“Lo dejamos acá” y la felicidad de pensar

“Lo dejamos acá” y la felicidad de pensar


Empecé a ver Lo dejamos acá por Ricardo Darín y Diego Peretti. Los dos ocupan un lugar enorme en mi corazón. ¿Cómo no iba a verlos juntos? Terminé emocionada, entre la risa y el llanto, por encontrar una película maravillosamente bien hecha.

Vengo bastante desilusionada con lo que me ofrece Netflix. Empiezo películas que no termino y sigo buscando. Estoy cansada de los diálogos insulsos o desinteligentes, de los guiones que se olvidan de lo que dijeron al principio y terminan contradiciéndose, de las persecuciones interminables que parecen estar allí para llenar minutos.

Un western, un romance o una película de terror pueden ser excelentes, pero me cansa la fórmula que busca atrapar público sin alimentar su inteligencia.

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El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.

Con esta película me pasó exactamente lo contrario. Desde las primeras conversaciones sentí que mi mente recibía un néctar para la inteligencia. ¡Qué diálogos! ¡Qué astucia en las respuestas, en las idas y vueltas, en las actitudes de los personajes! Mi mente estaba en el mejor parque de diversiones que se puedan imaginar. Me divertía pensar. Y hacía mucho que una película no me daba esa clase de felicidad.

Darín es el compañero ideal para el intercambio en los diálogos: los dos hacen que hasta los silencios tengan sentido”

El guionista se llama Emanuel Diez. ¡Tenía que apellidarse Diez! Porque, de uno a diez, su guion es un diez. Me impresionó la continuidad de las ideas, la precisión del diálogo y cómo cada conversación abre una posibilidad nueva sin traicionar la anterior. Nada queda colgado ni se contradice por el camino. Aquí las palabras importan.

La dirección de Hernán Goldfrid merece el mismo aplauso. Parte del vínculo entre un psicoanalista y un escritor, pero consigue mucho más que una sucesión de conversaciones. Hay atención a cada detalle, a cada tiempo, a cada gesto.

Ricardo Darín en Lo dejamos acá (Netflix).

Y Diego Peretti… ¡por Dios, qué actor! Hubo momentos en que me moría de amor viendo sus expresiones. La escena en que está borracho, las del consultorio y, sobre todo, una de las últimas en el hospital, en la que sus ojos dicen tanto. He dirigido actores y modelos en Uruguay; sé lo difícil que es lograr que una mirada tenga tanta vida. Peretti no repite una cara. Cambia, sorprende, transmite. Darín es el compañero ideal para ese intercambio: los dos hacen que hasta los silencios tengan sentido.

La fotografía de Rodrigo Pulpeiro es una joya. Y con la iluminación soy exigente: trabajé muchos años dependiendo de ella. Estoy acostumbrada a admirar el cuidado visual de grandes películas japonesas, pero aquí no eché nada de menos. La luz sobre los rostros, los ambientes, los colores, la escenografía… todo está tratado con una delicadeza formidable. Si tuviera que ponerle nota del uno al diez, otra vez sería diez.

Me divertía pensar, y hacía mucho que una película no me daba esa clase de felicidad”

Quiero destacar también la música. ¡Ese rock nacional, puesto en el momento exacto! Ni antes ni después. La música perfecta para la escena perfecta. Disfruté mucho el baile, porque hasta ese detalle me daba placer. Y no quiero olvidarme del montaje de Andrés Quaranta. También trabajé en edición y sé lo que significa elegir cuándo cortar o dejar respirar una escena. Aquí no me sobró nada. Tampoco me faltó nada.

No voy a revelar el final. Sería arruinarle a otro espectador una sorpresa deliciosa. Diré solamente que es asombrosamente pícaro, deliciosamente pícaro, y de una inteligencia inesperada. Tiene esa picardía tan argentina que logra dar una última vuelta de tuerca cuando una cree que ya vio todo.

Soy uruguaya y vivo en Argentina, un país del que me siento parte. Sentí orgullo de que esta película se haya hecho aquí. Sé que tal vez alguien la considere apenas pasable. Yo no puedo sentirlo así. Lo que vi fue un trabajo colectivo de una calidad extraordinaria, desde el guión hasta el último gesto y la última nota musical.

¿Para qué vamos al cine? A veces, para distraernos; otras, para soñar o pasar miedo. Yo también voy para eso. Pero hoy, sin saberlo, encontré otra cosa: felicidad por la inteligencia. Y terminé riéndome y casi llorando, no de tristeza, sino de emoción ante algo tan sencillo y tan difícil como ver una obra bien hecha.