamentos caros y sistemas de salud que funcionen. Con política pública sostenida, no con gestos para la foto.

También con algo menos visible: la resistencia íntima de las familias. Padres que duermen en sillas de hospital, hermanos que aprenden a esperar, chicos que soportan más de lo que ningún adulto debería exigirles. No hay épica en eso. Hay dignidad.

El 15 de febrero no es una fecha para discursos grandilocuentes. Es un recordatorio incómodo: cada retraso administrativo, cada recorte, cada negligencia, tiene rostro. Y nombre.

En un país acostumbrado al ruido, esta es una batalla que se libra en silencio. Y quizá por eso mismo merece más atención que muchas otras.

Porque cuando un niño enferma de cáncer, la sociedad entera está en examen. Y ese examen no se aprueba con palabras, sino con hechos.

* M.D.,Ph.D., Director General Lab of Molecular Oncology, Full Professor, Quilmes National University; ORCID ID:0000-0002-8629-0787