Después de tres meses sin verse, el candidato a la presidencia de Brasil Flávio Bolsonaro visitó este martes a su padre, el expresidente Jair Bolsonaro, que cumple una condena de 27 años de cárcel en prisión domiciliaria. El reencuentro entre padre e hijo, en el chalé donde vive el patriarca en Brasilia, se produce en plena campaña para la segunda vuelta, que enfrentará al primogénito del clan ultraderechista con el presidente Luiz Inácio Lula da Silva el día 25. Hasta ahora las encuestas dan una leve ventaja a Flávio, pero dentro del margen de error.
Tras la visita, Flávio confesó que recibió algunos consejos para los próximos días: “Está de buen humor, está satisfecho con el trabajo que se está haciendo, tiene esperanza de que Brasil va a cambiar. Está claro que me ha dado algunos consejos, pero no lo voy a compartir porque puede interpretarse con malicia y volverse contra él”, dijo. Las palabras de Flávio están muy medidas porque sabe que el juez del Tribunal Supremo Federal Alexandre de Moraes, quien lideró el proceso que llevó a su padre a la cárcel, las observa con lupa.
El expresidente tiene prohibido comunicarse con el exterior de cualquier manera, ni siquiera a través de mensajes de terceros. En julio, tras una de sus visitas rutinarias, Flávio leyó una Carta a los brasileños escrita por su padre en la que pedía apoyo a su candidatura. El juez interpretó el gesto como un incumplimiento de las medidas cautelares y prohibió las visitas entre padre e hijo durante 90 días, lo que afectó a prácticamente toda la campaña electoral de la primera vuelta. Ahora pueden volver a verse, aunque el magistrado resaltó que están vetadas todas las visitas “con finalidad político-electoral”. Bolsonaro puede recibir a sus hijos igual que cualquier otro preso, los miércoles y los sábados, pero como Flávio también está registrado como uno de sus abogados, puede verle todos los días, entre semana, durante 30 minutos.
La voz y el rostro de Bolsonaro padre desaparecieron del día a día de los brasileños a finales de noviembre del año pasado, cuando empezó a cumplir su condena: 27 años y tres meses de cárcel por haber liderado un intento de golpe de Estado, que incluía un plan para asesinar a Lula, al vicepresidente Geraldo Alckmin y al juez Moraes. A pesar de su ausencia de la vida política, su sombra es una constante en la extrema derecha brasileña.
Fue desde la cárcel desde donde Bolsonaro nombró a su hijo candidato a la presidencia, contrariando a buena parte de sus aliados, que preferían un nombre más moderado y agregador. Ahora ya se especula con la participación que Bolsonaro padre tendrá en las negociaciones que arrancarán para que los parlamentarios se hagan con el control de la Cámara y del Senado o en el eventual reparto de ministerios en caso de que Flávio finalmente se imponga a Lula.
El expresidente sigue siendo el líder del clan, y los bolsonaristas siguen prefiriendo el original a la copia. Flávio lo sabe y hace continuas referencias a la “injusticia” que supone que su padre siga preso. Una de sus principales promesas de campaña es indultarle a él y al resto de condenados por golpismo. Cada movimiento en relación a su padre es una oportunidad para recordar el supuesto ensañamiento del juez Moraes, el enemigo número uno del bolsonarismo, el primer juez del Supremo que estará en la diana en la próxima legislatura. “Son más de tres meses sin poder verle por una decisión, obviamente, sin ningún criterio, sin ninguna humanidad, sin ningún amparo legal”, decía ayer, cuando se conoció el fin del veto y se abrió la puerta al reencuentro entre el patriarca y el sucesor.








