Aquí se juega | Economía

Aquí se juega | Economía

Los alquimistas del medievo no supieron cómo transformar carbón en oro: los bancos centrales lo hacen. Los arciprestes de la religión monetaria son fundamentales porque tienen un poder impresionante: la capacidad de crear y destruir dinero con una simple impresora. ¿Por qué un billete azul con la firma estampada de Lagarde y un motivo arquitectónico de la antigua Grecia vale 20 euros? ¿Por qué se puede cambiar por un almuerzo o un par de entradas de cine? Porque con la confianza que emana de los bancos centrales se sostiene un negocio que dura ya varios siglos. Las democracias conceden a los tecnócratas que están al mando de esas entidades el control sobre el dinero, que es casi como decir los mandos de la economía, a cambio de estabilidad de precios y prosperidad. El contrato implica una independencia intocable desde los años setenta del siglo pasado: desde que Nixon pronunció la frase “respeto mucho su independencia, pero espero que de manera independiente lleguen a la conclusión de que mis puntos de vista son los que hay que seguir”, e inmediatamente después la inflación se fuera por las nubes. Ese contrato está a punto de romperse por un puñado de buenas razones.

Una: los banqueros centrales nos sacaron de esa pesadilla en forma de Gran Recesión, pero no consiguieron impedir que la inflación se comiera el poder adquisitivo en casi todo Occidente, y contribuyeron decisivamente a que la desigualdad escalara a cotas himalayescas. Con la erosión del poder adquisitivo y con la desigualdad, probablemente la enfermedad económica más peligrosa de la época, han contribuido a generar un formidable malestar que define esta edad de la ira en la que estamos instalados. Dos: su eficacia es más que discutible. Y tres: ellos mismos han minado su propia independencia. El BCE mandó cartas a Italia, España e Irlanda en medio de la Gran Crisis para que hicieran los recortes que dictaron Trichet y después Draghi, que no tenían ningún tipo de mandato para meterse en las políticas económicas nacionales. Trump ha aterrizado en la Casa Blanca y ha llegado a la conclusión de que la independencia de la Reserva Federal no le interesa: lo que le interesa es que el jefe de la Fed haga lo que él diga. Es curioso, porque el déficit democrático de los bancos centrales estaba clarísimo desde hace lustros. Ha tenido que ser un populista con instintos neoconservadores y casi prefascistas quien deje claro que el rey está desnudo.

El Banco Central Europeo tiene sus propios problemas. Tiene que hacer juegos malabares para que sus políticas monetarias beneficien por igual a los 21 países que forman parte de ese animal extraño llamado euro: casi siempre terminan beneficiando a Alemania y Francia. La eurozona es una federación monetaria sin federación fiscal: la unión política está muy lejos, y eso debilita al euro. El BCE, en plena crisis, tuvo que elegir entre el fracaso del euro y convertirse en una institución politizada, con medidas que iban mucho más allá de su mandato: naturalmente, escogió esto último. Y la mitad del consejo del Eurobanco está formado por expolíticos, empezando por la presidenta Lagarde y el vicepresidente Guindos: a Lagarde, además, le perseguirá hasta la muerte aquella frase dedicada al corrupto Nicolas Sarkozy —“utilízame”— en un caso por el que ella misma fue condenada. Ahora, Lagarde parece estar dispuesta a dar un paso al lado para que el presidente de su país, el pato cojo Emmanuel Macron, pueda nombrar a quien quiera antes de unas elecciones presidenciales que tienen muy mala pinta. Sigue siendo anatema que los Gobiernos le digan a Fráncfort lo que tiene que hacer, pero en la otra dirección hace tiempo que el BCE hace política y pone sus egregios cargos a disposición de los palacios presidenciales, a pesar de la sacrosanta independencia. Lagarde se irá al sector privado (hay rumores al respecto desde hace al menos un año) y si se confirma ese gesto pone de manifiesto, una vez más, que lo de la independencia suena a aquello del capitán Renault entrando en Rick’s, el local que regenta Humphrey Bogart en Casablanca: “Aquí se juega”.

Se abre una carrera por la cúpula del BCE que será esencial cuando la economía europea vuelva a meterse en el mar de los sargazos de la crisis. Puede que eso no tarde en suceder: la Gran Recesión se cerró en falso. Un holandés, Klaas Knot, es el máximo favorito para presidir el Eurobanco. Un alemán, Joachim Nagel, aspira al trono: Alemania jamás ha ocupado ese puesto. Un español, Pablo Hernández de Cos, es tal vez el mejor candidato sobre el papel, si no existiera el politiqueo en esos nombramientos y si España supiera jugar sus cartas: no siempre es así. Además hay otros dos cargos suculentos, el de economista jefe y uno de los sillones del consejo, para el que España tiene candidatos brillantes: Óscar Arce, Ángel Ubide, incluso el ministro Carlos Cuerpo. Aquí se juega: los partidos del Gobierno y los de la oposición deberían ir todos a una en esa carrera. Así los hacen los franceses, los alemanes, los italianos, los holandeses.

Pero esa alquimia política, en España, es más difícil que convertir el carbón en oro.