A Graciela Rodríguez nadie la llama por su nombre. Todos la conocen como “Mamá Artiaga”. Así se llama su cuenta de Instagram, con varios videos que se hicieron virales. Y en ese nombre es donde se resume, casi, su misión en la vida: ser el alma mater de esta confitería de Saavedra que acaba de ser elegida la mejor panadería tradicional del mundo en un ranking de una revista inglesa.
Mamá Artiaga se crio, literalmente, en una panadería. “Se trabajaba día y noche y me criaron en un canasto debajo del mostrador, comía vainillas”, recuerda a esa bebé que lógicamente no puede recordar. Los que estaban ahí, los que le contaron esa parte de la historia, son Antonio y Alba, sus padres, estirpe panadera.
Graciela se emociona al traerlos a la charla. Y viaja en el tiempo para contar la historia de un linaje que la trascendió en sus hijos, tercera generación a cargo de Artiaga y también con nombres propios: Juan Manuel Alfonso Rodríguez acumuló nueve medallas en los mundiales del panettone, incluido el subcampeonato del año pasado.
Sus papás “eran galleguitos” y alquilaban una panadería en La Boca, a una cuadra de Caminito. Cuando Graciela cumplió los 15, pudieron comprar el local propio en Saavedra. Que ya se llamaba Artiaga, “y en esa época a las panaderías grandes no les podías cambiar el nombre porque decían que era mala suerte”, aclara.
“En esa época eran todos galleguitos los panaderos –repite–. Los otros panaderos boquenses lo desalentaban a su papá por la mudanza: ‘¿Cómo te vas a ir a ese barrio?’, le decían. Pero mis padres querían tener algo propio“.
La panadería de Saavedra era una oportunidad. Y allí arrancaron de cero, porque los dueños anteriores solo hacían pan y algunas facturas. “Mi mamá era pastelera y empezó a incursionar en la pastelería: palos de Jacob, merengues, torta Imperial, torta Balcarce… era un mundo de gente, venían de Martínez, de Vicente López. Mi papá hacía el reparto a las cinco de la mañana y era muy esclavo, mi mamá le decía que había que cuidar al mostrador, a la gente que venía todos los días. Mi mamá era muy empresaria para esa época. Cambió el negocio”, les agradece a ambos.
Graciela rememora una época en que Artiaga, también, tenía el único teléfono del barrio. “Había un teléfono público que le ponían monedas. Nosotros cerrábamos de una a dos de la tarde para almorzar, y si tenían una emergencia los vecinos te tocaban el timbre. Cuando empezaron a poner teléfonos en el barrio, lo sacaron”, sigue.
Ella era una adolescente y ya atendía sola el mostrador. “Mi papá estaba en la cuadra con dos panaderos. Mi madre estaba en Liniers con mi hermano, porque ahí tenía una tienda. Pero le duró dos años y la vendió: éramos panaderos de alma”, cuenta del origen de Artiaga, que hoy tiene 60 personas trabajando.
Graciela, 63 años, está a cargo de las hornallas. Porque la panadería, famosa por sus panettones y sus sándwiches de miga, despacha volúmenes de comida diarios que serían la envidia de más de un restaurante.
Graciela con el panettone premiado que hace su hijo. Foto Pedro Lázaro Fernández “Arrancamos en 2005 y no paramos, nena”, enfatiza. La historia de por qué Artiaga empezó a vender comida es singular. Un cliente, muy mayor, vivía solo, tenía problemas de hipertensión y diabetes, y no sabía cocinar. Y siempre le pedía a la mamá de Graciela que le preparara comida.
“’No hacemos comida, Don Roberto’, le contestaba ella. Y un día yo le dije: ‘Mi papá tiene diabetes, hago el doble y se la vendo a usted’. Venía a las 12, 12 y media, y la gente decía ‘Quiero lo que se lleva este señor’”, cuenta y es imposible no imaginarse la escena de todos los clientes pidiendo lo mismo que Don Roberto. Hoy, seis cocineros preparan 250 porciones de comida diarias, entre las que salen minutas, ñoquis, bondiola con papas, canelones, guiso de lentejas y, los feriados, cinco ollas con 70 kilos de locro cada una.
Graciela haciendo empanadas. El local despacha 250 porciones de comida por día. Foto Pedro Lázaro Fernández Mamá Artiaga trae otra historia peculiar: la de una Navidad que su padre casi se infarta porque se les perdió un lechón. “Los clientes traían los lechoncitos mamones. Mi papá se ponía nervioso, se hacía lío si no había lugar, llegaba el momento y se quedaban hasta la noche cocinando los lechones. Una Navidad vino un señor a buscar el suyo y no estaba. El pasillo estaba abierto todo el día, y alguien se lo debe haber llevado… Eran como las 7 de la tarde del 24 y mi papá se quería morir. Le dio el pollo al horno, que era nuestra comida. Don Antonio no siguió comprando toda la vida. ¿Qué comimos nosotros esa noche? Sándwiches de miga, hicimos una picadita”, relata.
Hoy, para las Fiestas hacen 180 matambres, vitel toné, la tan de moda porchetta, arrolladitos primavera (“Quedó de la época de mi mamá, es riquísimo y no lo voy a sacar nunca”) y Graciela se preocupa especialmente de que todo salga perfecto porque en el packaging “está mi cara, ¡y no puede haber un furcio si pongo mi cara!”. No logró que sus hijos le dejen volver a hornear lechón, porque le dicen que deja mucho olor en los hornos tan preciados para los panettones, “pero cuando abramos el tercer local lo voy a hacer porque si no, renuncio”.
Separada desde hace 17 años, Graciela siempre le puso el pecho al negocio familiar. Sus hijos son tres: José (39), Juan (37) y Marisol. Dice que a todos les permitió ir a trabajar a la panadería, pero con la exigencia de que la trajeran un título. Y cada uno se especializó en un área fundamental para darle un nuevo empuje a Artiaga: el mayor es economista; el del medio, administrador de empresas; y la menor, licenciada en marketing. “Solo me faltó un abogado”, se ríe. Les agradece a ellos por haber abrazado el negocio, y a todos sus empleados. “Soy como una mamá pollito. Me encanta venir acá y que todo lo que hagamos, lo hagamos con amor. Esto es mi vida”, se vuelve a emocionar.
Con parte del equipo de Artiaga: “Soy mamá pollito”, dice. Foto Pedro Lázaro Fernández Mama Artiaga repite una y otra vez que ama su negocio. Y que le gusta absolutamente todo lo que hacen… menos los merengues. “Soy un peligro, nena, me tienen que echar de acá… Mi papá me tendría que haber heredado una fábrica de bulones, no una panadería”, se ríe.
Mientras, sigue atenta a lo que pasa en la cocina, su territorio, y disfruta de los comentarios que reciben los videos que su hija sube a redes sociales, aunque jura que es una persona muy vergonzosa pero que cuando está en la panadería, se transforma: “Artiaga es mi médico, mi psicólogo… todo”.









