alerta por una moda que crece entre los adolescentes

alerta por una moda que crece entre los adolescentes


En plazas, bares, puertas de boliches y esquinas de la ciudad, cada vez más adolescentes se reúnen para armar sus propios cigarrillos. La práctica, que combina tabaco suelto con papeles y filtros, se transformó en un ritual compartido: elegir la variedad, personalizar el armado, probar sabores y mostrar destreza con los accesorios. Lo que hasta hace pocos años estaba relegado a círculos pequeños hoy se instaló como una moda en determinados grupos juveniles, donde el armado artesanal funciona tanto como signo de pertenencia como de diferenciación frente a los adultos.

“Empecé a fumar tabaco armado hace un año, en una fiesta con amigos. Me pareció divertido y diferente a los cigarrillos de paquete. Me gustó poder armarlo yo misma y elegir el gusto del tabaco”, cuenta Sofía, de 15 años. Para Mateo, de 16, el atractivo es social: “Lo hago cuando salgo con mis amigos. Primero me convidaron, después aprendí a armar y hasta me compré la roladora. Ahora soy un experto”, dice con picardía.

Otros adolescentes lo asocian directamente a lo artesanal y a la idea de menor daño. “Me atrajo que era más natural y menos dañino que los cigarrillos comunes”, dice Tomás, de 17. Felipe, de la misma edad, agrega: “Está bueno que vienen de diferentes gustos y uno puede elegir el que más le gusta”.

En el mercado se refleja esa variedad: papeles de distintos colores, grosores y texturas, ediciones limitadas como el Pink Edition, filtros más finos o más gruesos, y armadores que van desde los manuales de $ 3.000 hasta los automáticos de más de $ 160.000. El tabaco también ofrece una amplia gama: paquetes de 30 gramos que pueden costar entre $ 2.600 y $ 26.000, con marcas nacionales e internacionales y sabores como vainilla, chocolate o uva.

La moda no se limita al tabaco en sí, sino a todo el universo de productos que lo rodea. Esa oferta refuerza la idea de personalización e identidad, y convierte al armado en un ritual con impronta propia y de pertenencia a un grupo.

El psicólogo Jorge Pegoraro explica que este fenómeno responde a la lógica adolescente de buscar identidad y diferenciarse de los adultos: “El adolescente, por definición, está buscando su esencia. Para reconocerse necesita separarse de los padres y encuentra en sus pares un espacio de seguridad. Ahí es donde aparecen las modas: lo nuevo compartido en tribu, con apoyo mutuo”.

Según Pegoraro, fumar tabaco armado se inscribe en esa búsqueda de límites y pertenencia. “El adolescente necesita saber hasta dónde puede llegar. Por eso se siente atraído por fumar, por el ritual, por lo novedoso. Lo artesanal le da la posibilidad de poner su impronta: el que sabe armar muy bien, el que le pone un sabor, el que lo hace más grueso o más fino. Todo eso lo hace más atractivo”.

Así, entre la curiosidad, la presión de grupo, la creencia de lo “natural” y la percepción de lo novedoso, el tabaco armado se convirtió en una moda que no atraviesa a todos los adolescentes, pero sí a un segmento que lo vive como símbolo de identidad y pertenencia. Ese atractivo se sostiene en gran medida por la idea de que lo artesanal es más sano, una percepción que los especialistas se encargan de desmentir.

El mito de lo natural y el grave daño a la salud

Entre los adolescentes que adoptaron el tabaco armado, la percepción de que es “más natural” y por lo tanto menos nocivo aparece una y otra vez. “Lo elegí porque creo que es más sano, no tiene tantos químicos como los puchos comunes”, dice Agustina, de 17. Lucas, de 18, agrega: “Pensé que era más ecológico por el papel orgánico. No me daba la misma culpa que fumar un Marlboro”.

Esa creencia no surge solo de los jóvenes: las propias empresas tabacaleras contribuyen a instalarla. En sus productos abundan palabras como natural, orgánico o premium, mientras los envases evocan lo artesanal y lo sustentable. Papeles de colores, texturas orgánicas y presentaciones que imitan paquetes de café o hierbas medicinales refuerzan la idea de una elección más saludable. En realidad, es una estrategia de marketing que banaliza el riesgo y legitima la percepción de menor daño.

Mario Bedosti, coordinador de la Fundación Interamericana del Corazón (FIC) Argentina, lo explica con claridad: “No se trata de un producto menos dañino, ni de una alternativa más segura que los cigarrillos normales. Es altamente adictivo y su consumo está asociado a enfermedades serias y potencialmente mortales. No existe consumo de tabaco que sea inocuo”.

Paquetes de papeles para armar, con diseños llamativos y coloridos. Foto: CEDES

Marcela Smurra, médica neumonóloga y jefa del área en el Sanatorio Modelo de Caseros, coincide: “El impacto pulmonar es el mismo. El calentamiento de sustancias libera alquitrán, monóxido de carbono y tóxicos que generan daño pulmonar. Incluso, hay referencias de mayor riesgo de cánceres de la mucosa de la vía aérea superior en quienes fuman cigarrillos armados respecto de los industriales”. Y agrega que la percepción de lo artesanal es peligrosa: “El hecho de armarlo uno mismo no lo convierte en menos dañino. Al contrario, puede aumentar la exposición porque se tiende a usar más cantidad de tabaco”.

Francisco Dadic, médico toxicólogo y presidente de la Fundación Argentina de Toxicología, suma un aspecto clave: “La combustión del papel es tóxica para el organismo. Tanto los cigarrillos armados como los industriales tienen nicotina, que es adictiva y puede generar un consumo problemático. No lo aconsejamos como método de reducción de daño”. Además, advierte que la iniciación temprana es crítica: más del 50% de las personas con adicciones severas comenzó en la adolescencia.

Los propios adolescentes reconocen la contradicción. Julia, de 15, admite: “Elijo papeles orgánicos porque me parece que hacen menos daño. Además, me gusta que sean distintos colores”. Bruno, de 14, señala: “Los industriales son feos, estos parecen más limpios. Y si son orgánicos, mejor”.

Así, lo que se presenta como un gesto artesanal y eco-friendly termina siendo una construcción publicitaria que refuerza un mito peligroso. Los especialistas insisten: no hay consumo de tabaco que sea inocuo.

Datos duros y tendencias de consumo

Las cifras confirman que el fenómeno del tabaco armado no es aislado. Según Bedosti, “los datos más recientes de consumo de productos de tabaco y nicotina en adolescentes en Argentina son alarmantes. Una encuesta de la Sedronar de 2025 muestra que, en adolescentes de entre 13 y 17 años, existe un consumo regular del 16,7% de cigarrillos electrónicos y de 13,8% de productos de tabaco”.

En el caso puntual del tabaco para armar, un estudio del Centro de Estudios de Estado y Sociedad (CEDES) en cuatro ciudades del país reveló que entre adolescentes de 12 a 17 años el consumo ronda el 3,4%, frente a un 20% que usa cigarrillos electrónicos y un 8,6% que consume cigarrillos convencionales. Aunque no es el principal producto, forma parte de la problemática general del consumo de tabaco y nicotina en edades tempranas.

Clarín pudo detectar en las calles una marcada dimensión socioeconómica de esta práctica. En diversas entrevistas a kiosqueros de distintos barrios porteños, este diario confirmó que en zonas de mayor poder adquisitivo como Belgrano o Barrio Norte crece la demanda de tabaco para armar y sus accesorios. Ignacio, kiosquero de Palermo, advirtió un incremento de hasta el 30% en la demanda en el último año y en gente joven. En cambio, en zonas como Constitución o Retiro el consumo sigue volcado al cigarrillo industrial común y más económico o al suelto, por una estricta cuestión de precio. “Acá los pibes compran puchos sueltos porque no tienen un mango”, relata Roberto, encargado de un kiosco en Constitución.

El informe del CEDES confirma esta tendencia: en países europeos el motivo principal para consumir tabaco armado es el bajo precio, pero en Argentina el principal consumo de estos productos se observa en los niveles socioeconómicos más altos. Esto sugiere que además del costo influyen otros factores: la percepción de menor riesgo, el sabor y el atractivo del ritual.

El acceso, además, es sencillo y, aunque la venta a menores está prohibida, no siempre se cumple. Los paquetes de tabaco suelto, papeles y filtros se consiguen en kioscos, almacenes de barrio y estaciones de servicio. También proliferan las tiendas online. “Yo lo compro por Internet, es más fácil. Te preguntan si sos mayor de 18 y apretás que sí, nada más. Enseguida se abre la tienda y podés elegir el tabaco y los papeles”, cuenta Martín, de 16 años.

Frente a este escenario, los especialistas insisten en que el rol de los adultos, padres y docentes, es clave. Y que se requiere que el gobierno refuerce las políticas de control: limitar la publicidad en kioscos y redes sociales, aumentar impuestos al tabaco y garantizar campañas de prevención que lleguen a las escuelas.

Como toda moda adolescente, el tabaco armado puede ser pasajero, pero la adicción que genera permanece. “Yo lo elegí por lo económico, sé que en algunos círculos es moda, pero para mí es adicción. No lo prueben, porque después no lo podés dejar”, advierte sin rodeos Fiorella, de 18 años.