Cuando la llamaban “filósofa”, Hannah Arendt corregía. Se consideraba a sí misma, más bien, como una teórica de la política. Fue una mujer en un ámbito dominantemente masculino, pero nunca se identificó con el feminismo. Fue judía y alemana, aunque su país le revocó la ciudadanía y, dentro de su comunidad, muchos la repudiaron porque leyeron su planteo acerca de la “banalidad del mal” referido al funcionario nazi Adolf Eichmann como una justificación de sus crímenes.
El profesor de Filosofía y músico Germán Rúa vio en el propio apellido de la pensadora la naturaleza esquiva y singular de Arendt, resistente a las definiciones. Su conferencia “Hannah Aren’t”, el sábado pasado en el Centro Cultural San Martín, fue una de las actividades de las jornadas por el 50° aniversario de la pensadora, destinadas a explorar su legado a través de charlas públicas y un ciclo de cine.
Frente a una sala casi llena, Rúa se ubicó en el escenario de la intimista sala 3, con puntero en mano para manejar la presentación que se proyectó en una gran pantalla colgante. En su remera, se podía leer “Posthumania #3”, nombre de un programa que organiza dentro del espacio de (no) Pensamiento de la Fundación Andreani creado por él y calificado como un “faro” por la presentadora y curadora del Goethe Institut, Yael Tujsnaider.
Banalización de la banalidad
Al principio de su exposición, Rúa se mostró de acuerdo con lo expresado por Martín Kohan en una actividad del día anterior acerca de que existe una suerte de “banalización de la banalidad del mal”. Por eso, empezó por remontarse a los orígenes de aquel concepto, quizás el más difundido de los desarrollados por Arendt, para llevar adelante una exposición sobre la idea del mal, un tema de central importancia en la obra de una de las fundamentales teóricas de los totalitarismos del siglo XX.
Para Arendt, estos movimientos significaron una novedad histórica y era necesario interrogar las condiciones que los habían hecho surgir. En Los orígenes del totalitarismo, escrito en 1951, sostuvo que había un mal presente en los regímenes que consideraban superfluas a ciertas franjas de la población, relegándolas a la condición de parias, algo que, sin duda, tenía correlato con su propia biografía. “Esta idea, para ella, es la expresión de un mal inconcebible, imperdonable, un mal que no puede ser castigado incluso. En este sentido, ella va a llamar a esto un mal radical, tomando la terminología que toma, precisamente, de Kant”, puntualizó Rúa.
La idea kantiana suponía que las personas tenían una propensión al mal, pero la forma de evitarla era a través del ejercicio del rechazo de esa inclinación. En su recorrido hacia atrás, Rúa recuperó también las nociones platónica y agustiniana para establecer una genealogía del pensamiento filosófico occidental sobre la cuestión del mal, entendiéndolo como un alejamiento o negación del bien.
Si el mal no existe en sí, lo que sí es posible es reconocer sus encarnaciones en el mundo. En ese momento, la pantalla se llenó de monstruos: el Ángel Caído de Alexandre Cabanel, con su Lucifer de mirada tormentosa, la Medusa y los monstruos de la razón de Goya, el Shylock de Shakespeare. También, la portada del Leviatán de Hobbes, un filósofo que, para Arendt adelantó los temas del totalitarismo. El Frankenstein de Mary Shelley, con su advertencia sobre los excesos de la ciencia, también se actualiza en los tiempos de la IA.
Hannah Arendt. Cortesía de Middletown, Connecticut, Wesleyan University Library, Special Collections & Archives.“A mí me llevan a pensar en algo que estuvo muy presente en la formación de Hannah. Hannah nace a principios del siglo XX y, después de la Primera Guerra Mundial, se va a dar un momento de efervescencia cultural increíble en Alemania, donde va a aparecer una obsesión por lo monstruoso”, afirmó Rúa.
Siguiendo lo planteado por Siegfried Kracauer en De Caligari a Hitler, es posible pensar que aquellos productos culturales de la República de Weimar como las películas Metrópolis, El Golem o Nosferatu, anticiparon, en cierta forma, el ascenso de Hitler al poder.
Un carácter de presagio que, como apuntó curiosamente más tarde Rúa, está encerrado en la etimología de la misma palabra “monstruo”. A continuación, proyectó un fragmento del film M, el vampiro de Düsseldorf (también conocida como El vampiro negro) de Fritz Lang en el que el personaje se retuerce y dice querer escapar de sí mismo, de un mal que lo carcome por dentro.
Pero cuando Arendt presenció el juicio a Eichmann, no encontró en él las características de aquellos monstruos. “Eichmann es un hombre común, miren, tiene unas pantuflas”, bromeó Rúa, antes de volver al concepto de “banalidad del mal” y señalar la transformación del pensamiento de Arendt respecto de su obra de 1951. “Termina hablando en términos platónicos y agustinianos. ‘Solo el bien tiene profundidad’ [cita a Arendt]. El mal no existe. Entonces, si el mal no existe, todo esto se empieza a desvanecer, ¿no? La banalidad del mal nos lleva a un lugar conflictivo realmente, nada banal para a pensar la humanidad”, afirmó.
Haciendo un juego de palabras entre el uso coloquial positivo de la palabra “monstruo”, Rúa pasó a hablar de los “monstruos filosóficos” y de la complicada relación entre Heidegger y Arendt, que fueron amantes cuando ella fue su estudiante.
Luego, mientras que ella fue detenida por la Gestapo y tuvo que exiliarse, él se convirtió en un ferviente adepto al nazismo. Así, para Rúa, esa simpatía ubica a Heidegger en un lugar monstruoso, a pesar de haber sido brillante. “Él fue sometido a los juicios de desnazificación y obviamente se la llevó a marzo y a diciembre y a julio del año siguiente”, comentó con humor Rúa, que también es profesor a nivel secundario.
Imperdonable e inexplicable
Por su parte, la compasión de Arendt hacia su antiguo profesor significó para muchos un hecho imperdonable e inexplicable. “Ya teníamos suficiente con que decía que Eichmann no era un monstruo. Pero no es eso lo que más le va a doler a la comunidad judía de ese tiempo y al debate que se va a generar, sino lo que va a hacer con los dirigentes propios, los altos dirigentes del judaísmo. Como ejemplo de esto, en el libro Eichmann en Jerusalén, ella hace todo un análisis muy complejo de cómo hay una connivencia entre los altos dirigentes de la comunidad judía y Eichmann para que sea posible la logística del Holocausto”, siguió Rúa. Lo que resultó más hiriente fue una caracterización del rabino mayor de Berlín como “el Führer judío”, una frase que la propia Arendt eliminó en una segunda versión.
Sin embargo, para Rúa, ese tono irónico, casi despiadado, revela algo de la interioridad de Arendt. “No digo que es Peter Lorre en M el vampiro, pero hay algo que le nace, que tiene esas ganas que no puede contener de oponerse a todos”, dijo. Esa actitud, para Rúa, recuerda, en algún sentido, ni más ni menos que a Sócrates.
Si Arendt no fue ni filósofa, ni feminista, ni una mujer que tuviera miedo de ser rechazada por sus propios pares, algo, sin embargo, puede concluirse acerca de lo que sí resultó ser: una pensadora lúcida y singular cuyas ideas mantienen su vigencia en un presente en el que sigue siendo necesario reflexionar sobre las amenazas del pensamiento único.








