Tres libros exploran el dolor de una separación amorosa, entre la rabia y la fragilidad

Tres libros exploran el dolor de una separación amorosa, entre la rabia y la fragilidad


Todos los amores felices se parecen; en cambio, los desamores duelen cada uno a su manera. Ya lo dice el famoso poema de Macedonio Fernández, en apenas cuatro versos: “Amor se fue; mientras duró/ de todo hizo placer./Cuando se fue/nada dejó que no doliera”. Así y todo, el duelo amoroso es un proceso que no es fácil mostrar, menos en el mundo contemporáneo, tan a la deriva de los afectos. En la diversidad no se ven dos desamores que se transiten igual. Y en ese vacío no parece haber palabras que alcancen. Quizás es una exageración (salvo que a veces sea peor).

Como sea, en estos días tres escritores muy distintos entre sí coinciden en una búsqueda: quieren transformar ese dolor en narración, y en los mejores momentos dan con la sustancia precisa para dejar a la vista los matices de una de las tragedias más repetidas, e inevitables, de la experiencia humana.

Con desborde y ritmo, el dolor se vuelve hipérbole en La música de las esferas, la novela reciente de la escritora argentina Yamila Bêgné. En un día de furia, narra la ruptura amorosa entre dos astrofísicos. El tiempo va y viene entre el presente de Jazmín, que busca recuperar lo que Sebastián no quiere devolverle: “Me robó un planeta. Un planeta y una luna”, dice.

Y así escapa a través de la ciudad, y al mismo tiempo recuerda los hitos de ese vínculo, que fue así en la tierra como en el cielo. Los departamentos titilan abajo, igual que las estrellas arriba; y la memoria es un motor acelerado que no descansa. En cambio, él sigue en su órbita, triunfal con una vida a estrenar.

CUL / Dolor amoroso

La narración tiene un decir impetuoso, se apoya en el ritmo frenético de la huida, ¿hacia dónde? No se sabe bien; el desconcierto acompaña las acciones desbordadas de Jazmín. Su dolor encarna en rabia y se apodera de las frases, algo no la deja continuar, avanzar, la asfixia en el vacío sideral de dos planetas que le fueron arrebatados.

Eris, Disnomia, repite en una música que la lleva a romper y romperse. Encarna, tal vez, el duelo más extremo, el salvaje, el que actúa desde una herida y quiere que todo duela, no solo a ella. “Soy la que antes te quiso y ahora te odia”, dice.

No pasa nada

Si Bêgné narra el desamor desde una acción que encadena suceso tras suceso, Martín Kohan prefiere mostrarlo cuando, en la superficie, no pasa nada. Así, en su novela reciente, La separación, el duelo es más parecido a un viaje con muchas paradas, una despedida estancada, un modo de estar en ese irse.

Fernando se sube a un micro, en Retiro, despide a su esposa, y no sabe si la mano que lo saluda lo invita a quedarse, o le anticipa un adiós; sabe, sí, que va a visitar a su hermano a Córdoba porque él acaba de separarse y está mal, muy mal.

La novela está organizada en tres partes. La primera es el recorrido de ese micro desde Retiro a Córdoba, cada capítulo adopta el nombre de una parada. La observación minuciosa del narrador hace pensar en una crónica de viaje; aun así, debajo de los detalles late la espera, la incertidumbre por su vida en pareja, y también la expectativa por su hermano.

La separación, de Martín Kohan (Anagrama). Foto: imagen generada con inteligencia artificial.

La segunda parte es una especie de diario, esta vez el narrador se habla a sí mismo como si se contara, y nos contara, lo que sucedió en esa visita a su hermano. Lo vio desgarrado por la separación. “La pena se le ha impregnado tanto que carga con ella no menos que consigo mismo”, escribe.

Y la imagen le hace de espejo anticipado, duda sobre su relación con Natalia. La llama por teléfono, y a pesar de lo cursi, besa el aparato como el único modo de besarla a ella. ¿Qué pasa entre los dos? No se sabe del todo, pero se teme. “La vuelta” de ese viaje es el final de la historia. Esta vez, un narrador en tercera persona sigue a Fernando mientras vuelve en micro.

Por otra parte, con una voz confesional, que se aleja de la ficción para entrar en el terreno de la experiencia personal, Astillas narra la separación de la escritora norteamericana Leslie Jamison. Con una bebé de apenas 13 meses, la autora decidió separarse de su entonces marido, el también escritor C.

Momentos más significativos

Su relato en primera persona toma como punto de partida ese quiebre, y a partir de ahí enlaza los momentos más significativos de las vivencias de Jamison que parecen haberla llevado a tomar las decisiones que tomó. Su infancia, el vínculo con su mamá, el modo en que conoció a C, la evolución de la relación de pareja.

Astillas, de Leslie Jamison (Anagrama). Foto: imagen generada con inteligencia artificial.

En otras palabras, ella descubre los detalles singulares que dieron trama al amor, y a la vez, anunciaban en silencio la debacle. En este caso, el amor y el fin del amor encuentran su forma en un lenguaje obstinado en mostrar las imágenes más singulares de un proceso.

No hay condescendencia en la voz de Jamison, tampoco superación, apenas una humanidad frágil, y por eso llena del vigor de lo auténtico. Los destellos de sentido, la distancia que a veces adopta y el filo de las reflexiones llevan a pensar en El año del pensamiento mágico, de Joan Didion. Son autoras que se sumergen en el dolor como si no fuera de ellas.

En ese sentido, es difícil captar el duelo cuando está en marcha, pero la escritura de Jamison parece fotografiar con precisión los momentos cruciales. “A lo largo de los años que estuvimos casados, me acostumbré a detectar un súbito destello en su mirada y un desplazamiento de moléculas en la habitación que se producía justo antes de que C montara en cólera, como el brusco descenso de la presión atmosférica, que precede una tormenta. Cuando la lluvia llegaba era casi un alivio”, escribe.

Es raro porque los tres autores narran una historia ya contada muchas veces, la de dos personas que se encuentran, se aman, se lastiman y se separan. Solo que las tres novelas miran con los ojos abiertos el proceso del duelo, son conscientes de la falta de certeza de los vínculos contemporáneos, claro, pero no se contentan con ese no saber, buscan entender algo más. Y en el camino dejan a la vista la vulnerabilidad de sus protagonistas. Y provocan algo bastante inusual en nuestros días, una honestidad sin fórmulas.

La música de las esferas, de Yamila Bêgné (Omnívora); La separación, de Martín Kohan (Anagrama) y Astillas, de Leslie Jamison (Anagrama).