En la historia americana hay personajes que parecen salidos de una novela de aventuras. Uno de ellos es Orélie Antoine de Tounens, un abogado francés que en pleno siglo XIX se autoproclamó “Rey de la Araucanía y la Patagonia”. Sí, un monarca europeo en tierras mapuches, en un momento en que Chile y Argentina aún no habían consolidado su dominio sobre esos territorios.
Un episodio que mezcla delirio, oportunismo, romanticismo y resistencia indígena.
Antoine nació en 1825 en Chourgnac, un pueblito de la región francesa de Dordoña. Era procurador del tribunal de Périgueux, pero su imaginación lo llevaba mucho más lejos. Obsesionado por el poema La Araucana de Alonso de Ercilla y por los relatos de exploradores como el conde de La Pérouse y James Cook, soñaba con fundar una monarquía constitucional en América del Sur.
En 1858, embarcó rumbo a Chile con la idea de crear un reino en tierras que consideraba “sin dueño”, habitadas por pueblos originarios que resistían la colonización.
Ya en Valparaíso, aprendió español, se vinculó con logias masónicas y se dirigió a la Araucanía, donde logró parlamentar con el lonko Quilapán.
El 17 de noviembre de 1860, a orillas del río Cautín, se autoproclamó “Orélie Antoine I, Rey de la Araucanía y la Patagonia”.
Redactó una constitución, diseñó bandera, escudo, himno y hasta repartió títulos nobiliarios.
Aunque algunos caciques lo dejaron actuar -más por estrategia que por convicción- nunca fue reconocido como soberano. Su “reino” no tenía territorio, ni ejército, ni reconocimiento internacional. Lo que sí tenía era una buena dosis de surrealismo y una capacidad notable para incomodar a los gobiernos de Chile y Argentina.
El gobierno chileno, entonces presidido por José Joaquín Pérez, no tardó en reaccionar. Lo arrestaron en 1862, lo declararon insano y lo deportaron a Francia.
Pero Antoine no se rindió. Volvió tres veces a intentar recuperar su “reino”, siempre con el mismo resultado: expulsión y fracaso.
Del lado argentino, la reacción fue más silenciosa pero no menos significativa. En 1860, Argentina estaba dividida entre la Confederación con sede en Paraná y el Estado de Buenos Aires. Ambos miraban con recelo cualquier intento de intervención extranjera en la Patagonia, una región que aún no controlaban plenamente.
La presencia de Orélie Antoine fue vista como una amenaza potencial, no tanto por su capacidad real de gobernar, sino por lo que representaba: un europeo que se arrogaba el derecho de fundar un Estado en tierras que Argentina consideraba propias.
Aunque no hubo una declaración oficial contundente, el episodio aceleró el interés argentino por consolidar su presencia en el sur. La fundación de Carmen de Patagones y la instalación de la prisión en Punta Arenas fueron parte de esa estrategia.
En otras palabras, el delirio de Antoine sirvió como catalizador para que Argentina y Chile intensificaran sus campañas de ocupación en territorios indígenas.
El “Rey de la Patagonia” murió en 1878, sin corona, sin reino, pero con una historia que aún hoy despierta curiosidad.
¿Fue Orélie Antoine un loco, un visionario, un oportunista? Difícil saberlo. Su historia revela mucho más que una extravagancia personal. Nos habla de la mirada europea sobre América, del desprecio por las culturas originarias, y de cómo los pueblos mapuches supieron usar incluso a los delirantes para resistir el avance estatal.
Su figura incomoda porque pone en evidencia que los Estados nacionales no nacieron de un consenso pacífico, sino de una conquista.
Un extraordinario filme argentino, La película del Rey, dirigido por Carlos Sorín, y protagonizado por Julio Chávez y Ulises Dumont, recuerda este singular episodio de nuestra historia.








