En la tranquilidad de una mañana sueca del 19 de octubre de 2004, en la calle Åsgatan de la ciudad de Linköping, el aire era frío y los árboles ya perdían sus primeras hojas.
Por entonces, un niño de 8 años, Mohammed Ammouri, caminaba hacia la escuela. Llevaba la mochila en la espalda, y se movía con la impaciencia de llegar para ver a sus compañeros. Una mujer de 56 años, Anna-Lena Svensson, volvía a casa con su bolsa de compras.
No se conocían, pero ese día sus destinos se cruzarían. Sin previo aviso, un hombre se abalanzó sobre el niño y lo apuñaló. Anna-Lena intentó intervenir y también fue atacada. Los dos quedaron tendidos en la vereda, sin vida. El agresor huyó dejando atrás el cuchillo y una gorra.
La Policía pensó que con esos elementos y con el ADN del agresor bastaría. La descripción de los manuales decía que un perfil genético podía identificar a un sospechoso con la contundencia de una huella digital. Pero el tiempo mostró lo contrario. Ninguna base de datos de Suecia arrojó coincidencias.
Los identikit se apilaron, se tomaron miles de muestras de ADN a los varones jóvenes, se hicieron decenas de hipótesis, pero nada encajaba. Pasaron días, meses, años.
En Linköping se empezó a hablar del “crimen sin nombre”, el segundo caso policial más grande en la historia moderna de Suecia después del magnicidio en 1986 del primer ministro Olof Palme, quien había sido asesinado por la espalda cuando salía del cine sin custodia.
El detective menos pensado
Peter Sjölund nació el 26 de marzo de 1966 en Gudmundrå, un rincón de Västernorrland donde el mar y los bosques conviven con los archivos parroquiales que registran con letra fina vida y muerte de las familias.
Como creció rodeado de esos documentos, no tardó en sentirse atraído por ellos. Así fue que primero comenzó por buscar historias familiares propias para entrenarse en el arte de la recuperación. Pero muy pronto se volvió especialista en reconstruir árboles genealógicos para gente que se lo encargaba.
Formalizó sus estudios en la Universidad de Umeå y, más tarde, se instaló en la ciudad costera de Härnösand.
Aquello que lo hizo verdaderamente único no fue solo su paciencia para seguir ramas entre censos, partidas y legajos, sino su curiosidad e inventiva para llevar la genealogía al terreno del ADN.
Mientras muchos genealogistas seguían atados solo a partidas de nacimientos, bautismos parroquiales, certificados de defunción y otros documentos, él comenzó a explicar cómo una muestra de saliva podía revelar vínculos insospechados entre personas, o bien revelar linajes ocultos y confirmar aquello que las leyendas familiares apenas insinuaban.
Publicó manuales accesibles, como Genealogía con ADN, y libros más ambiciosos, como el que escribió junto a la periodista Karin Bojs, Los suecos y sus padres: los últimos 11.000 años, donde contaba la historia de Suecia a través de las huellas genéticas.
Su labor, poco a poco, fue traspasando el nicho especializado. Era invitado por los medios a hablar de su trabajo y, en 2022, la Universidad de Mitt lo distinguió con el título de doctor honoris causa.
Para entonces, su apellido ya se había convertido en sinónimo de genealogía genética en Suecia.
Cuando, en 2019, la Policía convocó a Sjölund, el expediente del doble crimen de Linköping era un cúmulo de frustraciones.
Lo que se intentó entonces era algo inédito en Suecia: utilizar bases abiertas de datos genealógicos, donde aficionados habían cargado sus perfiles con el fin de explorar su historia familiar, para buscar allí parientes lejanos del autor del crimen.
Sjölund recibió un perfil genético construido a partir de la gorra y el cuchillo que el asesino había dejado tirados. En esas bases no apareció el asesino, pero sí primos, tíos lejanos, ramas dispersas.
El trabajo consistía en retroceder hasta encontrar ancestros comunes y volver al presente siguiendo todas las ramas.
El cerco se cierra
Durante semanas, Sjölund se sumergió en censos antiguos, padrones y actas. La red fue cerrándose hasta que un día, el 5 de junio de 2020, en la aldea de Åm, la pantalla de su computadora mostró que quedaban dos hermanos como candidatos.
Agotado pero firme, respiró como quien sostiene entre los dedos una baraja ganadora. Faltaba solo que la Policía verificara, con los análisis forenses tradicionales, cuál de ellos era el autor.
En esa investigación también intervino un azar decisivo. Entre las coincidencias de ADN apareció el perfil de la periodista Linda Hjertén, quien había investigado y escrito todos esos años sobre el caso: ella había subido sus datos genéticos a fin de colaborar.
Su parentesco resultó clave: era prima del padre del asesino, un vínculo suficientemente cercano como para ayudar a conectar ramas dispersas del árbol genealógico, pero lo bastante lejano como para no haber sospechado nunca de él. Ese golpe de suerte fue crucial para acelerar el cierre del caso.
El 9 de junio de 2020, en las inmediaciones de Linköping, la Policía detuvo a Daniel Nyqvist, de 37 años de edad. Su ADN coincidía con el de la escena y, además, él confesó los asesinatos.
El 1º de octubre de ese año, el Tribunal de Linköping lo declaró culpable de dos homicidios y ordenó su internación psiquiátrica indefinida, sujeta a revisiones periódicas. Por primera vez en Suecia, un crimen se resolvía gracias a la genealogía genética.
Se utilizaron bases abiertas de datos genealógicos, donde aficionados habían cargado sus perfiles con el fin de explorar su historia familiar, para hallar parientes del asesino.
El caso de Linköping fue el más resonante, pero no el único. En paralelo, Sjölund aplicó su método en causas de filiación. Allí no se trataba de asesinos, sino de hijos que buscaban a un padre desconocido. En 2020, una mujer consiguió que un tribunal reconociera su filiación gracias a un informe suyo.
En 2023, la Corte Suprema sueca autorizó incluso la apertura de una tumba para realizar una prueba de ADN en un caso de paternidad, basándose en su análisis. Esas historias no llegan a los titulares, pero son quizás las que más pesan: logran cerrar vacíos personales que, durante generaciones, habían dejado heridas abiertas.
La historia completa fue contada en el libro El rastro, que Sjölund escribió junto a la periodista Anna Bodin en 2021. En enero de 2025, llegó a la pantalla como miniserie de Netflix con el mismo título, dirigida por Lisa Siwe y escrita por Oskar Söderlund. Cuatro episodios que reconstruyen la obstinación de los investigadores y el trabajo paciente del genealogista.
Lo que define a Peter Sjölund no es la espectacularidad, sino la paciencia. Donde la Policía ve un dato suelto, él ve un sistema; donde el archivo parece oscuro, encuentra la repetición de un apellido que da luz a la causa.
Entre bosques, actas y cromosomas, transformó un oficio antiguo -el de contabilizar historias familiares– en una herramienta capaz de descifrar silencios, ya fueran los de un crimen o los de una vida incompleta.
En Åsgatan, Linköping, aún perdura la memoria de aquel día frío de octubre. Y en Åm, en una pantalla que de pronto mostró solo dos nombres, permanece la imagen más elocuente de lo que hace Sjölund: convertir rastros mudos en historias completas, y dar nombre donde durante años solo hubo un vacío.









