Poco después de producido el golpe cívico-militar del 24 de marzo de 1976, los censores literarios redoblaron su actividad y elaboraron una primera lista con más de noventa libros considerados oficialmente y literalmente como “criminales”, que fueron prohibidos, entre los que se destacaban Las venas abiertas de América latina, de Eduardo Galeano, que resultaba inaceptable al nuevo orden porque proponía un “Análisis crítico del desarrollo económico y la dependencia en América Latina”, y Guía de Pecadores, de Antonio Gudiño Kieffer.
Las listas negras comenzaron a circular cada día más públicamente. Ya estaban fuera del país algunos escritores como Nicolás Casullo, Pedro Orgambide, Mario Goloboff, Noé Jitrik, Tununa Mercado, Edgardo Cozarinsky desde 1974; Juan Gelman, Osvaldo Bayer, Juan Martini, Tomás Eloy Martínez, Mario Szichman y Marcelo Cohen, desde 1975, entre otros.
Otros fueron detenidos el mismo día del golpe, como Daniel Moyano y Mario Paoletti en La Rioja.
El Decreto 3155, del 13 de octubre, una verdadera joyita de la paranoia dictatorial, señala que “Considerando: Que uno de los objetivos básicos fijado por la Junta Militar en el acta del 24 de marzo de 1976, es el de reestablecer la vigencia de los valores de la moral cristiana, de la tradición nacional y de la dignidad del ser argentino. Que dichos objetivos se complementan con la plena vigencia de la institución familiar y de un orden social que sirva efectivamente a los objetivos de la Nación. Que del análisis de las publicaciones tituladas Un elefante ocupa mucho espacio, de Elsa Isabel Bornemann, y El Nacimiento, los Niños y el Amor, de Agnés Rosenstiehl, ambos de Ediciones Librerías Fausto, surge una posición que agravia a la moral, a la familia, al ser humano y a la sociedad que éste compone.
Que en ambos casos se trata de cuentos destinados al público infantil, con una finalidad de adoctrinamiento que resulta preparatoria a la tarea de captación ideológica del accionar subversivo. Que Ediciones Librerías Fausto comparte dichos agravios y es contumaz en esa difusión”.
A la editorial se la consideró socia de esta ideología y se la clausuró por diez días.
El libro de Elsa Bornemann, Un elefante ocupa mucho espacio, hoy un clásico de la literatura infantil, fue el primer libro argentino en integrar la Lista de Honor del Premio Internacional Hans Christian Andersen.
La prohibición de este texto -que narra una huelga de animales en un circo que deciden no trabajar para el hombre- evidencia el nivel de paranoia del régimen, que interpretaba cualquier alusión a la organización colectiva o la defensa de derechos como un germen de “subversión”, incluso en el ámbito de la fantasía infantil.
Entre los considerandos de los censores se decía: “Adoctrinamiento preparatorio a la captación ideológica subversiva, agravia a la moral, Iglesia, familia y sociedad.”
La ultrabomba, del célebre autor italiano Mario Lodi, la historia de un piloto que se niega a cumplir la orden de arrojar una bomba, fue censurada porque “implica desobediencia a la autoridad y crítica al belicismo”.
El pueblo que no quería ser gris, de Beatriz Doumeric, prohibido aquel año, narra la historia de un rey que quería que todas las casas del pueblo estuvieran pintadas de gris. Los súbditos acataban, algunos por miedo, otros por la costumbre de obedecer y no pocos porque no conocían otra cosa. Hasta que un día uno de ellos vio pasar una paloma roja, azul y blanca y pintó su casa con esos colores.
La autora y el dibujante de este hermoso libro creyeron necesario insertar la siguiente leyenda en la edición de 1975: “Hay actualmente muchos países gobernados por dictadores, que como el rey de este cuento mandan a la gente todo lo que tienen que hacer y la gente no es libre. Uno de esos países está muy cerca de la Argentina. Es el Uruguay. La autora y el dibujante de este libro vivieron mucho tiempo en Uruguay. Este cuento lo escribieron y lo dibujaron pensando en ese país. Los colores rojo, azul y blanco son los colores de la bandera de Artigas”.
Para el censor local era obvio que: “Promueve la desobediencia y la colectividad para cambiar el orden establecido”.
De La Torre de cubos de Laura Devetach se decía: “Simbología confusa, cuestionamientos ideológicos-sociales, crítica a la organización del trabajo, la propiedad privada y el principio de autoridad”.
Laura Devetach, en 2017, en su departamento de Buenos Aires. Foto: Martín Bonetto.El Nacimiento, los Niños y el amor de Agnes Rosenstiehl, era muy peligroso porque implicaba: “Adoctrinamiento preparatorio a la captación ideológica subversiva, agravia a la moral, Iglesia, familia y sociedad.”
Tambien se prohibió la distribución, venta y circulación del libro Niños de hoy, de Álvaro Yunque, editado por Plus Ultra. En los considerandos se establece que la obra de Álvaro Yunque agravia a la institución familiar y a los valores que se transmiten en ella. La prohibición se extendió a toda la obra del escritor.
Niños de hoy contiene diez cuentos. Cada uno comienza con un párrafo o frase de François Fenelon, Michel de Montaigne, Henri Barbusse, Bertrand Russell, Cholmon Deley, etcétera, que poseen relación con esa obra.
En los cuentos se evidencia el tratamiento de temas complejos en donde no existe el final feliz. Los cuentos son realistas y muestran sin tapujos la realidad que le toca vivir a la infancia pobre, golpeada, engañada, sufriente.
Sin embargo, al año siguiente, la Sociedad Argentina de Escritores premiaría a Yunque con la Faja de Honor. Continuaba prohibido.
La lista de libros prohibidos es larga y en ella estaban El principito de Antoine de Saint- Exupéry; Cuentos para chicos traviesos de Jacques Prevert; Aire Libre de María Elena Walsh; La tacita azul de Arkadi Petrovich Gaidar; Pelusa rumbo al sol de Norma Bonet; Saltoncito de Francisco Espínola; Don Juan el zorro y todos los libros de Javier Villafañe; Renancó y los últimos lémures de José Murillo y Ana María Ramb; todos los libros infantiles de Álvaro Yunque; las colecciones Los cuentos de Polidoro y los Cuentos del Chiribitil del Centro Editor de América Latina; Cómo se hacen los niños, de Beatriz Doumeric y Ayax Barnes; Un libro juntos de Beatriz Ferro.
Muchos años después la genial y entrañable Laura Devetach dirá, recordando aquellos horrendos días, en la Feria del Libro Infantil de Boloña en 2008: “Querían que habláramos y viviéramos en blanco y negro. Querían penetrar en el espacio poético donde están las cosas inalienables, neutralizar el lenguaje, no dejar ni un rastro del registro en palabras de la pobreza social, de la posibilidad de otro mundo. No había que decir alpargatas sino calzado. Suprimir los regionalismos, volver a escribir con el pronombre tú y no el vos propio del habla de los argentinos. Mataban palabras y mataban personas. Pero vamos a seguir afirmando con Juan Gelman: A pesar de los genocidas la lengua permanece, sortea sus agujeros, el horror que no puede nombrar.”
Entre los libros que se prohibieron por decreto N° 1888, figuraba el “subversivo” fundador de La Nación, general Bartolomé Mitre (1821-1906) al que le prohibieron su clásico libro Las guerrillas en la lucha por la Independencia nacional que relataba la epopeya de Martín Miguel de Güemes, Juana Azurduy y su compañero Manuel Padilla por la Independencia nacional.
Resulta muy interesante el caso de Mascaró, el cazador americano, de Haroldo Conti, Premio Casa de las Américas de La Habana 1975, secuestrado el 4 de mayo de 1976 y desaparecido hasta el presente, que permite ver la minuciosidad de la tarea inquisitorial y la hipocresía de justificar las prohibiciones “en defensa de la Constitución Nacional”, que estaba siendo mancillada por la dictadura.
Palabra de censor
El censor, probablemente un escritor frustrado, debe admitir muy a su pesar que: “El presente libro, cuyo autor es Haroldo Conti, presenta un elevado nivel técnico y literario, donde el mencionado autor luce una imaginación compleja y sumamente simbólica”.
Pero concluye: “Se aprecia una suerte de ‘solidaridad’ en este grupo, de ‘aventureros’, quienes se pasan ‘mensajes’ a través de los cuales parecen ‘entenderse y ayudarse’. Los pasajes finales muestran las torturas de que es objeto otro personaje, ‘Orestes’, sin que se expliquen los motivos o causas del ‘torturamiento’ salvo la ‘crueldad, brutalidad o falta de ideas’ de la ‘represión’. ¡Finalmente, Orestes vence los interrogatorios y torturas y vuelve al ‘Camino!’ Que ‘nunca más podrá dejar’ (como expresan algunos diálogos muy significativos).
Tapa del libro “76”, de Felipe Pigna.Por todo lo expuesto, y si bien no existe una definición terminológica hacia el marxismo, la simbología utilizada y la concepción de la novela demuestra su ideología marxista sin temor a errores. Con tal motivo, la obra analizada atenta contra los principios sustentados por la Constitución Nacional y por ende la ley 20.840, por lo que se propone la clasificación del punto A”.
El placer perverso por la quema de libros por un régimen autoritario, encarnó en la dramática realidad argentina de 1976.
El 29 de abril, en Córdoba, el general Luciano Benjamín Menéndez, jefe del Tercer Cuerpo de Ejército, ordenó la quema de libros ante periodistas en el Regimiento de Infantería Aerotransportada XIV. Menéndez dijo que lo hacía “a fin de que no quede ninguna parte de estos libros, folletos o revistas para que con este material no se siga engañando a nuestra juventud sobre el verdadero bien que representan nuestros símbolos nacionales, nuestra familia, nuestra insignia, nuestra iglesia y, en fin, nuestro más tradicional acervo espiritual, sintetizados en Dios, Patria y Hogar.”
Y agregó en homenaje al célebre inquisidor Torquemada: “De la misma manera que destruimos por el fuego la documentación perniciosa que afecta al intelecto y nuestra manera de ser cristiana, serán destruidos los enemigos del alma argentina”.










