El fin de la odisea de Machado es una buena noticia, porque promete un reseteo de la política en Venezuela y puede recargar de energía y dinamismo un proceso de transición centrado alrededor de una mesa de negociación que padece tres graves problemas: no representa el sentimiento popular, está micromanejada desde Washington por Marco Rubio y ha ralentizado el cambio de régimen mediante un proceso opaco y burocrático. Pero ni ella ni nadie debe engañarse: del mismo modo que haber regresado a Ítaca no significó el fin de la misión de Ulises, el regreso a Venezuela tampoco implica el fin de la misión de Machado. Se trata, acaso, del principio de una nueva etapa en la que tendrá que hilar más fino de lo que lo ha venido haciendo desde el 3 de enero, cuando, tras la extracción de Maduro, una jugarreta de Trump la dejó fuera de la transición democrática del país que Machado se preparaba para comandar como protagonista.









