Competir es la palabra de hoy. En ese desafío, el tenis no sólo no es una excepción, sino que es eso en esencia, especialmente en el alto nivel profesional. Pero la competencia no es sólo para los jugadores. Es también para la organización de los torneos. En ese sentido, el dilema siempre surge: cómo atraer a los mejores competidores, patrocinantes, públicos y dinero. La gira sudamericana anual de polvo de ladrillo representa una cuña entre el inicio de la temporada de canchas rápidas en Oceanía, Asia, Europa y su continuidad americana en Acapulco, México (convertida desde hace algunos años a superficie veloz).
En ese contexto desventajoso que abarca, entre otros, el primer torneo del Grand Slam y los ATP 500 de Dallas y Rotterdam, el 250 de Buenos Aires viene corriendo de atrás desde hace años. Si bien el monto total de premios oficialmente anunciado para el torneo porteño es de US$ 673.310 –cifra para nada despreciable–, esa suma palidece frente a las bolsas ofrecidas por sus competidores directos de la misma semana (el texano llega a más de 2,8 millones de dólares estadounidenses y el de los países bajos alcanza casi 2,5 millones de euros) y a la negativa de muchos tenistas de bajar hasta Sudamérica para cambiar de superficie y dejar billetes en el camino.
Si bien al torneo porteño le sigue el ATP 500 de Río de Janeiro con un reparto de dinero que triplica al argentino, el apetito por ensuciarse en la anaranjada tierra batida no seduce a los jugadores top, ni desde el punto de vista de la diagramación de su temporada ni desde el económico.
Esto no les gusta a los autoritarios
El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.
Para este año el Argentina Open había anunciado como principal figura al talentoso italiano Lorenzo Musetti, número 6 del escalafón mundial, conocedor de nuestro país y con exquisito revés a una mano, quien venía realizando una formidable campaña en el Abierto de Australia hasta los cuartos de final en que lideraba 2 sets a 0 sobre el serbio Novak Djokovic (a la postre finalista del torneo) y debió retirarse por una lesión en su pierna derecha. Este infortunio obligó al europeo a decirle no a la cita de Buenos Aires y Río, lo que significó una sensible baja, a la que le siguió la del histriónico y brillante veterano francés Gael Monfils, que está haciendo sus últimos pasos por el circuito previo a su retiro.
Así, el torneo local contará como principal figura con el argentino Francisco Cerúndolo (número 19 mundial), seguido de los cabezas de serie números 2 y 3, el brasileño Joao Fonseca y el italiano Luciano Darderi (nacido en Villa Gesell). Los otros principales componentes de la armada argentina serán Sebastián Báez, Camilo Ugo Carabelli, Tomás Etcheverry, Francisco Comesaña y Mariano Navone.
Si se lo compara con los grandes y recientes nombres del pasado como Nadal, Ferrer, Thiem, Ruud, Alcaraz o Zverev, el de este año tendrá mucho menos brillo y marquesina, pero ello no impide que lleguemos a presenciar grandes encuentros, como ha ocurrido históricamente aquí. Queda sí, para los organizadores, la tarea de seguir trabajando puertas adentro, con otros torneos y con la ATP para delinear un futuro más auspicioso, principalmente frente a la avanzada de los millonarios torneos de oriente que se viene registrando y a los que la organización madre del tenis mundial les está dando cada vez más cabida. Volver a poner en debate el cambio de superficie y hacer un pool con otros certámenes para acordar en conjunto grandes cambios podría ser uno de los caminos para reverdecer el torneo argentino. Por ahora, a disfrutar de esta encomiable esfuerzo organizativo que pese a todos los contratiempos es la vigésima sexta edición del Argentina Open 2026, cuyo telón se está levantando.








