‘Sin Canje’, Silvia Plager vuelve con una novela sobre el deseo y la libertad

‘Sin Canje’, Silvia Plager vuelve con una novela sobre el deseo y la libertad


Autora de una vasta obra que comprende veintisiete títulos de narrativa y ensayo, Silvia Plager sigue sorprendiéndonos con nuevas producciones. Maestra –desde hace muchos libros– en el abordaje sutil de los vínculos entre mujeres, sitúa como eje de Sin Canje (Hugo Benjamín) la relación materno-filial entre Laura y su sobrina Valeria. Circunstancias trágicas (la enfermedad y muerte de la madre de Valeria), han contribuido a acercarlas más, pero no es un lazo obligado de familia. Ambas se eligen con afecto entrañable.

El relato empieza en Bariloche, desde la voz y la perspectiva de Laura. Su amiga Catalina le ha prestado la casa que no ocupa durante la temporada de invierno. Traductora y profesora jubilada, de su profesión y también de la pasión amorosa y el sexo (su última pareja data de dos décadas atrás), Laura, a sus sesenta y cinco, vive pendiente de las noticias de la treintañera Valeria que cursa un posgrado en Europa. Mientras, se desahoga con Catalina en diálogos telefónicos o virtuales.

Aunque el frío y la insatisfacción la envuelven melancólicamente, cuando todo parece terminado, en realidad todo comienza, o recomienza. Primero dirige sus fantasías eróticas, que acaban de resucitar, hacia Oliver, su joven vecino, un objeto que considera imposible o por lo menos ridículo para su edad. Pero la rueda del deseo se ha puesto en marcha. El destino, en manos de un Oliver que hace inesperadamente de Cupido, pronto la lleva hasta otro vecino, también jubilado: el profesor Richard Rolland.

El erotismo, los juegos del cuerpo aún deseante, rompen con el tabú del sexo en la vejez; abordados con irreverencia, gracia, ironía, gozo y ternura, conforman uno de los grandes atractivos de esta narración siempre ágil, donde la sensualidad refinada (un clásico de Plager), extendida hacia comidas y bebidas, sabores, olores, colores, melodías y texturas, funciona como un imán.

Referencias artísticas y culturales

Lo mismo puede decirse de las muchas referencias artísticas y culturales, desde la canción popular de íconos de distintas generaciones (de Yves Montand a Freddie Mercury), a los análisis de obras artísticas. Todo se integra con naturalidad en los diálogos o los monólogos interiores de personajes familiarizados con esa atmósfera, o inmersos en ella.

CUL / Silvia Plager

El enérgico Richard, que tiene dos hijos en Dinamarca, se convertirá pronto en un excelente compañero de aventuras. Movida en parte por su impulso, Laura se dispone a abordar con él un viaje que los llevará primero a Ámsterdam, donde vive temporariamente Valeria, en pareja con un argentino, filósofo, estudioso de Spinoza. Aquí entra en juego el otro eje narrativo: la intervención de la Historia colectiva como factor determinante o condicionante de las vidas de los individuos, tanto en el presente como en el pasado. La de su sobrina se ha vuelto mucho más complicada de lo que Laura hubiera querido.

Su novio, Lior, está radicado en Israel con su familia desde la infancia. Fueron sus abuelos quienes primero decidieron instalarse allí después de los atentados contra la embajada y la AMIA en la Argentina, sin imaginarse que la violencia en Medio Oriente escalaría, lejos de apaciguarse.

La guerra de Gaza, desatada después de la toma de rehenes de 2023, es un factor desencadenante del repudio expresado contra ciudadanos israelíes, o contra personas identificadas como judías, más allá de su nacionalidad, en distintos lugares del mundo. Lior e incluso Valeria, que no es judía, deben enfrentarse a los insultos y hasta a las agresiones físicas por parte de manifestantes enardecidos dentro de Bélgica y de los Países Bajos.

La historia de siglos condensada en el mismo territorio que pisan, lleva a Valeria, guía de turistas, a sumergirse en los museos como en las capas de un palimpsesto, donde se deposita la memoria de matanzas, imposiciones y padecimientos recurrentes infligidos a quienes se considera “otros” por razones de género, de etnia, de clase, de religión.

Así, se dice Valeria pensando en Saskia, la esposa de Rembrandt: “…qué habría sucedido si hubieras nacido en un siglo donde montones de mujeres morían de parto o eran destinadas a la prostitución y por cualquier denuncia, brujas, a la hoguera, o a casarse y parir y parir y parir como parió la bella Saskia hasta escupir entre pujos de martirio al que sería Titus, hijo modelo o modelo de hijo, todo junto hasta que él desposó a una joven y murió como moría la mayoría de la gente: enfermedades, hambrunas, pestes y miserias. Qué triste ser mujer. Qué triste intentar ser rico sin respaldo económico. Qué triste la imposición de una religión o cualquier otro mandato. Los judíos que lograban escapar del martirio, al llegar a Holanda, debían someterse a sus pares. Ni maestros ni rabino ni padres ni madres ni vecinos. Basta, habrá dicho Baruch, el bendecido, Benedictus o Bendito o lo que cada uno interprete”, piensa Valeria evocando a Spinoza. La pregunta central del filósofo se reitera en las reflexiones de los personajes: “¿por qué los hombres luchan por la servidumbre como si lo hicieran por su salvación?”.

La escritora Silvia Plager. Foto: Andres D'Elia.

Elegir libremente, sin abandonarse a la resignación o someterse a la obediencia, es el dilema con el que se enfrentan tanto la tía como la sobrina. Una, en plena juventud, no quiere renunciar al amor que ha encontrado, aunque va a conducirla, lo sabe, a una existencia difícil que podría evitar si decidiera dejarlo. La otra pone en duda la supuesta libertad, cualquiera sea el rol que se asuma en la vida.

Y vuelve sobre el papel del sexo: ¿Es otro mandato o una elección? ¿Es una forma de resistencia a la “agonía de la luz”, según la describe Dylan Thomas?

Del placer y el anhelo al sarcasmo

El placer y el anhelo de los primeros capítulos se transforman por momentos en sarcasmo ácido: “Pasen y vean como aún claman deseo sus cuerpos desguarnecidos. Son lo que son, ánimas perdidas dentro de formas humanas que no osan decir adiós. Tercos humanos que aman la vida aunque las acrobacias del sexo los desinflen, puf. Criaturas soberbias que se han ilusionado con la prolongación de la vida. Pasen y vean, hacen el amor en un desfallecer de pasiones antiguas y solo son espectros cárneos figurándose ser los machos y hembras de antaño para no desfallecer en cada intento de penetración”.

“La vida hecha” que los jóvenes, como Valeria, adjudican a los mayores, le parece un cliché y una mentira. En verdad, desde adentro, siempre la percibiremos inconclusa e insuficiente: “¿Vida hecha?, se pregunta Laura. La vida nunca se completa, es breve e injusta aunque dure cien años”.

El final abierto del relato vuelve a colocarnos ante la existencia humana como fragilidad y perpetua incertidumbre, que quizás esconde algunas tristes seguridades: el mal volverá indefectiblemente sobre el tablero de la Historia, donde los individuos son minúsculas piezas de ajedrez en un juego que no dominan y cuyo sentido se les escapa.

La escritora Silvia Plager. Foto: Andres D'Elia.

Un juego que ven solo parcialmente, desde una perspectiva acotada, engañándose con una ficción de autonomía y libertad. No es casual que la última frase, pronunciada por Valeria, sea una sencilla plegaria: la misma que su madre enferma dirigía, en los momentos de mayor dolor, al Dios de todos.

Sin embargo, aun dentro de esa recurrencia oscura, hay una opción prioritaria: amar, reparar, proteger, cuidar. Es la que Laura y Valeria tomarán, una para la otra. La que corresponde, sin canje, a lo más profundo de su ser.

Sin canje, de Silvia Plager (Hugo Benjamín).