Matías Jascalevich recuerda ese miércoles por la tarde en que, mientras la orquesta juvenil Virgen de Itatí ensayaba dentro del galpón de la capilla en que funcionaba, afuera bandas narcos ajustaban cuentas a balazos. Veía la escena a través de la gran puerta de chapa abierta. “Escuchamos gritos, corridas, tiros. Fuimos comunicándonos entre profesores lo que estaba sucediendo sin alertar a los chicos para prevenir el pánico y elegimos seguir adelante con nuestro ensayo, convencidos de que mantener a nuestros alumnos en actividad era mejor que sentarnos a esperar a que la situación se normalizara”, relata el director de la orquesta. Mientras en el barrio 1-11-14, uno de los más pobres de Buenos Aires, retumbaban los tiros, unos 60 niños se concentraban en leer la partitura frente a sus instrumentos, contraponían al caos el sonido ordenado de violines, cellos y guitarras.
La orquesta Virgen de Itatí, que nació hace 15 años por iniciativa privada y luego fue incorporada al ámbito público, es una de las que fue recientemente desarticulada por el Ministerio de Educación del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, en una decisión administrativa que fue explicada como una “fusión” de programas, pero que en los hechos elimina ese espacio como tal. Esta orquesta, nacida en el medio de la “villa” —como se identifica en Argentina a las barriadas más humildes— había sido mudada en el último año a una escuela un poco más alejada, en Parque Chacabuco. La otra orquesta que fue desactivada es la Violeta Parra, ubicada en la arteria principal del barrio 21-24, el asentamiento informal más extenso y poblado de Buenos Aires, donde se estima que viven en condiciones precarias más de 100.000 personas.
La anécdota del tiroteo es un ejemplo extremo que, sin embargo, sirve para ilustrar la importancia que tienen estos espacios dentro de las comunidades en que nacieron y lo que significan para muchos jóvenes que encuentran en la música no solo un refugio sino, en algunos casos, una vocación que cambia el curso de sus vidas.
Selene Peralta, de 16 años, empezó a asistir a la orquesta Violeta Parra hace tres años, alentada por su mamá, que en el mismo horario cursaba la escuela para adultos. “Al principio no me quería quedar porque veía a todos con las partituras y eso me intimidó, pero mi mamá me pidió que lo intentara y me entusiasmé con el violín. Fue lindo porque el año pasado toqué en el acto de su egreso”, cuenta orgullosa Selene, que está terminando el colegio e ingresó al prestigioso Conservatorio Superior de Música Manuel de Falla, donde le gustaría enfocarse en composición. Joselin Quiñones, de 17 años, también es violinista de la orquesta y todavía no definió si quiere ser profe de música o maestra jardinera.

El director de la orquesta Violeta Parra, Nehuén Gattella, dice que hay muchos músicos que encontraron su camino profesional en ese espacio y hoy son profesores de violín, clarinetistas, trompetistas. Algunos de ellos se acercaron el 2 de marzo pasado a la puerta de la escuela donde funciona la orquesta —Escuela de Educación Media N° 6, en la avenida Iriarte esquina Montesquieu— para sumarse a un ensayo a cielo abierto que hicieron para reclamar por el cierre, que fue comunicado de manera intempestiva el 20 de febrero, pocos días antes del reinicio del ciclo lectivo en el país.
Muchos vecinos también se plegaron al reclamo, en un gesto que Selene y Joselin identifican como algo muy propio de su barrio: la solidaridad. “Acá todas las organizaciones se apoyan entre sí. Cuando una cae, las otras están en alerta. Sabemos que entre todos tenemos que defendernos”, dice Joselin. Belinda García, de 16 años y alumna “enamorada del charango”, un instrumento de cuerda originario de la región andina de Sudamérica, recuerda el concierto que organizaron a beneficio de una compañera, Tizi, que necesitaba comprar un reemplazo para la prótesis de cadera que le habían colocado siendo muy pequeña. Algunas familias también llevaron comida para vender y rápidamente se recolectó el dinero necesario para la operación que el sistema sanitario público le venía postergando.

El Gobierno de la Ciudad, que lidera Jorge Macri, informó que el cierre de las orquestas es el resultado del análisis de dos propuestas musicales de características similares que se desarrollaban en paralelo (Orquestas Infantiles y Juveniles y Orquestas para la Equidad) y que presentaban superposición de oferta, cercanía geográfica entre sedes y baja matrícula. A partir de ese diagnóstico, dispusieron que los alumnos de Virgen de Itatí y Violeta Parra se integraran a otras orquestas cercanas, al tiempo que —aunque no se explicitó formalmente esta situación todavía— se dio de baja a los docentes de ambas sedes, que suman 19 en total.
Gattella rebate la explicación oficial y asegura que los contenidos trabajados por cada orquesta no son los mismos. Violeta Parra, por ejemplo, tiene un repertorio popular de música latinoamericana instrumental y vocal, especialmente compuesta de instrumentos andinos y percusión latinoamericana. Además, apunta que en 2025 la matrícula era de más de 50 alumnos, el tope generado por la cantidad de instrumentos, y que la orquesta a la que fueron invitados a asistir sus alumnos también se encuentra al límite de su capacidad. “Cada orquesta es una comunidad con un fuerte sentido de pertenencia que se rompe inevitablemente con cualquier tipo de fusión”, asegura.

Los jóvenes pierden esa actividad, que representaba una carga horaria de siete horas semanales, pero también un espacio de contención. Los docentes están atentos no solo a su misión pedagógica sino a conflictos o vulneraciones de derechos que requieran una intervención. Las situaciones que enumeran son múltiples: desde violencia de género en los hogares a padres que caen presos y adicciones.
Estas orquestas son también la puerta de entrada a un tipo de expresión artística que tal vez no hubieran conocido de otra forma y que muchas veces los mismos niños terminan llevando a sus familias, que los escuchan practicar en sus hogares con los instrumentos entregados en comodato. Como suele repetir Gustavo Dudamel, el célebre director de orquesta venezolano que está hoy al frente de la Filarmónica de Nueva York y que fue formado en el sistema de orquestas y coros comunitarios de su país, “todos los niños deberían tener acceso a la belleza”.








