Las alarmas han dado un respiro y Nastia (que prefiere no dar su apellido) logra llevar a Polina, su hija de nueve años, a su clase de Tenis. Poco antes de las cuatro de la tarde del pasado miércoles madre e hija dejan atrás el complejo de apartamentos donde viven desde julio en el lado izquierdo del río Dniéper, que divide a Kiev. Aprovechan que todavía hace buen tiempo para dar un paseo por este sector que está lejos de haber quedado inmune a los ataques rusos, como lo demuestran los tablones que cubren docenas de ventanas rotas y las fachadas quemadas de algunos edificios, hasta llegar a la cancha de tierra batida donde la esperan otros cinco menores y el instructor.














