Por momentos, la entrada del barrio San Cayetano, en Campana, parece una terminal improvisada. Personas desbordadas, agua hasta las rodillas, bidones, cajas con fideos, perros asustados. Pero, sobre todo, gritos: “¡Necesito un bote, necesito un bote, quiero ir a ver mi casa!”
El cielo está completamente celeste, y el sol salió después de varios días, como si quisiera pedir disculpas. Pero el agua sigue ahí, marrón, cubriendo hasta la mitad muchas viviendas. Ya no llega hasta los techos, como sucedió en los peores días, pero sigue ocupando las veredas, los pasillos, las camas. Cada tanto, algún vecino rompe en llanto: por lo que perdió, por lo que teme encontrar, por lo que no sabe si volverá a recuperar
“¿Alguien quiere entrar?¿Alguien quiere llevar o traer algo?”, grita un hombre preguntando a las personas que esperan mientras se para en su bote.
En la entrada al barrio un grupo de vecinos espera su turno para subirse a un kayak prestado. “Allá atrás quedó mi perro, dice Liliana Rivas, de 43 años. No me lo quise traer en brazos porque pensé que íbamos a volver a casa enseguida. Todavía no lo encuentro. Capaz se subió al techo como otras veces. Pero capaz no”, dice con la mirada perdida.
Cada bote que llega desde el fondo del barrio trae a más personas, despeinadas, mojadas, en silencio, y a más animales: gatos temblando bajo las camperas, perros con la lengua afuera. Los que no consiguen bote se meten igual. Caminar con el agua hasta el pecho es peligroso, pero la desesperación empuja. Lo hacen con cuidado, con palos que tantean el suelo. Van en buscar una estufa, un recuerdo, una mascota.
Nadie sabe cuándo van a volver a sus casas. A recorrer sus pasillos y a dormir en sus habitaciones. El intendente de Campana, Sebastian Abella aseguró a Clarín. “La realidad es que hasta que no baje el agua en Areco no va a bajar en Campana, porque la cuenca termina en el Río Paraná. Pensamos que si baja podemos sacar el agua que está dentro del barrio. Si bien está bajando, falta mucho todavía”, aseguró
“Siempre nos pasa esto, pero nunca vi tanta gente así, metida hasta el cuello en el agua”, dice Hugo Torres, jubilado, con un salvavidas colgado al hombro. A su lado, una nena abraza un peluche todo mojado.
Los botes no sólo llevan vecinos: algunos, organizados por los bomberos y las fuerzas armadas, hacen viajes para entregar comida. “Hay muchas personas que no quieren dejar su casa”, explica Walter Ríos, un voluntario de un grupo scout que llegó desde Zárate. “Se quedaron cuidando lo poco que les quedó. Entonces, el operativo se adaptó: comida, abrigo, agua, lo que podamos llevarles”, dice.
Recorrida en bote para ayudar a los más afectados en el barrio San Cayetano de Campana. Foto Francisco LoureiroLa entrada del barrio se volvió un punto logístico. Hay galletitas, viandas, pañales apilados, comida para gatos y perros. Voluntarios de distintas organizaciones reparten lo que pueden. “Vinimos de Zárate con cuatro autos llenos de cosas”, cuenta Florencia, 24 años, voluntaria. “Nunca vi algo así. Uno puede ver las imágenes por televisión, pero hasta que no te metés acá, no entendés lo que es perderlo todo. Esto es literalmente un río, el agua se comió a las casas ”, dice mirando el panorama.
Según informó la Municipalidad de Zárate a Clarín, “la situación se está normalizando de a poco”. En algunos barrios el agua ya bajó por completo. En San Cayetano, aún no. Tampoco en San Javier ni en parte de San Miguel. Aún quedan entre 50 y 70 evacuados en el Espacio DAM de la Costanera en Zarate. Las autoridades estiman que, si el clima sigue acompañando, la mayoría podrá volver a sus casas en las próximas horas. Pero todo depende del estado particular de cada vivienda. Y de la voluntad de los vecinos de enfrentarse a ese regreso.
Asistencia de la Armada Argentina en medio de las dramáticas inundaciones en Campana. Foto Francisco LoureiroDe milagro, en Campana no hubo víctimas fatales ni desaparecidos. La cifra oficial es cero. También se suspendieron las clases en todos los establecimientos públicos para este lunes.
Desde lo alto de un poste de luz, un gato negro mira todo. Nadie sabe cómo llegó ahí, pero lleva horas sin moverse. Debajo, una familia acaba de encontrar la puerta de su casa abierta de par en par. “Lo importante es que estamos vivos”, dice el padre, mientras carga una mochila que escupe agua por todos sus bordes. “Después, lo material se verá”, dice.
El barrio San Cayetano quedó completamente inundado por las lluvias que cayeron en la Provincia de Buenos Aires. Foto Francisco LoureiroPero lo material también duele. El barrio huele a encierro, a humedad. Se repiten las escenas: chicos revolviendo prendas de ropa, personas buscando comida. Cada cual con su bote, real o imaginario, intentando salir de esta agua que todavía no termina de irse.








