Tal vez haya sido primero la cuarta ola feminista, el reclamo por una crianza compartida y la asistencia económica que siete de cada diez mujeres no reciben para sus hijos menores. Tal vez, hayan sido las novelas, que se animaron a minar la idealización de la maternidad y a poner la mirada en las tensiones que la maternidad implica. O es posible que fuera una sinergia entre las demandas de la sociedad y las representaciones que la literatura captura de su tiempo. El caso es que novelas y ensayos llevan años abordando otras maneras de traer niños al mundo, maneras difíciles y amorosas, críticas y tristes, desesperadas y más.
María del Pilar Sinués fue una de las escritoras españolas más prolíficas del siglo XIX: “Publicó más de cien obras, entre las que se incluyen novelas, ensayos, poemas y artículos periodísticos en los que se condensaba el ideal de la mujer de la época y sus roles. Sus textos , que tenían una orientación pedagógica, se dirigían fundamentalmente a mujeres burguesas, que debían asumir el papel de esposas y madres con una heroicidad exquisita”, cuenta la escritora y periodista Diana Oliver en las primeras páginas de su libro Deberías alegrarte. Lo que no se cuenta de la depresión posparto (Altamarea).
Porque, como analizó la académica Nora Domínguez en la obra canónica para el análisis de las representaciones de la maternidad en la literatura, De dónde vienen los niños, “el relato de la maternidad acompaña, sostiene y atraviesa la cultura argentina. Se trata de un relato fracturado, disperso y discontinuo que despliega un sintagma: ‘madre hay una sola’”.
Pero en este siglo, madres hay muchas y muy diversas. “A partir de las producciones de autoras y autores argentinos contemporáneos, encontramos variadas obras que problematizan la figura materna por fuera de los estereotipos e incluso en tensión con los modelos de madre socialmente aceptados. Entre ellos, madres ausentes, o mujeres que a pesar de haber tenido hijos no desean ser madres, o que no aceptan una maternidad forzada y recurren a un aborto, negando su potencia materna”, apunta la académica Julieta Astorino, investigadora del Conicet, en su artículo “Madres e hijas en la literatura argentina del siglo XX”.
De esas madres hablan varios libros recientes, que Clarín recupera aquí para pensar en modelos también reales de dar vida y, especialmente, acompañarla.
Ahora creemos en esas cosas, de Sonia Santoro (Factotum). Foto: gentileza.Ahora creemos en esas cosas, de Sonia Santoro (Factotum)
“Hace tres días que sueño con ella”, dice la narradora de Ahora creemos en esas cosas, esta novela de Sonia Santoro (Buenos Aires, 1973), periodista y escritora especializada en temas de género. Habla de su madre y recuerda esos sueños confusos, cuando recibe un llamado del hospital en el que la mujer está internada. Acaba de morir.
Es esa muerte, ese final, el inicio de un libro delicado, triste y hermoso, que acompaña a esa hija cuando vuelve a la casa materna y encuentra abandonado el jardín que su mamá cuidaba esmeradamente. Entre plantas secas y otras resistentes, la hija comienza un diálogo con la madre muerta, tan distinta (como toda madre) y tan parecida finalmente (como toda madre).
“Se heredan muchas cosas de las madres. Una manera de ver y de pararse en el mundo. Ciertos gustos, ciertas disposiciones del ánimo. Y por supuesto que la vergüenza también se hereda”, contó Sonia Santoro en una entrevista.
“Las madres duelen”, dirá unas páginas más adelante en el libro. Y el libro también duele, aunque pueda ser luminoso por momentos. Como cuando compara a esa madre con las orquídeas que tanto le gustaban. O como cuando dice: “La comarca de mí misma también seguía siendo mi madre, seguía teniendo con ella un lazo fuerte a pesar de o por toda la vida transcurrida”.
Una forma de cerrar los ojos, de Raquel San Martín (La Crujía editorial). Foto: gentileza.Una forma de cerrar los ojos, de Raquel San Martín (La Crujía editorial)
Antes de publicar Una forma de cerrar los ojos, su primera novela policial, la editora y periodista Raquel San Martín (Buenos Aires, 1974) publicó en coautoría el ensayo Dónde queda el primer mundo y también el poemario Un año sin dormir.
Sin embargo, no es una sorpresa esta irrupción en el misterio literario porque ella es, no solo una lectora frecuente del género sino, además, una analista: “Yo quería explorar el policial porque creo que hace muy bien algo que en general hace la literatura, que es contarte en primer plano una historia, entretenerte, captar tu atención con un caso, con un enigma, con un misterio que tenés que ir tratando de resolver y además ir contándote otras cosas y hablando sobre cuestiones que pueden tener que ver con la sociedad del momento o incluso con debates y discusiones mucho más profundas”, le dijo a Hinde Pomeraniec en una entrevista.
La protagonista de la historia es la antropóloga Paula, que se toma unos días en la costa para reflexionar sobre el final de su matrimonio. Agobiada por esa crisis, se refugia en la casa de su madre cuando, poco a poco, se involucra en la investigación periodística que comienza con la desaparición de una mujer.
El vínculo madre-hija es una línea secundaria de la trama, pero de una potencia central. Esa madre abandónica, que dejó a su hija en la adolescencia porque quería un cambio de vida, tiene secretos que la chica quiere escarbar. Porque no puede ser cierto que dejó todo atrás para irse a vivir a un pueblo perdido frente al mar. No puede ser cierta esa explicación. Porque las madres no dejan atrás a sus hijos chicos. ¿O sí?
A flor de piel, de Nora Muñiz (Tránsito). Foto: gentileza.A flor de piel, de Nora Muñiz (Tránsito)
Ser madre es poner el cuerpo. Dicen eso y es literal. En esa literalidad es que pivotea A flor de piel, la primera novela de Nora Muñiz (Ciudad de México, 1995) que escarba en la corporalidad de la experiencia de tener un hijo tanto en el físico de la madre como en el de su hija. Hay quien ha calificado al libro con el concepto de body horror y por momentos no está lejos de ese territorio.
La novela mira a una madre reciente y desbordada: está sola, no hace otra cosa que escuchar el llanto enloquecido y enloquecedor de su beba y lo único que logra es tomar tequila y dejarse caer en la cama, no se sabe si dormida o desmayada. Cuando se despierta, como en el microrrelato de Augusto Monterroso, la niña todavía estaba allí llorando porque una dermatitis la desespera.
“Cuando la niña no lloraba era porque se estaba rascando. Cuando la niña no lloraba era porque se estaba arrancando la piel. Cuando la niña no lloraba seguía sin estar callada porque se escuchaban sus uñas contra la piel, como serruchos. Era un sonido débil pero constante, que se perdía entre el ruido de los perros, los camiones y los pasos de los vecinos. Era un sonido que nunca paraba, que sólo se atenuaba cuando la madre se acercaba a él, como los cantos de los grillos. La fricción de las uñas contra la piel. Ese arado”. La lectura es difícil, duele, perturba. Como, en ocasiones, pasa con la maternidad.
El amor inventado, de Paula Klein (Premio Lumen de novela 2026). Foto: gentileza.El amor inventado, de Paula Klein (Premio Lumen de novela 2026)
Hace algunos días, la cineasta Miranda K. vivía una buena vida. Casa en París, una película en la que trabaja desde hace años, una hija pequeña y un marido célebre en el mundo de los medios. Se llama Charles Mornay y ha ganado los más importantes premios periodísticos gracias a sus magníficas crónicas que retratan lugares remotos del planeta. Pero hace justo unos pocos días, esa buena vida se hizo pedazos cuando una investigación reveló que ese enorme periodista no es otra cosa que un farsante. Charles Mornay inventa, miente y traiciona.
Así comienza El amor inventado, el libro de la argentina Paula Klein (Buenos Aires, 1986) que se quedó con el Premio Lumen de novela 2026.
La crisis que se desata en su familia, la huida del marido, que desaparece sin dejar explicaciones ni pistas sobre su destino, empuja a Miranda K. a sostener la casa, seguir con su trabajo, buscar a ese marido, enfrentarse a las sospechas que la señalan como cómplice del engaño y, especialmente, dedicar tiempo a su hija.
Porque la niña idolatra a su padre, con el que tiene una relación muy próxima. Incluso más próxima de la que tiene con su madre y ese hándicap es el que debe remontar Miranda K., una maternidad deficiente, imperfecta, hecha de distancias y huecos y que ahora, sin ese padre solar y luminoso, tiene que recomponerse.









