Por qué las barreras entre lo público y lo privado están en peligro de extinción

Por qué las barreras entre lo público y lo privado están en peligro de extinción

Hay una postal cada vez más frecuente en gimnasios, estudios de pilates y espacios de baile: alguien instala su trípode, acomoda el teléfono y empieza a grabarse.

A veces registra una rutina, otras un movimiento difícil o una coreografía pero en la mayoría de los casos, aparecen en el fondo personas que nunca fueron consultadas y que pasan a formar parte de una publicación destinada a cientos o miles de desconocidos. ¿Es posible hoy no estar en la pantalla de algún celular?

La discusión suele desestimarse como un tema menor sobre modales o convivencia e incluso quien se queja de haber sido retratado sin consentimiento puede ser visto como “chapado a la antigua”.

Sin embargo, como bien señaló hace poco la periodista y deportista estadounidense Mikala Jamison, el asunto es más profundo: estamos asistiendo a una silenciosa disputa por la definición misma de un espacio compartido.

Para quien filma, el gimnasio o la academia de danza es un estudio de creación de contenidos pero para los demás sigue siendo un lugar donde transpirar, concentrarse y aprender sin preocuparnos por el qué dirán.

Esas dos experiencias no son compatibles porque la cultura de la influencia modificó la naturaleza de lo público y de lo privado de una forma que parece ser irreversible.

La cultura de la influencia modificó la naturaleza de lo público y lo privado de una forma que parecer ser irreversible.

Ya no se trata meramente de ser visto por quienes comparten físicamente un lugar o una actividad, sino de poder ser reproducido, archivado, recomendado por un algoritmo y observado por audiencias infinitas que ni siquiera imaginamos sin nuestra autorización.

Y si bien más de una persona argumentará que “apenas aparecieron unos segundos” o “nadie quiere verlos a ustedes”, lo cierto es que la cuestión no es cuánto dura la aparición de quienes legítimamente se quejan, sino quién decide.

Hay razones personales, laborales, familiares e incluso de estricta seguridad para no querer circular por internet.

Sin embargo, en el choque entre quien está trabajando para su comunidad digital y quienes quieren entrenar o disfrutar, hay una asimetría difícil de resolver porque exigir que quienes no quieran salir se muevan a otro sitio es transferir la responsabilidad a quien nada tiene que ver.

En la visión de Jamison, los gimnasios y sus empleados son los responsables por la armonía del espacio en común y la seguridad de todos, lo que incluye garantizar que las reglas de confidencialidad y respeto mutuo se cumplan. Deberían ser ellos quienes pongan reglas claras.

Ya no se trata de ser visto por quienes comparten físicamente un lugar, sino de ser observados por audiencias sin nuestra autorización.

Queda en el aire, por supuesto, la pregunta de fondo que excede esta situación y nos interpela en nuestra vida cotidiana: ¿todavía existen situaciones en las que podamos estar presentes sin convertirnos en material para la mirada ajena? ¿Hay lugares donde nuestro cuerpo no tenga que ser simultáneamente vivido, evaluado y publicado?

La promesa de la conectividad total vino acompañada de una letra chica implacable: cualquier experiencia puede ser capturada y puesta a circular.

Quizás la discusión sobre los trípodes en el gimnasio no sea una anécdota trivial, sino una de las fronteras donde se juega una pregunta central de nuestro tiempo en donde sentimos que hemos perdido el derecho a habitar un lugar sin convertirnos en contenido.