Búnkeres, amenazas de mutilación y rescates: el auge de los secuestros en Perú

Búnkeres, amenazas de mutilación y rescates: el auge de los secuestros en Perú


Una casa de tres plantas, barandas de fierro y puertas de madera barnizada. Parecía una vivienda cualquiera de una urbanización residencial de la ciudad de Trujillo, al norte del Perú. Pero dentro escondía una celda.

El inmueble había sido alquilado en julio por un hombre que dijo llamarse Joyce. Después llegaron otros ocupantes que tapiaron parte del acceso al sótano con ladrillos y montaron un búnker de dos metros y medio de largo por uno de ancho.

La entrada tenía una compuerta de acero con cerradura digital y obligaba a entrar a rastras. No tenía luz natural ni ventilación. Para mantener con vida a quien encerraran dentro, dejaron dos balones de oxígeno. Era lo más parecido a un sepulcro.

Allí pasaría casi 36 horas Jenss Lara, un comerciante de oro de 31 años. Su cautiverio, reconstruido a través de la declaración que rindió ante la Fiscalía y a la que ha tenido acceso EL PAÍS, permite conocer desde dentro los métodos de las bandas que secuestran para cobrar rescates millonarios en el Perú.

Trujillo, una ciudad de más de un millón de habitantes en la costa norte peruana, lleva años golpeada por el sicariato y la extorsión. Allí nacieron bandas como “Los Pulpos”, que hicieron del cobro de cupos a comerciantes y empresarios un negocio criminal. La ciudad permanece bajo estado de emergencia desde 2024. La lucha contra la delincuencia fue uno de los ejes de la campaña que llevó a Keiko Fujimori a la presidencia. La semana pasada, la mandataria anunció la creación de un comando unificado de las Fuerzas Armadas y la Policía para combatir el crimen organizado.

La madrugada del 30 de agosto, Lara volvía acompañado de cuatro personas en su camioneta tras una noche de copas en Trujillo. Unos hombres que fingían ser policías interceptaron su vehículo y lo redujeron a golpes. Le colocaron grilletes y le taparon la boca y la nariz con cinta adhesiva antes de subirlo a otro auto.

Durante el trayecto a ciegas, Lara intentó calcular cuánto tiempo llevaba en el vehículo. Era lo único que, según diría después, todavía podía controlar.

En la casa del búnker, los secuestradores lo bajaron a empujones por los escalones del sótano y le desgarraron la ropa hasta dejarlo en calzoncillos. Cuando la cinta adhesiva comenzó a ahogarlo, uno de los captores le introdujo un dispositivo en la nariz para que pudiera respirar. Lara suplicó que le aflojaran los grilletes. En respuesta, los secuestradores le hicieron pequeños cortes en el pecho para obligarlo a callar.

Dos millones de dólares

Horas después le acercaron un teléfono al oído. Su interlocutor le preguntó si tenía vínculos con alguna organización criminal. Lara lo negó. Entonces lo amenazó de muerte.

—Mira, yo no tengo problemas contigo, ni tampoco tengo problemas con tu familia. Lo que yo en este momento necesito es dinero. Para mí este trabajo vale dos millones de dólares.

Lara intentó convencerlo de que llevaba años fuera del negocio minero y que ese monto era imposible de reunir. El hombre no le creyó. Le aseguró que llevaba tiempo siguiéndole los pasos.

—Lamentablemente tu familia tiene que pagar —le advirtió—. Si tienen que desprenderse, sacar prestado, ese no es mi problema.

En el sótano, los captores le aflojaron las esposas. Tenía los pies atados y necesitaba ayuda para levantarse. Más tarde lo obligaron a grabar un video de prueba de vida. Debía advertirle a su padre que el plazo vencía a las ocho de la noche. Si el dinero no llegaba, comenzarían las mutilaciones.

A las 7:58 de la noche, dos minutos antes de la hora señalada, un secuestrador le preguntó qué mano utilizaba más. Cuando Lara quiso saber por qué, le respondió que iban a empezar a cortarle los dedos y le exigió que eligiera uno o lo harían ellos.

Como tenía la mano izquierda entumecida por la presión de las esposas, Lara eligió el meñique:

—Le dije: corta el dedo pequeño de la mano izquierda.

Pensó que, al haber perdido la sensibilidad, el dolor sería menor.

Esa noche no hubo mutilación. Los captores ampliaron el plazo hasta la medianoche. Si su familia no pagaba, le cortarían dos dedos. Fue entonces cuando lo obligaron a grabar un segundo video para demostrar que todavía tenía las manos intactas.

Más tarde, uno de los custodios le dijo:

—Tu familia te quiere mucho. Parece que vas a salir vivo de acá.

Lara sintió alivio. Utilizó las rodillas para bajarse la venda de los ojos y vio el lugar donde lo habían encerrado. Había un colchón inflable azul, dos balones de oxígeno, un balde y la mini puerta de apenas medio metro. Comprendió que no había por dónde escapar.

La salida del búnker

Su padre, Eleuterio Lara, negoció directamente con la banda y descartó recurrir a la policía por temor a que le cortaran los dedos a su hijo. El rescate se pagó el 31 de agosto.

Antes de liberarlo, los captores le entregaron un buzo y una polera. Le advirtieron que saldría con vida siempre que no hiciera ninguna “estupidez”. Lara salió a rastras de la celda y fue introducido en la maletera de un auto. Durante el trayecto escuchó a uno de ellos decir que estaban “limpiando la zona”. Veinte minutos después, lo sacaron a empujones y lo tiraron al suelo. Le ordenaron que se quedara ahí. Eran las tres de la tarde.

Lara esperó 15 minutos antes de arrancarse la venda de los ojos. Poco después, su padre y su hermano llegaron a recogerlo.

Al llegar a casa, Lara recibió una noticia devastadora: sus cuatro acompañantes habían sido asesinados esa misma madrugada. Estaba demasiado ebrio cuando lo secuestraron para darse cuenta de lo que había pasado.

La justicia dictó prisión preventiva contra nueve integrantes de “Los Pulpos” por su secuestro, pero varios implicados siguen prófugos. Aunque las autoridades capturaron en septiembre en Bolivia a su cabecilla, Jhonsson Cruz, la banda sigue operando en la costa norte peruana, según la policía.

El gobierno de Keiko Fujimori celebró las primeras capturas como un éxito policial. Pero Lara había recuperado su libertad solo después de que su familia negociara y pagara el rescate.

El negocio del secuestro

El cautiverio de Lara no fue aislado. El secuestro por rescate se ha convertido en un negocio lucrativo para las bandas criminales de Perú que ahora encuentran nuevas víctimas entre comerciantes y pequeños empresarios. “Es una industria ilegal muy grande”, afirma el exviceministro del Interior Ricardo Valdés.

Entre sus blancos, apunta, figuran acopiadores de minerales que operan en la informalidad y que, en algunos casos, prefieren negociar y pagar un rescate antes que revelar el origen o la magnitud de sus ingresos.

Según la Fiscalía, las denuncias por secuestro en Perú pasaron de 2.199 en 2018 a 4.918 en 2025, un alza del 124%. Entre enero y septiembre de este año se registraron otras 3.910 denuncias, más de 14 al día. Los registros no distinguen entre los secuestros con rescate y aquellos que responden a otros motivos, como represalias o conflictos personales.

El perfil también ha cambiado. Julio Corcuera, abogado y estudioso del crimen organizado, explica que en los años noventa los secuestradores apuntaban a grandes empresarios, banqueros y miembros de familias adineradas. Ahora eligen a dueños de restaurantes, comerciantes, prestamistas y mineros que empiezan a prosperar. Basta con que tengan dinero para pagar un rescate. “El secuestro extorsivo se ha democratizado”, dice Corcuera.

Una revisión de 21 secuestros ocurridos entre 2025 y 2026, realizada por este diario a partir de reportes oficiales e informaciones periodísticas, respalda esa afirmación. Entre las víctimas figuran pequeños empresarios, trabajadores mineros e incluso adolescentes. En algunos casos, el rescate exigido fue de 10.000 dólares. En otros, superó el millón.

Uno de esos casos es el de Hemerson Carrasco, dueño de una empresa de insumos para panaderías y pastelerías, secuestrado el 23 de septiembre cuando salía de su negocio en Lima. Su esposa alertó a la policía, que lo encontró al día siguiente tras rastrear su celular. “Mi hermano estaba en shock. Lo que sabemos es que le quitaron un monto alto de dinero”, cuenta su hermano Eddie.

Once días cautivo

Cuando Iván Díaz vio por televisión la noticia del secuestro de Jenss Lara, volvió a recordar su propio horror. En 2023, este prestamista trujillano de 59 años estuvo once días secuestrado por la misma banda. Para obligar a su familia a pagar el rescate, sus captores le rebanaron dos dedos y le hicieron cortes en las orejas.

Tres años después, Díaz sigue atrapado en ese cautiverio. Sueña con demonios que lo atormentan y cada ruido lo hace temblar. En 2025 sufrió un derrame cerebral y sigue sometido a terapias de rehabilitación.

Es un hombre de mandíbula pronunciada y cabello cano. Habla de sus torturas con una naturalidad que sorprende, mientras toma desayuno en una oficina de paredes blancas y anaqueles de fierro. “Me hicieron un corte acá y otro acá. Un día en una oreja y otro día en la otra”, dice. “Como pasaban los días y se demoraban en pagar, me cortaron dos dedos”.

No ha olvidado la fecha: 23 de octubre de 2023. Aquel día, unos delincuentes con chalecos de la policía lo sacaron a rastras de su negocio, en el centro de Trujillo, y lo encerraron en un cuarto donde había un catre y una ventana clausurada. Allí pasó dos días a oscuras, con los ojos vendados.

Los secuestradores se comunicaron con uno de sus primos y le exigieron tres millones de soles (unos 800.000 dólares). Como el dinero no llegaba, comenzaron a mutilarlo con un cúter. Después de los cortes le rociaron alcohol sobre las heridas y las fotografiaron para enviárselas a su familia como ultimátum.

Al final, pagaron 260.000 dólares. La justicia estableció luego que detrás del secuestro estaban “Los Pulpos”. Tres años más tarde, la misma banda asesinó a los cuatro acompañantes de Jenss Lara y lo encerró en un búnker.

Iván Díaz sigue atendiendo su negocio, pero ahora se desplaza con resguardo por la inseguridad. “En cualquier momento te interceptan y te arrastran”, afirma.