“Fue algo casi inexplicable” declaró Lula da Silva este domingo por la mañana, en la escuela de votación del balotaje que definiré el futuro de Brasil. Se refería a la movilización popular de ayer, tan gigantesca y fervorosa, que los periodistas compartimos al unísono la frase: “Jamás vimos algo igual”. Lo cierto es que el presidente brasileño es hoy un símbolo de democracia, de política pacífica, de progreso y bienestar social. Y aun si no tuviera éxito en las urnas, el recuerdo de esa manifestación popular lo acompañará en su despedida del Palacio del Planalto.
“Lo que estoy viendo esta semana nunca lo había visto”, dijo el presidente, aún sobre las manifestaciones que también ocurrieron en el resto del país. “Es muy gratificante presentarse a las elecciones para el cuarto mandato”, contó, además de reforzar que solo se presenta “por el bien del pueblo brasileño.”
La cuna del Lulismo
La Gran San Pablo fue la cuna del lulismo, pero luego se convirtió en el lugar donde se amasó la extrema derecha bolsonarista. Fue la que tornó un suceso de márquetin al ex gobernante Jair Bolsonaro. Era ver, en octubre de 2018, los barrios de clase media rica inundados por las camisetas “verde amarillas”. Esa vestimenta se había propagado hacia otros estamentos de la sociedad: había clases medias bajas más empobrecidas, hartas de un período de gobierno que comenzó con Dilma Rousseff y terminó con Michel Temer, después de un golpe de Estado llamado “impeachment” contra la primera presidenta mujer del país.
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Ese agotamiento llegó a calar profundo en esos segmentos de la población. Ahora, el mensaje es otro: “Viva el emprendedorismo”, El emprendedor como solución a todos y cualquiera de los problemas económicos. A ellos se dirigió Flavio Bolsonaro y les prometió el oro: créditos al por mayor para viabilizar las actividades independientes. Si el senador gana hoy, será porque ese sector que representa 61% de la sociedad, creyó en las palabras del senador.
Esta vez Lula logró dar un giro impensable entre los universitarios, profesores y estudiantes, los profesionales, los chicos de la secundaria, además de sus fieles seguidores de la clase obrera. En la manifestación había un cartel, portado por una mujer que decía: “Tengo 4 hijas. Una es biomédica; otra es arquitecta, la tercera es diseñadora y la cuarta todavía estudia”. Esta es una postal de lo que significó el gobierno de Lula da Silva: la educación como medio esencial para el progreso.

Es cierto que las últimas encuestas han dejado en vilo a todos aquellos que no quieren violencia ni tijeretazos, como propone Flavio Bolsonaro para resolver los problemas económicos de su país. Tan es así que le prometió a los grandes empresarios cortar 200.000 millones de reales del presupuesto nacional; es decir, 40.000 millones de dólares. Y también es verdad que una consigna del senador tuvo gran repercusión popular: “Ha llegado el momento de cambiar”. Claro que no dice que ese cambio significará menos salud y menos educación, en todos los niveles. Como hizo su padre, sí mantendrá los beneficios sociales como el “Bolsa Familia”, porque entre quienes los reciben hay muchísimos votantes.
También afirmó creer en la victoria frente a su oponente, el senador Flávio Bolsonaro (PL), y afirmó que aceptará los resultados de las elecciones independientemente del resultado.

Lula vive ahora en en Alto de Pinheiros, en el oeste de São Paulo, una zona de casas ricas. Antes moraba en San Bernardo del Campo, en el entorno paulista sembrado de grandes fábricas. Con todo, eso no significó un cambio de su fe en el pueblo de Brasil, ni tampoco modificó sus principios distribución de la riqueza para favorecer a los más pobres. No por casualidad, en este tercer período el presidente sacó a Brasil del Mapa del Hambre dibujado por las Naciones Unidas.









