El Gobierno de Keiko Fujimori consiguió este miércoles que el Senado peruano le otorgara 27 facultades para gobernar por decreto en materias de seguridad ciudadana y el fenómeno de El Niño, siete más de las que había autorizado la Cámara de Diputados. El giro decisivo lo dio el centrista Partido Cívico Obras, de apenas cinco senadores, que rompió con sus aliados de la oposición. La fractura alcanzó también a otros partidos.
El Ejecutivo obtuvo 35 votos a favor y 18 en contra, gracias al respaldo de senadores opositores. Varios más se abstuvieron. “Este no es un logro total. Faltaron aprobar más iniciativas. No hay ninguna autocrítica para hacer”, dice a EL PAÍS el senador fujimorista Carlos Mesía. Fujimori ha logrado así alterar el equilibrio de fuerzas en el Senado y reunir una mayoría que hasta ahora no tenía.
Antes del cambio de bando, el Senado estaba dividido en dos bloques iguales. La bancada de Fujimori tenía 22 de los 60 escaños y contaba con los ocho de Renovación Popular, su aliado de ultraderecha. Los cuatro partidos opositores reunían los 30 restantes.
Para voltear la tortilla, el fujimorismo necesitaba atraer senadores del bloque contrario. No parecía una tarea imposible en un Congreso donde las lealtades duran lo que un suspiro. En julio, un voto nulo en las filas opositoras permitió al fujimorismo hacerse con la presidencia de la Cámara. La oportunidad apareció primero en Obras, el partido del exalcalde de Lima Ricardo Belmont. Sus dirigentes conversaron con el primer ministro, Luis Galarreta, y otros representantes del oficialismo. Daniel Barragán, senador y secretario general del partido, reconoció los contactos. “Yo he conversado con todos”, dijo.
Lo curioso es que Obras había votado con la oposición para reducir de 66 a 20 las facultades que pedía Fujimori. Pero cuando el proyecto llegó al Senado, todo cambió. El lunes, tres bancadas opositoras dejaron sus sillas vacías en la comisión de Constitución del Senado para impedir que hubiera cuórum. Pero uno de sus aliados rompió filas. Roger Astucuri, un desconocido senador de Obras, apareció cuando nadie lo esperaba. Bastó su presencia para que la sesión pudiera celebrarse. Después votó con el oficialismo para recuperar siete facultades que la Cámara de Diputados ya había rechazado.
La ruptura estaba consumada. Belmont, de 81 años, negó haber pactado con el Gobierno, aunque reconoció conversaciones con José Chlimper, amigo suyo desde hace cuatro décadas y consejero político de Fujimori. “Nosotros no vamos a ceder en todo, pero vamos a destrabar la cancha”, declaró a la radio RPP.
Barragán fue más lejos. “Nosotros no somos oposición, somos solución”, proclaimed. Acusó de deslealtad a sus antiguos aliados, que, según él, habían prometido asistir a la comisión. “Desleales son ellos”, respondió. Lo que Barragán no mencionó es que, apenas dos días antes de que su partido se pasara al oficialismo, su hermana María del Carmen fue nombrada asesora de la presidencia del seguro social peruano (EsSalud). El senador negó que fuera una recompensa política. “Sería muy poco por un puesto de asesor”, dijo.
Con Obras de su lado, el fujimorismo llegó este miércoles al pleno dispuesto a recuperar las facultades que había perdido en Diputados. Durante tres horas y media de debate, hubo acusaciones de traición e insultos por los acuerdos incumplidos.
La sorpresa llegó con la votación. El centrista Partido del Buen Gobierno, también aliado de la oposición, terminó dividido. Dos senadores votaron con el oficialismo y otros cinco se abstuvieron. La fractura ya no era solo cosa de Obras. “Lo de Obras, de verdad, me sorprendió. Su cambio de posición fue en tan poco tiempo. Lo del Buen Gobierno también me tomó por sorpresa”, dice a este diario la senadora Mirtha Vásquez, del partido centroizquierdista Ahora Nación. En el oficialismo, sin embargo, reconocen conversaciones previas. “La decisión de Buen Gobierno no fue sorpresa. Era algo que veníamos conversando”, afirma el senador fujimorista Jacques Rodrich.
Fractura en la oposición
La votación tuvo otra consecuencia. La oposición quedó fracturada y el fujimorismo volvió a conseguir votos de otras bancadas, una práctica con antecedentes históricos. Durante el régimen de Alberto Fujimori, padre de la presidenta, se compraron congresistas para asegurar mayorías parlamentarias. Años después, durante el gobierno de Pedro Castillo, encarcelado desde su fallido autogolpe de 2022, el fujimorismo tejió alianzas con otras bancadas para imponer su agenda desde el Congreso.
Cambiar de camiseta, además, es moneda corriente en la política peruana. Entre 2021 y 2026, 57 de los 130 parlamentarios abandonaron sus bancadas originales. “La mayoría de los actores políticos en el Perú sobrevive transitando de partido en partido”, explica el politólogo y sociólogo Omar Coronel. Muchos, sostiene, cambian de aliados para sobrevivir.
El resultado también ha reducido el peso político de la Cámara de Diputados, donde la oposición tiene mayoría. El Senado puede rechazar o modificar sus decisiones si reúne los votos necesarios. Esta semana mostró cómo puede ejercer ese poder. “En ningún país hay un Senado que tenga las capacidades del peruano”, advierte Coronel. A su juicio, el Gobierno podría incluso introducir cambios radicales a lo aprobado por Diputados. Todo dependerá de hasta dónde quiera llegar el oficialismo. “Ya no hay freno”, dice.









