Fue uno de estos días. Lo cuento por si a alguno le toca pasar por lo mismo. O ya lo pasó. Tomémoslo con humor, como un servicio a la comunidad y a los lectores de Clarín.
Suelo acostarme tarde. Suelo levantarme tarde. Y aunque ya estoy en edad silver, permanecen brotes adolescentes. Es decir, ando como un pelotudo adormecido hasta que tomo un café. En eso estaba cuando suena el celular con la leyenda “Número desconocido”. Nunca atiendo esos llamados, pero como estaba sin el café -que me pone en marcha-, esta vez respondo.
Del otro lado, una mujer amable da los buenos días y pregunta si está hablando con Fulano de Tal (Fulano de Tal era mi nombre). Y si era el padre de otro Fulano de Tal (y me da el nombre de mi hijo número 2).
La señora amable dice que mi hijo número 2 está detenido en una comisaría céntrica (obviaré el dato preciso) porque había sido asaltado en la calle por dos masculinos con arma de fuego, que el arma se había disparado y uno de los cacos estaba hospitalizado y malherido.
Me permite hablar con mi hijo, advirtiéndome que es la única llamada autorizada y que vez finalizada permanecerá detenido de 30 a 40 días si no se paga una fianza.
“Hola Pa” me dice mi hijo número 2, que suele decirme “hola Pa” cuando se acuerda de que existo.
Me cuenta que lo asaltaron en la calle, que forcejeó con un ladrón y sigue la versión de la mujer amable.
Dos cosas me parecieron raras. Que haya forcejeado en plena calle, en pleno centro, al mediodía y que nadie hubiese intervenido.
Lo otro extraño era su voz. Se lo digo. Me responde que lo golpearon, que tenía la boca estropeada, con algodones entre los dientes. Raro. Pero ciertas condiciones, su tono, su forma de hablar, eran muy parecidas a las de mi hijo número 2.
Me da el número de la causa, el juzgado, la fiscalía, el nombre de un supuesto abogado y su número de teléfono, pero me advierte que no lo llame porque los ladrones estarían rastreando mi celular desde el que le habían quitado a él.
Me dice que deben comprobar que él no disparó, sino estaría a un paso de ser acusado de homicidio. Que le iban a hacer la prueba de pólvora en las manos. Me dice que le dicen que “el caco murió”. Y me habla de la fianza.
Me dice que son 100.000 dólares o el título de una propiedad libre de deuda. Desconfío más, pero poco puedo hacer. No le hice el chiste de que no veo 100.000 dolares ni en fotos.
-¿Y cuántos dólares tenés en el banco?
Le digo. No alcanzaría para alquilar un monoambiente en San Clemente para ir de vacaciones en marzo.
-¿Y ahí, en casa, cuánto tenés?
Le digo. Ni medio tanque de nafta. Ya me imaginaba a mi hijo número 2 en la remake de Expreso de Medianoche.
La señora amable retoma el mando del llamado y me dice que en 40 minutos un patrullero vendrá a mi casa a constatar mi domicilio, que no están autorizados a entrar y que después de esa visita me dirija a la comisaria a tratar de pagar la fianza.
Me da tres direcciones posibles. Me probaba. Una era la correcta. Cuando se lo confirmé me dice “entonces espere al patrullero y luego venga”.
En esos momentos ya me había tomado una sopa de clonazepam pero no llamé ni a sus hermanos ni a su santa madre. Llamé al diario. Un jefe llamó a sus contactos de la Policía. Altos. El funcionario le asegura que llamará a la Comisaría para averiguar la situación y constatar que mi hijo número 2 esté bien (le dicen lo que les dije yo: que tenía golpes). Otro jefe consigue a un abogado para que se presente en la fiscalía que corresponda.
Hago más llamados. A la madre (santa madre) de hijo número 2 y a la hermana, hija número 1. El hijo número 3 está en Uruguay de vacaciones con su madre (otra santa madre, pero de la segunda administración de mi curriculum amoroso).
La madre de los hijos 1 y 2 casi se infarta, pero cuando recobra la compostura acordamos que tomaría el título de su casa e iría a la comisaría. Allí nos encontraríamos. Fin del llamado.
El chat con mis compañeros de trabajo y de hijo número 2 (que también trabaja en el diario) estalla. Me dicen que la redacción está en llamas. Me lo imagino. Nada puedo hacer. Esperar y tratar de detener mi cerebro desbocado.
Llama mi jefe y me dice que el funcionario al que consultó le informó que en la mentada comisaría no hay ningún detenido con el hombre de mi hijo 2. Ops. En simultáneo aparece otra llamada. Es del celular de mi hijo 2.
“Hola pá”. Ahora su voz es inconfundible. “¿Dónde estás?”, le pregunto.
-En casa, en calzoncillos, escribiendo una nota para esta tarde, ¿qué pasó?
Le cuento la bonita aventura que duró poco más de un capítulo de Breaking Bad. Se sorprende. Se lamenta.
-¿Por qué no me llamaste?
Le respondo que creí lo del robo de su celular, lo del rastreo del mío y que no se me ocurrió comunicarme por whatsapp.
Lanza una carcajada, supongo que para desahogarse porque imaginó lo que han vivido su padre, su santa madre, su hermana 1 y su hermano 3. Nos alegramos de que todo haya sido solo un intento, bien hecho, de estafa virtual.
Nos despedimos y quedamos en vernos al día siguiente a comer una pizza para celebrar el cumpleaños de su hijo número 1, mi nieto número 1.
Sabe que a la tarde irá al diario y que será el hombre del día.
Llega un whastapp de madre de hijo número 3 (segunda administración) desde Uruguay. “Qué susto” Respondí más tarde. “Sí”. Llega otro whatsapp de hijo número 3 mientras saca las patas del mar de La Pedrera.
“Qué cagazo te hicieron pegar, no?”,dice el mensaje. Respondo.
Con el final feliz, toda esa familia ensamblada y aliviada me revienta el celular con llamados. Se alivian. “Pobre”, me dicen por unanimidad. Sí claro. Después se ríen. Supongo que de los nervios. Y cada uno vuelve a sus cosas.
Entonces me siento a escribir esta historia, para alertar una vez más que cualquiera puede caer en esta trampas.
Y para agradecer la solidaridad de amigos y compañeros que se movilizaron preocupados para acompañar en una celda húmeda, fría y amenazante a hijo número 2 que, mientras todo eso ocurría, estaba escribiendo una nota en calzoncillos en su casa.







