El 22 de febrero de 1933, en una pequeña habitación de Nueva York, cinco hombres observan con atención a un cuerpo inmóvil. La luz de una lámpara amarilla logra iluminar el rostro de quien parece estar dormido. Se trata de Michael Malloy. Las personas que lo rodean no se atreven, esta vez, siquiera a acercarse un poco a lo que sabrán más tarde es un cadáver. Saben que Michael, como tantas otras veces en que intentaron quitarle la vida para cobrar un seguro, podría de repente despertar. Así, el golpe para ellos sería toparse con ese gruñido ronco con que Malloy volvería a pedir: ¡una copa más!
Inmigrante irlandés, sin hogar definido, alcohólico y desempleado, Malloy se hizo conocido como “el inmortal”, que sobrevivió a venenos, accidentes y noches de hipotermia. Por esta razón, los periódicos lo bautizarían Iron Mike, y su historia se convertiría en una leyenda urbana, una mezcla de tragedia y comedia negra que todavía resuena casi un siglo después, incluso en canciones populares como la del trío House of Hamill que reza así: “Ese hombre Malloy no morirá / nos vemos por la mañana”.
Pero aquella última noche, en la habitación cerrada y asfixiante, algo había cambiado y sobre su estado reinaba la incertidumbre: ¿Malloy tomaba fuerzas para su próximo regreso o estaba decididamente muerto?
Un homeless sin rumbo
Michael Malloy nació en 1873 en el condado de Donegal, Irlanda, una región marcada por la pobreza y el éxodo masivo hacia América. Como muchos compatriotas, llegó a Nueva York a finales del siglo XIX en busca de una mejor vida.
Al principio, Malloy trabajó como bombero, arriesgándose en una ciudad donde los incendios eran tan frecuentes como las peleas de bar. Después, consiguió empleo como ingeniero estacionario, manejando calderas y sistemas de vapor en fábricas. Eran oficios duros pero respetables, y durante un tiempo, Malloy pareció haber encontrado un rumbo.
Sin embargo, el peso de la soledad y el desencanto lo empujaron a perderse en el alcohol. La vida en Nueva York era cara y cruel para los inmigrantes pobres. Pronto, los bares escondidos se convirtieron en su refugio y, el whisky barato, en su único consuelo. Para los años 20, Malloy había perdido todo: hogar, trabajo, dignidad. Vagaba por las calles, ofreciendo sus manos para cualquier tarea a cambio de un par de tragos.
La Gran Depresión golpeó con fuerza a Nueva York, dejando a miles de personas en la calle. Malloy, ya acostumbrado a la vida precaria, apenas notó la diferencia. Dormía en bancos de parques, comía lo que encontraba por ahí y pasaba los días en los speakeasies, bares clandestinos donde el alcohol corría libremente pese a la Prohibición.
Fue en uno de esos bares, propiedad de Tony Marino en la Tercera Avenida, donde comenzó a gestarse el macabro plan para asesinar a Malloy y cobrar el seguro. El dueño lo miraba con desprecio y avaricia y lo codiciaba junto con un grupo de hombres también golpeados por la depresión económica: Joseph “Red” Murphy, Francis Pasqua, Hershey Green y Daniel Kriesberg.
Ellos no eran simples villanos de caricatura sino víctimas del sistema como Malloy, pero con algo más de suerte y mucha menos ética. Con la ayuda de un agente de seguros corrupto, obtuvieron varias pólizas a nombre de “Nicholas Mellory”, un alias inventado para la ocasión, con la intención de cobrar más de 3.500 dólares (equivalentes a unos 85.000 actuales) por la muerte accidental de Malloy.
Lo que siguió fue uno de los intentos de asesinato más torpes y absurdos de la historia criminal estadounidense.
A Malloy le dieron a tomar anticongelante, aguarrás, linimento para caballos y veneno para ratas. Pero nada lo mataba.
Dos de los asesinos de Malloy: Francis Pasqua y Tony Marino.La muerte que no llegaba nunca
La estrategia inicial era simple: dejar que Malloy bebiera hasta el coma alcohólico. Le ofrecieron una cuenta ilimitada en el bar de Marino, y Malloy aceptó sin ningún esfuerzo. Día tras día, bebía sin parar, mezclando whisky barato con ginebra y aguardiente. Pero lejos de morir, Malloy parecía revitalizarse.
Su resistencia asombró a los conspiradores, que decidieron subir la apuesta. El siguiente paso fue sustituir el alcohol por un anticongelante. Malloy lo bebió con la misma naturalidad y sin efectos colaterales. Desconcertados, fueron por más y cambiaron el anticongelante por aguarrás, luego por linimento para caballos y finalmente por veneno para ratas. Nada funcionó.
El consumo de etanol, sustancia que actúa como antídoto al impedir la absorción de las ponzoñas, podría determinarse como causa eficiente de su supervivencia. Los conspiradores no se rindieron e idearon métodos cada vez más grotescos.
Le ofrecieron ostras crudas empapadas en alcohol metílico, basándose en el trascendido de que alguien había muerto al ingerir una mezcla de mariscos con whisky. Sin sospechas, Malloy las tragó con gusto, como devoró todo lo que vino después, como ese sándwich de sardinas podridas, veneno y tachuelas de alfombra. Al terminarlo, Malloy pidió otro igual.
Una noche invernal, Malloy había bebido tanto que no atendía razones y los confabuladores aprovecharon para tirarlo a la intemperie. Lo acostaron bajo una intensa nevada y sobre el pecho desnudo vaciaron varias bidones de agua helada. Pero, por esa suerte que acompaña a algunos y abandona a otros, Malloy fue encontrado por policías que lo llevaron a un refugio, donde se recuperó rápidamente.
En otra ocasión, lo arrollaron con el taxi de Hershey Green a 72 kilómetros por hora y le quebraron un sinfín de huesos. No obstante, luego de pasar tres semanas internado, Malloy volvió a aparecer en el bar, pidiendo otro trago.
El juicio fue un espectáculo mediático. Cuatro de los acusados fueron ejecutados en la silla eléctrica.
La prensa norteamericana se hizo un festín con el caso.El crimen consumado
Finalmente, el 22 de febrero de 1933, decidieron utilizar un método infalible. Todo empezó por la zona conocida y fácil: había que emborracharlo. Ya listo, lo llevaron a la habitación de “Red” Murphy, le colocaron en la boca una manguera conectada a un gas de carbón y lo asfixiaron.
Esta vez, Malloy no despertó. El certificado de defunción, firmado por el doctor Frank Manzella, indicó neumonía lobar como causa de muerte. Los conspiradores enterraron rápidamente a Malloy, ansiosos por cobrar el seguro. Sin embargo, los rumores sobre la repentina muerte del indestructible Iron Mike llegaron a oídos de la policía, que exhumó el cuerpo y descubrió la verdad.
El juicio fue un espectáculo mediático. Los cinco conspiradores, apodados The Murder Trust (La Sociedad del Asesinato) por la prensa, tuvieron fuertes condenas. Cuatro de ellos fueron ejecutados en la silla eléctrica en Sing Sing en 1934. El taxista Green, quien sólo había participado en el atropello, recibió varios años de cárcel. Manzella, acusado de ser cómplice, fue penado con una multa y recibió una condena menor por no reportar la muerte sospechosa.
La historia de Malloy ha inspirado programas de radio, episodios de series y canciones. Su historia es una mezcla de tragedia y humor negro, y pone en escena la fortaleza del lazo entre codicia y acciones atroces.
Michael Malloy, que burló tantas veces a la muerte, terminó convirtiéndose en leyenda no por su tragedia, sino por la risa incrédula con la que desafió la miseria. La historia de aquel inmigrante irlandés que no supo cuándo caer, que atravesó venenos, heladas y atropellos para seguir pidiendo otra copa, dejó al menos una certeza: a veces, la inmortalidad no depende de vencer a la muerte, sino de negarse a morir con obediencia.







