Delante del ventanal neogótico de la Biblioteca Güiraldes, Reynaldo Sietecase, Liliana Heker y Patricia Suárez, entrevistados por el escritor Enzo Maqueira, recordaron en la Semana Negra BA los tiempos en los que las palabras desafiaban a la censura durante la última dictadura militar. ¿Puede la literatura funcionar como un refugio o como una trinchera? La pregunta fue el punto de partida para que el escritor y las escritoras trazaran un recorrido que fue desde la resistencia poética en las paredes durante la dictadura cívico-militar hasta los dilemas que impone el dominio de los algoritmos en el presente.
El periodista y escritor rosarino, Reynaldo Sietecase, recordó cuando la literatura salía de los libros para pintar paredes durante la última dictadura militar en la Argentina.
“Empezamos a pintar en las paredes poemas de autores desaparecidos. El desafío era poner ahí textos de Santoro, de Miguel Ángel Bustos, de Haroldo Conti. Nuestras pintadas duraban mucho tiempo porque no se animaban a tapar un poema. Se creó el mito de que “El poeta manco” era una sola persona desafiando al poder, y nosotros mismos alimentábamos esa idea”, contó Sietecase.
Liliana Heker también evocó esa época recordando publicaciones como El Ornitorrinco o iniciativas estudiantiles como La juventud opina: “Frente a la censura explícita, el mayor peligro siempre fue la autocensura, lo que obligaba a autores y lectores a una gimnasia de sutiles complicidades. El lector real se volvía más sutil. En lugar de decir “proletariado” decíamos “trabajadores”; en lugar de “burguesía”, “clase media”.
El lenguaje se adaptaba para decir lo que se quería decir. Había formas de atravesar la censura, como cuando publicamos el cuento “Están prohibidas las montañas”, de Dino Buzzati. En plena dictadura, eso era un mensaje desbordante de potencia”, recordó Heker.
Uno de los momentos más sentidos de la conversación fue cuando se conmemoró a los escritores y escritoras desaparecidos. “Hubo un plan sistemático de eliminación de opositores que incluyó a intelectuales, periodistas y militantes. Eso dejó un hueco terrible en las redacciones y en el campo cultural. En los años 90, muchos nos encontramos teniendo que editar o asumir roles de responsabilidad siendo muy jóvenes porque esa generación intermedia no estaba, la habían desaparecido”, analizó el periodista.
En la actualidad, señaló Sietecase, las grandes corporaciones tecnológicas intentan capturar la atención en la vida cotidiana: “Hoy hay cinco empresas que manejan el grueso de la información mundial y compiten todo el tiempo por disolver nuestra atención. El pensamiento y la lectura son, en sí mismos, un acto de resistencia”. En el escenario actual, señaló el periodista, los ciudadanos son empujados a figurar como meros consumidores entretenidos con pantallas y apuestas virtuales, alejados de las discusiones políticas de fondo.
En esa misma línea, Heker advirtió sobre el impacto de las pantallas en las nuevas generaciones y el peligro de anular la capacidad de debate: “Estamos perdiendo la gimnasia de la discusión y del desacuerdo enriquecedor. Hoy se impone la agresión o la indiferencia. Defender la palabra y el encuentro en ferias y festivales es oponer luz a este panorama”, dijo la escritora.
Cuando ya estaba terminando la conversación y la noche entraba por la ventana, los tres escritores coincidieron en que la literatura y la lectura siguen siendo herramientas fundamentales de reflexión colectiva. “La literatura es literatura. Nuestro compromiso como escritores es contar buenas historias. Lograr que alguien lea un libro en estos tiempos ya es un acto de resistencia en sí mismo”, concluyó Sietecase.
El autor de Cabrón (Penguin) dijo también que “estamos en un momento muy desafiante, no solo por esta proliferación de gobiernos de ultraderecha, negadores, violentos, crueles, sino también porque estamos ante un desafío que no había ocurrido nunca con el tema de los teléfonos, el teléfono inteligente primero, la inteligencia artificial, el algoritmo. Nos conocen mejor que nuestras parejas, que nuestros amigos, que nuestra madre. Hoy el mayor superpoder que tiene un ser humano es prestar atención y la literatura es una gran entrenadora para eso”.
El escritor señaló al feminismo y al ambientalismo como los únicos movimientos que están discutiendo el orden de cosas actuales.
“Es aterrador cómo se quiere anular la capacidad de pensar. La palabra funciona como hecho artístico, entonces tenemos que utilizarla en todos sus significados. La dictadura militar, que hizo desaparecer a los 30 mil, también arrasó con todo el sistema. El cambio económico de Martínez de Hoz cambió para siempre nuestra realidad”, se sumó Heker.
Y Patricia Suárez contó que está terminando de escribir una novela sobre un chico que pone una bomba en su escuela: “Ahora está empezando a ocurrir, están en ascenso los casos de violencia, de chicos que van a las escuelas con armas. Yo creo que este sistema los ha quebrado, que no pueden compartir nuestra visión de la lectura, del discutir, de la protesta porque están quebrados, porque tienen cuatro trabajos de mierda para sobrevivir. Se les está diciendo que no tienen futuro y esto no pasa solo en Argentina, está pasando en todo el mundo”, dijo la escritora.
Creo que los intelectuales, reforzó Sietecase, tenemos un desafío enorme de pensar cómo podemos advertir sobre este proceso que es internacional: a nivel mundial la gente parece hasta votar en contra de sus propios intereses: “Tenemos la obligación ética de ver qué estrategias establecemos para no caer en esa locura”.









