Ocho llegadas en alto, una cronoescalada, doble Mortirolo por la ladera más dura, un Gavia a más de 2.600 metros que seguramente, finales de mayo, estará aún nevado como cuando Nairo se abrigó para ganar el Giro del 14, y, por si parecía poco, también el Zoncolan, algo así como el Angliru italiano. El Giro masculino ha recuperado una desmesura pantánica que parecía en la última década patrimonio de la Vuelta loca.
Así se ha presentado en Roma, en el auditorio Ennio Morricone, cuya música ominosa de western, y la mirada escéptica y sin alma de Clint Eastwood, tan bien le acompañaría.
Y también serían las notas de spaghetti western buena banda sonora para el Giro femenino, nueve etapas, un tercio de ellas con final en alto, uno de ellos en la cronoescalada de Valdigne, donde tanto sufre el vicecuestor Rocco Schiavone, desde Viareggio, en la costa toscana, hasta el Valle de Aosta y final en el Mont Blanc, en una etapa con el Colle di San Carlo, como aquella del Giro de hombres del 19 en la que Richard Carapaz desmanteló a Nibali y Roglic. Comienzo el 29 de mayo, coincidiendo con la penúltima etapa del Giro masculino, y final el domingo 6 de junio. Los otros dos finales en alto son el Passo de la Presolana, pasado el monte Pora, en la provincia de Bérgamo, y el Alpe Motta en el valle de Spluga, en la frontera suiza, donde en 2021 Damiano caruso hizo temblar a Egan Bernal, y Daniel Felipe Martínez, mostró su coraje de gran gregario para salvar a su compatriota y líder.
Las tres grandes han decidido empalmar sus carreras masculinas y femeninas (la Vuelta será en octubre), con lo que, dada su corta duración, no será imposible que las más grandes -Reusser, Blasi, Vollering, Longo Borghini, Niewiadoma…- puedan lanzarse a correr las tres. Sería más gas fabuloso para la efervescencia imparable del ciclismo femenino.
El trazado del 27 para los hombres, en cuyo diseño ha intervenido ya Luca Guercilena, que dejó en agosto de ser el máximo responsable del Lidl Trek, es un bombón para la gula insaciable de los aficionados irredentos, pero a RCS, la empresa editora de La Gazzetta dello Sport e inventora y organizadora desde 1909 de la corsa rosa, como el papel en que se imprime, quizás le interese más despertar el apetito de grandes campeones que den peso y emoción a su diseño.
¿Volverá Remco Evenepoel, que tiene un historial de frustración con la carrera en la que dos veces se vistió de rosa, en 2021 y 2023, y dos veces abandonó, agotado una y enfermo de covid otra? ¿O el belga que tanto disfruta en el Tour jugando con Tadej Pogacar, y al que este año le regalan en Francia dos bonitas contrarrelojes, quizás prefiera llegar al máximo a la grande boucle y seguir buscándole las cosquillas al esloveno en la Vuelta que ya ganó en 2022? ¿Volverá Jonas Vingegaard reclamando el dorsal número uno para defender su maglia rosa de 2026? ¿O el danés, el mejor escalador entre los más grandes, que no ha competido desde su caída en el Tour en julio y su deseo tiembla, preferirá también guardar una de sus últimas balas para atacar el Tour de siempre? ¿Y si Seixas y su Decathlon traicionan el amor de su Francia y se olvidan un año del Tour e intentan ganar su primera gran vuelta lejos de la presión creciente del hexágono? Además, explica el precoz prodigio francés, el Mundial se celebra el 27 de septiembre en la Saboya en la que viven sus queridos abuelos, nada menos que en el muro de Domancy y la meta de Sallanches que hicieron gigante en 1980 al último de los más grandes franceses, Bernard Hinault? ¿Y qué hará Del Toro, maglia rosa hace dos años en su primer Giro hasta la emboscada de Le Finestre en las que Simon Yates le dejó segundo? ¿Y si Pogacar cambia súbitamente de idea después de anunciar que quiere regresar a la Vuelta que debió abandonar tras tropezar con una piedra, romperse una clavícula y tres vértebras, sufrir semanas de vértigos porque se le movió un cristalito de los que forman el mosaico del oído interno y se quedó flotando en el laberinto, y, debido al lento latir de su absurdo corazón hipertrofiado, no poder dormir a gusto en el hospital por los pitidos que lanzaba de alerta su monitor cardiaco cada 30 segundos?
Hace más de 30 años, el Giro, molesto porque la Vuelta, que se celebraba en abril, se solapaba con su mayo sagrado y maniobró para que la ronda española aceptara desplazarse a septiembre, pensando Italia que así mejoraría su participación. El efecto fue el contrario. Muy pocos de los ganadores de Tour se arriesgaron a doblar ambas grandes, y menos consiguieron ganar las dos desde entonces, Marco Pantani en el atípico 1998 del Tour desolador del caso Festina, y el extraordinario Pogacar en 2024. Los demás que lo intentaron, Alberto Contador, Chris Froome, Vingegaard, se quedaron cortos en julio. Lance Armstrong, el tirano del cambio de siglo, nunca se arriesgó.
Aunque el desnivel positivo total previsto en el Giro, 50.000 metros, es menor que el del Tour (53.000), en Italia está más concentrada en etapas de alta montaña, y una de ellas, la 16ª, martes 23 de mayo, la del doble paso del Mortirolo (13 kilómetros al 10%) con el Gavia y sus tramos de tierra (17 kilómetros al 8%) en medio, acumula ella sola 5.700 metros en 190 kilómetros, más de seis horas. Tal dureza quizás haga imposible la idea de ganar en Italia a medio gas para llegar fuerte al Tour.
A todos los grandes, el Giro del 27, que se iniciará el sábado 8 de mayo en Trieste, la punta nororiental de la península, frontera de Eslovenia, les hace un guiño: una etapa en Liubliana, la capital eslovena, para Pogacar; dos contrarrelojes al gusto de Evenepoel y Seixas, una de 20 kilómetros con una montaña suave en los Abruzos (séptima, 14 de mayo) y una llanísima y veloz de 38 kilómetros desde el autódromo de Monza a Milán (15ª, domingo 23 de mayo, prólogo de las montañas a gogó de la última semana). Un final en alto montañoso cada dos-tres días para Vingegaard y Del Toro pimpantes. Y también en Italia piensan en gratificar a los suyos, a su presente, Giulio Pellizzari, el Duque de Camerino, a quien regalan un paso puntuable por el muro de su pueblo en la corta, dura y nostálgica etapa de las Marcas (la quinta, 12 de mayo, primera llegada en alto), que parte de Filottrano, el pueblo en el que vivió y murió atropellado por un coche mientras entrenaba Michele Scarponi, ganador del Giro de 2011, y termina en el insidioso Sassotetto (techo de piedra) sobre Sarnano, casi 14 kilómetros a más del 7%. Más tenue es el guiño para el futuro, el genovés Lorenzo Finn, campeón de todo en sus años júnior y último vencedor del Giro sub-23 y el Tour del Porvenir, que ya llega al WorldTour y aún no ha cumplido 19 años. Para él, el Giro roza su región en la etapa 12ª, con final en el paso de los Dos Santos (ocho kilómetros al 9%) en Zum Zeri, Apeninos escarpados de los tres confines, Toscana, Emilia y Liguria.
Y para los nostálgicos que, guiados por el corazón emocionado reinterpretan el pasado para sentirse más a gusto, visita a Madonna di Campiglio, la estación en la que en 1999 expulsaron a Marco Pantani del Giro en rosa por su mala sangre, tan roja y oxigenada, y en la que Mikel Landa, 16 años después, logró tras dura pelea con Contador una de sus mejores victorias en la carrera que más le gusta. Y cuánto más le gustaría, sueño imposible a los 37 y en el Euskaltel, correrlo el año próximo, tan pantánico su recorrido.
Para el dolor, el regreso al Culmine de San Pietro, allá donde se despeñó por un precipicio de 50 metros Pedro Horrillo en 2009, y superó un coma el bravo vizcaíno, y fracturas en todo el cuerpo, en la Lombardía bergamasca tras el paso por la Madonna del Ghisallo y antes de terminar en la durísima subida a la estación de esquí de Piani di Bobbio, como el filósofo, y sus 10 kilómetros al 9%.
El último sábado, en el Friuli, tan al norte, el Giro asciende el Zoncolan (10 kilómetros al 12%) y, después de volar, termina el domingo 30 de mayo con un festival de esprínters, gladiadores los supervivientes, ante el Coliseo de Roma.









