Leve y breve aproximación a Anne Carson

Leve y breve aproximación a Anne Carson

Un Nobel de Literatura a una poeta remite enseguida a nombres como Gabriela Mistral, Nelly Sachs, Wislawa Szymborska, Louise Glück y paremos de contar. Un resumen demasiado mezquino de parte de la Academia Sueca, que este mediodía lo amplió premiando en Estocolmo a la canadiense Anne Carson, menos permeable que las otras, menos amable si se quiere, más delicada, más sofisticada. En todo caso, más ostensiblemente literaria, astuta, erudita (aunque este término es casi siempre odioso y confuso) en un campo limitado pero para ella sobradamente poderoso: “Ya sabes lo que dicen, que un carnicero zen ejecuta un solo corte justo y el buey entero se derrumba como un rompecabezas”.

Consciente de la tradición –Carson no sólo se remonta a los griegos, se ha quedado orgullosa y sumisamente con ellos- se nutre de ese linaje pionero y a cambio lo mantiene vivo. Para una escritora que tiene tan presente otros siglos, el Nobel no ha sido una aspiración ni llega -cruzada hace rato la frontera de cierta edad- como rescate o consuelo. Viniendo de un indescifrable jurado escandinavo, este es un Nobel que resultará un tanto más arduo de explicar (con los justificativos político-sociales que suelen esgrimir) y doblemente bienvenido por eso, aunque golpee la puerta, como para casi todos los beneficiados, demasiado tarde: “el invierno nunca llega lo suficientemente pronto”, anotó Carson hace años. Y hace años atinó a profetizar el mes: “La lengua es el olor de octubre para mí”.

Ante las líneas de esta helenista y profesora esteta y estoica que se niega a retirarse del todo, el lector está frente a un poema pero no únicamente. Carson crea objetos alusivos, levemente refractarios, a pequeña escala, en tono engañosamente menor, que cruzan datos, guiños, postas, pistas. Sobre un cuadro de Seurat apuntó: “está del otro lado / de la atención, desde acá un viaje largo y lento en bote”. Carson se mantuvo siempre en diálogo con buenos muertos –tradujo a Safo, Catulo, Eurípides, Esquilo– y en La belleza del marido -publicado por Lumen con traducción de Andreu Jaume, distribuido recientemente en la Argentina- es John Keats su interlocutor, médium y espíritu tutelar.

Es un mundo, el de la vida y obra de Anne Carson, de los que suelen pasar por debajo del radar; en este sentido vale la pena acatar el azar o destino y celebrar el contraste entre la pompa del Nobel y la modestia de páginas con abundante blanco: “los jardines de un hotel son un lugar donde las leyes que gobiernan la materia / son puestas del revés”. Tampoco es que Carson haya vivido en la luna, aunque se haya mudado a la izquierda de este planeta, a la ciudad de Reikiavik, donde pasa buena parte del año (en 2022 adoptó la islandesa como segunda nacionalidad). No todo es Homero y compañía en sus días; ha escrito sobre Marylin Monroe y, más acá en el tiempo, sobre Rosalía. El vestuario de esta esteta y estoica fotogénica acompaña su idiosincrasia de institutriz arty.

Su trabajo -no menos que el de su colega John Ashbery, uno de sus espejos- deja en claro que su vía poética ha consistido en la administración de la arbitrariedad y de las láminas de la transparencia. Técnicas para llevar la vida propia a otra dimensión, para neutralizar sus efectos, para recalcular sus insinuaciones. Concentrandísimos sentidos, una dicción extrañada, un montaje sincopado, se alían para que Carson venga a una página a saldar cuentas, como hace a menudo en La belleza del marido con un esposo que rima con mentiroso.

De allí su filo y sus aristas, su impronta no convencional, sus posturas fría y sonrientemente intransigentes, que la llevaron a una obra de reconocible versatilidad: ningún libro a solas puede terminar de definirla y ninguno de ellos podría haber sido escrito por otra mano. (A propósito, a Carson nunca le agradó su caligrafía y su reciente Parkinson la impulsó a escribir bella e íntegramente sobre la letra, los vaivenes neurológicos y los preciosos garabatos de su admirado pintor Cy Twombly). Su conexión con el arte -siempre dibujó- puede apreciarse sobre todo en su libro Nox, un duelo por un hermano (y no es el único duelo en su bibliografía).

Lo fueron anticipando sus líneas de tinte narrativo, bien contrahechas, y su inventivo borroneo de las fronteras entre géneros: Charlas breves, Red Doc, Eros. El dulce amargo, Decreación, Autobiografía de Rojo, Cristal, ironía y Dios, Tipos de agua. Carson nunca ignoró que a esta altura el lenguaje, sea simple o complejo, tiene que estar de vuelta del lenguaje; ya no puede pecar de una inocencia absoluta. Es la ética superior de lo indirecto: “Pequeño sonido seco son los huesos del pescuezo de un pájaro que encuentran su lugar para cantar. Sus ojos se abren y se ensanchan. Los pájaros de ojos más grandes cantan primero”.

El rodeo de las traducciones ha trazado y guiado su paciente camino, aunque en su propia obra -suele suceder en especial con poetas- al precio de verse debilitada en su trasplante a otros idiomas, “como pavos reales saliendo de jaulas a una cocina vacía de Dios”. Una obra elogiable la de Anne Carson, en no menor medida, por intempestivamente inasible. De las que exigen un lector de ciega y benigna rapacidad que tramite a escondidas la sucesión de su autor, para ir tomando posesión de su propiedad.