Así fue asesinado en Bucha el ingeniero Emelyanov: la investigación y los tres sospechosos rusos | Internacional

Así fue asesinado en Bucha el ingeniero Emelyanov: la investigación y los tres sospechosos rusos | Internacional


Bajo una leve nevada, un cadáver yace semicubierto por un plástico negro en uno de los accesos a Bucha, a las afueras de Kiev. Es la mañana del 3 de abril de 2022. Reina el silencio en medio de los descomunales daños que sufren calles, casas, edificios y vehículos. Han transcurrido apenas dos días desde la huida de los militares rusos, que habían ocupado esta zona desde finales de febrero en un intento de tomar la capital de Ucrania.

Finalmente, se tienen que retirar tras ser derrotados en una infernal batalla de más de un mes en Bucha y otras localidades de alrededor. Cuatro años después, EL PAÍS ha confirmado a quién corresponde ese cuerpo, en qué circunstancias fue asesinado -justo este domingo 8 de marzo hace cuatro años- y quiénes son los tres uniformados rusos a los que la policía ucrania considera responsables. La invasión orquestada por el presidente Vladímir Putin ha llevado a abrir más de 216.000 casos de posibles crímenes de guerra en Ucrania, según la Fiscalía General.

Este diario realizó aquel 3 de abril algunas fotografías y vídeos del cadáver –de apariencia civil– abandonado, como otro medio millar de habitantes civiles, en calles, jardines, viviendas y tumbas improvisadas de Bucha y otros municipios de la región de Kiev. Una de las imágenes de ese hombre muerto ilustraba el primer reportaje realizado por EL PAÍS sobre el terreno de la matanza de Bucha, publicado el mismo 3 de abril.

Pero, ¿quién es este hombre? ¿Qué le ocurrió? En el lugar donde yace, impera todavía el pánico, se escuchan algunas detonaciones de fondo y no hay nadie alrededor. Entre la población se sospecha que quedan rezagados todavía soldados rusos por los alrededores y que han sembrado minas en su retirada.

La primera pista la ofrece una acreditación abandonada junto al cadáver, unida a una cinta para colgarla del cuello. Corresponde a Sergey Emelyanov, ingeniero de Kyivstar, una compañía nacional de telefonía móvil. La empresa confirma su muerte, pero evita dar detalles. Con los meses, son finalmente localizados los familiares, uno de los testigos –que prefiere no hacer declaraciones–, así como los agentes encargados de desarrollar la investigación. Estos, tras meses de pesquisas, dan por cerrada la lista de sospechosos el 26 de febrero de este año, mientras se realiza este reportaje. El 2 de marzo oficializan el anuncio acusándolos en ausencia.

Los tres nombres supuestamente implicados son conocidos militares que participaron en la ocupación de Bucha y sus alrededores. Eran integrantes del 234.º Regimiento de Asalto Aéreo de la 76.ª División de las Fuerzas Armadas de Rusia. El responsable de dar la orden de que Emelyanov fuera asesinado es, según los investigadores, Yuri Kim, un comandante de pelotón con residencia en la región de Moscú que impuso su autoridad en la zona limítrofe entre Bucha y Gostómel. Dos disparos acabaron con la vida del ingeniero; los realizaron Vladislav Pervunin (originario de la región de Kirov), un sargento entonces de 33 años, y Andréi Isakov (originario de la región de Pskov), un cabo de 19 años. Ambos eran subordinados de Kim, de 25, añaden las mismas fuentes.

Sergey Emelyanov, que tenía entonces 37 años, y su familia se refugiaron en el semisótano de la casa de uno de sus vecinos cuando comenzó la ocupación y las calles de Bucha se convirtieron en un campo de batalla. Eran unas 20 personas, explica Julia, su viuda, que reside ahora en Noruega junto a su hija Polina, de 15 años. “Era una situación estruendosa y aterradora. No sabíamos qué iba a ocurrir. La conexión del móvil casi no funcionaba. A pesar del miedo, vivimos unidos con los vecinos, nos apoyábamos mutuamente, compartíamos lo que teníamos y nos dábamos fuerza unos a otros. Gracias a esa solidaridad logramos resistir”, relata Julia, de la misma edad que Sergey, a través de mensajes escritos. Reconoce que no tiene todavía fuerzas para mantener una conversación sobre lo sucedido.

“El 8 de marzo, Sergey perdió la paciencia. Casi no quedaba diésel en su coche” que era “esencial simplemente para sobrevivir”, relata Julia. “Ese día decidió ir a buscar combustible. Otros vecinos y yo intentamos detenerlo, le suplicamos que no fuera, pero no nos escuchó. Se marchó y nunca regresó. Más tarde supimos que había sido asesinado”, comenta. Avanzados los trabajos de los agentes, señala agradecida que “la memoria y la verdad son lo que nos ayuda a preservar la dignidad y la justicia”.

“Sergey me llamó antes de irse. Le dije que no saliera del sótano. Dijo que ya no tenían ni comida ni agua. Durante esas dos semanas, habían recogido comida de las casas de todos los vecinos que se habían marchado. Lo hicieron con su consentimiento”, explica su cuñado Aleksandr.

Los investigadores consultados disponen de muchos más detalles. Al poco de salir de la vivienda, Emelyanov se topa con un control ruso en una calle. Le hacen bajar y los militares se quedan con su coche, un Volkswagen azul. Él decide seguir a pie por la vía del tren para regresar a casa. Pero cae en manos de los dos soldados que, tras informar por teléfono a Kim, reciben la orden de este de matarlo, siempre según el relato policial. Un primer disparo lo derriba al suelo y un segundo lo remata y acaba con su vida.

Seguidamente, rebuscan en su ropa, pero solo se llevan el teléfono. Dejan sus auriculares, el reloj de muñeca Apple, su identificación profesional, las llaves y unas 3.000 grivas en efectivo (unos 60 euros al cambio actual). Los agentes muestran una foto del expediente en la que aparecen todas esas pertenencias.

Como en otros casos, el seguimiento del empleo de los teléfonos móviles robados ha sido clave para ahondar en las investigaciones. Y más en este caso que se trataba de una línea de un empleado de Kyivstar.

Solo 30 minutos después de la última llamada que realiza Emelyanov, el soldado ruso Isakov realiza una primera llamada particular con ese mismo número a Rusia. Los tres acusados emplean aquellos días hasta una treintena de tarjetas SIM ucranias y la del ingeniero la usan en varios terminales, según las pesquisas. Los agentes consultados no dan detalles del testimonio prestado por el testigo al que ha localizado este diario, pero reconocen que ha ofrecido datos “muy importantes”.

El cadáver queda abandonado en el arcén de una carretera junto a la vía del tren y delante de unos edificios tomados por las tropas del Kremlin justo en la divisoria de Bucha y Gostómel. Decenas de personas pasan por ese punto, empleado como vía de evacuación, en jornadas sucesivas a partir del 9 de marzo —ese mismo día salen Julia y Polina—. Algunos de esos vecinos informan de la presencia del cuerpo. La mayoría de los asesinados no pueden, sin embargo, recogerse ni enterrarse. Como Sergey, se quedan tirados hasta que la ocupación concluye el 1 de abril. La familia es informada de la aparición del cadáver el día 4 —un día después de que lo hallara este diario— y es finalmente levantado el día 7.

El Volkswagen fue empleado por los rusos en días sucesivos. Finalmente, fue hallado en una vivienda que estuvo habitada por sus propietarios hasta mediados de marzo y que, desde entonces, pasó a ser un puesto de mando de las tropas de ocupación en la localidad de Gostómel. Es en esa propiedad donde es encontrado destrozado y con numerosos balazos tras la liberación del territorio.

“Estamos seguros al 100% de que acabarán pagando. Trabajamos cada día para ello”, afirma uno de los investigadores consultados. Julia, que ha acudido a Kiev a prestar declaración durante varias horas, agradece su trabajo. “Creo que el bien siempre vence al mal. Espero que todos los verdugos responsables de este crimen sean llevados ante la justicia. No es solo una cuestión de justicia personal, sino de justicia para todo el país. Para mí es importante saber que la verdad ha sido establecida y que los culpables han sido identificados”, reclama.

Pero la viuda de Sergey Emelyanov, enterrado en su región natal de Dnipró, sigue, sin embargo, hundida en la tristeza pese a los cuatro años transcurridos. Ni siquiera ha sido capaz de contarle toda la verdad en este tiempo a su hija Polina. Le dijo, detalla, que su padre murió tras alistarse para defender Ucrania de la agresión rusa. “Ninguna investigación devolverá a mi esposo ni hará más fácil aceptar esta pérdida. Con este dolor tengo que vivir cada día”, sentencia.