Lo que no se ve en la geografía de Granada | Babelia

Lo que no se ve en la geografía de Granada | Babelia


Una de las paradojas más fértiles del misticismo sufí se resume en un proverbio: lo aparente es el puente hacia lo real. En él se sugiere que el mundo de las formas y los sentidos no es algo que debamos atravesar para llegar a la realidad, sino precisamente el lugar donde esta puede revelarse. Tal vez ahí resida también una de las posibilidades más profundas del medio fotográfico: encontrar en lo visible algo que lo trasciende, una capacidad que siempre ha fascinado a Pablo Castilla (Granada, 1980).

“Mi sensación es que en la fotografía siempre hay algo más”, advierte el fotógrafo, “como si detrás de este mundo de apariencias hubiera otra cosa que nunca llega a manifestarse del todo. Me interesa esa contradicción: utilizar una tecnología que se limita a registrar, con la concreción prosaica de las formas, para intentar aproximarse a aquello que permanece oculto”.

Así, Castilla fotografía lugares concretos para llegar a otros que no existen dentro de ningún mapa. Los recorre con su cámara y una disposición que tiene más que ver con la exploración, o más bien prospección, que con la búsqueda de una imagen previamente concebida. Su última exposición, Un lugar dentro de otro lugar, reúne dos proyectos desarrollados entre 2012 y 2026: Costa Tropical, realizado en el litoral de Granada, y Altiplano, centrado en el norte de la provincia. Dos territorios distintos que, sin embargo, terminan revelando una preocupación común: qué puede aparecer cuando dejamos de mirar un paisaje únicamente como lo que es.

Costa Tropical comenzó después de que Castilla regresara a Motril, su pueblo, tras doce años de residencia en Bruselas donde se dedicó al cine documental. Aquel entorno que en su día había sido tan familiar, se presentaba distinto. Compró una cámara y se dedicó a deambular. Decidió ponerse límites: trabajar con medio formato y trípode, fotografiar siempre al mediodía, dar muchas vueltas, pasar días enteros trabajando. Estar en silencio y no forzar nada. Hacer suya esa luz que altera el paisaje, entre la una y las cinco, cuando se vacían las calles. “Me atraía la idea de la periferia, alejarme del centro hacia lugares menos transitados, donde hacer mía esa luz dura, de la que huyen los manuales de fotografía, que parece que rebota entre las paredes y el asfalto para generar algo distinto. Algo que flota y es más liviano”, destaca el autor.

Hay una sensación de escenografía que recorre el trabajo. “La luz me recordaba al teatro. A una caja donde suceden cosas extrañas. Donde la gente entra a escena y se va”, explica Castilla. La comparación le permite hablar del territorio como un escenario y de la gente que lo habitan como actores ajenos a su propio papel, como si el guion hubiese sido escrito de forma inconsciente. Como un desfile de escenas aparentemente desprovistas de sentido, en espacios que tienen algo de artificial, y al mismo tiempo, conservan la apariencia de absoluta normalidad. De ahí surge la tensión entre lo cotidiano y la extrañeza, entre un mundo reconocible y la sensación de que, bajo su superficie, está ocurriendo algo que no terminamos de comprender.

“En el proceso, hay algo de no saber que estoy haciendo”, reconoce Castilla, “creo que es positivo para tener esa apertura al encuentro”. Sin embargo, esa incertidumbre convive con una voluntad consciente de reducción. Elimina elementos contemporáneos, para trasladar a la imagen a una zona atemporal y limítrofe. El fotógrafo controla la composición, busca líneas rectas, geometrías, equilibrio, claridad en las formas. El vacío adquiere una función importante y, junto a una paleta de color determinada, da coherencia a la serie al tiempo que contribuye a mantener el enigma. “La idea era controlar la imagen, pero para generar ¿qué?”, se pregunta. La respuesta está en el propio proceso, “en el experimento de ver qué sucede cuando uno sale a la calle y se entrega a una práctica diaria y constante de recorrer un lugar. De ahí van surgiendo imágenes que se separan del territorio geográfico y dan paso a uno mental, poético, ficticio u onírico. Es un poco la idea que hila con el título de la exposición: lo fotográfico se separa de lo geográfico, y aun partiendo de un lugar concreto, finalmente resulta autónomo”. Costa Tropical, ganó en 2020 el concurso Fotolibro <40, publicado por Dalpine.

El trabajo de Castilla podría enmarcarse dentro de la nueva fotografía documental. Su particularidad reside en llevar la precisión del lenguaje documental hasta un territorio ambiguo: imágenes que parten de una observación directa de la realidad y, sin renunciar a su claridad documental, abren espacio a otras lecturas y significados. “Ni completamente cierto, ni enteramente falso. Ni ficción ni realidad. Me interesa justo esa cualidad de la fotografía, en tanto que medio liminal”, apunta el autor.

De este modo, en Costa Tropical vemos perfectamente el mundo que tenemos delante, pero la fotografía introduce una distancia que hace que deje de resultar completamente familiar. En Altiplano, en cambio, conocemos buena parte de lo que ha sucedido en ese territorio, pero no podemos verlo. Si, en un caso, ver no significa comprender, en el otro, conocer no significa poder ver.

En Altiplano, Castilla trabaja en un territorio próximo al Geoparque Mundial de la UNESCO. Un paisaje con una tasa alta de despoblación atravesado por una historia geológica y humana que se remonta a tiempos remotos. En lugares como Orce se hallaron restos humanos de alrededor de 1,4 millones de años de antigüedad, huellas de un pasado remoto que hoy permanece oculto bajo la superficie. Es la consideración “del subsuelo como un depósito de la memoria de un paisaje”, la que atraviesa el proyecto. Castilla entiende el territorio como un cuerpo y plantea un viaje vertical, de la superficie hacia lo que queda bajo ella, como una licencia poética para establecer un diálogo con aquello que, aunque ya no pueda verse, permanece allí.

“Hay que dar claves mínimas, al tiempo que dejas espacio al espectador”, asegura Castilla, “claves lo suficientemente atractivas. A mí me interesa construir imágenes; más allá de lo conceptual, hay una reocupación formal por la capacidad que tiene la imagen como espacio mental. Es una ventana a otro lugar”. Así, la mirada sostenida de Castilla puede hacer aparecer otro espacio dentro del espacio real. Fotografía para acercarse a los lugares, pero también para aceptar que nunca terminamos de agotarlos.

“En Altiplano, quise empatizar con estos seres humanos que estaban ahí y que probablemente se harían preguntas, irían en grupos, buscando alimentos y refugios, y atravesarían grandes distancias a diario, siempre en movimiento. Indudablemente su existencia habrá sido dura pero muy emocionante en el sentido de no saber”, advierte Castilla. “Me fascina la arqueología como intento científico, pero también especulativo, de reconstruir un pasado del cual tenemos pocos indicios. La ambigüedad de reconstruir una parte de la historia a la que no hemos asistido. Prácticamente, solo nos queda la imaginación para evocarla, por eso puede ser un cuento de hadas, un relato más mítico o ficticio que verídico”.

Castilla reivindica precisamente ese espacio de lo desconocido. “La ciencia convierte el misterio en un problema. ¡Qué pocos misterios nos quedan! En estos tiempos que corren, con tanta homogeneidad, predictibilidad, con tantos datos que nos asfixian y no dejan resquicio para que se cuelen otras cosas”, se queja. “Vivimos en un entorno domesticado, donde parecería que la existencia se limita al protocolo de la eficacia, de que todo funcione. Quizá por eso encuentra más sentido en la exploración y en la belleza, aunque sea una ilusión. Sus fotografías abren ese resquicio: un espacio de misterio desde el que volver a preguntarse qué estamos mirando.

Un lugar dentro de otro lugar. Pablo Castilla. Sala Alta. Palacio Condes de Gabia. Granada. Hasta el 15 de noviembre.