Conmoción en Guayaquil tras fallecer un sacerdote aplastado por una cruz en misa: “Su muerte ha sido un sacrificio”

Conmoción en Guayaquil tras fallecer un sacerdote aplastado por una cruz en misa: “Su muerte ha sido un sacrificio”


El padre Patricio Sánchez dedicó sus últimos sermones a hablar sobre la muerte. El sábado 17 de octubre, a las siete de la noche, mientras celebraba la misa y una cámara transmitía la ceremonia en directo, la cruz con el Cristo crucificado y su corona de espinas cayó sobre él y lo mató. En la iglesia del Perpetuo Socorro de Guayaquil, la conmoción sigue intacta. Tres días después del accidente, un grupo de feligreses se reúne por la mañana a rezar al Santísimo por el alma del sacerdote, a quien le han levantado un pequeño altar con su fotografía y rosas blancas. Por la tarde volverán para cumplir con la novena y despedirse espiritualmente de quien fue su pastor.

Susurran cada oración, que se repite una y otra vez durante una hora. La mayoría son mujeres mayores de 60 años, arrodilladas frente al altar donde se encontraba la cruz y donde ahora solo se ven tres agujeros con los pernos desatornillados y un cable colgando. Hasta hace unos días, esa imagen era un símbolo de fe; hoy, su caída ha dejado a los devotos ante una pregunta que intentan responder: “¿Por qué Dios no lo salvó?”

La duda ha perseguido a los feligreses desde la muerte del sacerdote y se ha avivado con los comentarios en las redes sociales. El cardenal de Guayaquil, Luis Gerardo Cabrera, ofició la misa de velación e intentó apaciguar los cuestionamientos de los fieles. “Nos dijo: ‘Porque son cosas de Dios. Solo Él nos trae y Él nos llama’”, cuenta María Zambrano, de 73 años, una de las devotas. Ella recuerda una frase que el padre repetía constantemente en sus sermones: “Todos los que estamos aquí tenemos que morir algún día”.

Lo dijo en la misa del domingo anterior a su fallecimiento, pero aquella vez María sintió algo distinto. “Ese día se me hizo el corazón chiquito, con ganas de llorar, y me pregunté: ‘¿Qué pasa con el padre?’”, recuerda. El cura volvió a pronunciar esas palabras el sábado, poco antes de morir. Para los feligreses, el mensaje tenía un sentido espiritual: que el tiempo en la Tierra es limitado y hay que vivir amando.

“Su muerte ha sido un sacrificio para que su mensaje recorra el mundo: amar primero a Dios y a la familia”, dice Betsy Aviar, todavía conmocionada. Recuerda a un sacerdote que, al dar la bendición, siempre se interesaba por ellos. “Nos preguntaba cómo estábamos, si teníamos algún problema; estaba pendiente de todos, era muy carismático”, rememora la mujer.

Patricio Sánchez era originario de la ciudad de Cuenca y llegó a la comunidad del Perpetuo Socorro hace tres años. Su presencia se hizo notar de inmediato: abría las puertas de la iglesia todos los días, excepto los lunes. Puede parecer un detalle menor, pero en Guayaquil, donde la violencia ha irrumpido a tiros en los templos, mantener una iglesia abierta no siempre es posible.

La gente lo veía desde muy temprano y hasta entrada la noche, cuando celebraba la última misa del día y él mismo cerraba las puertas. También estaba disponible para quienes buscaban reconciliarse con Dios a través de la confesión, sin importar el día. El padre Patricio tenía un propósito: unir a la comunidad, cuenta Rocío, una líder barrial que trabajaba de cerca con él.

La parroquia impulsa proyectos para ampliar el banco de alimentos, mantener a los niños y jóvenes ocupados en actividades artísticas y deportivas, y celebrar misas campales en las calles y parques, cerca de los vecinos. Pero no todos los planes podían avanzar al ritmo que querían, explica Rocío. El barrio estaba amenazado.

La iglesia del Perpetuo Socorro se encuentra en el centro-sur de Guayaquil, en una zona estratégica para la dinámica criminal que golpea a la ciudad, donde confluyen rutas y sectores disputados. Justo frente al templo se levantan dos edificios de condominios conocidos como Casas Colectivas, donde viven cerca de 300 familias. Muchas heredaron estas pequeñas viviendas de construcción mixta edificadas hace más de 60 años por la seguridad social, pero con el tiempo y el fallecimiento de los afiliados, el lugar ha servido también de refugio para consumidores de droga y pandilleros.

En más de una ocasión era el propio sacerdote quien llamaba a la Policía cuando se producían ataques de las bandas. Grupos de hombres llegaban en motocicletas y coches, disparaban al aire e intimidaban a los vecinos. El cura Sánchez no parecía amedrentado por el lugar asignado para su labor pastoral. Caminaba solo por las calles —que suelen vaciarse antes de caer la noche—, a cualquier hora y sin guardaespaldas.

“Él estaba comprometido con la comunidad. No miraba a nadie diferente, intentaba hacer un cambio”, dice Rocío, aunque lamenta que todo lo que estaba en marcha se detenga en un sector golpeado por la inseguridad, donde los niños tienen prohibido salir de casa y que necesita líderes que ayuden a organizarse y a volver a confiar entre vecinos. “La inseguridad les ha quitado la infancia a los niños y el padre intentó crear un espacio donde estuvieran seguros, pero no pudo hacerse realidad”.

Termina el rezo e inicia la misa de la mañana. Otro sacerdote ocupará temporalmente el lugar de Patricio Sánchez hasta que la Arquidiócesis designe a su reemplazo. Mientras tanto, los feligreses continúan la novena en su honor. Al final, fuera del guión religioso, cantan Un millón de amigos, de Roberto Carlos. “Lo vamos a extrañar mucho”, repiten. Todavía intentan entender por qué murió de una forma tan inesperada su sacerdote, el pastor que durante tres años los escuchó, los acompañó y mantuvo abiertas las puertas de su iglesia.