“No hubo un momento preciso de revelación. El libro surgió de una serie de escenas de incomodidad, de vergüenza ajena y también propia. Me encontraba participando en dinámicas de crianza que, antes de ser padre, me habrían resultado ridículas: los grupos de WhatsApp del colegio, la invasión de los cumpleaños infantiles por los adultos, la obsesión por aprovechar cada instante para enseñar algo, el miedo constante a equivocarnos”.
Así cuenta el filósofo argentino Santiago Gerchunoff el nacimiento de su libro En la era de los niños cosa: Ensayos contra la crianza como emprendimiento, publicado por el sello Interferencias, de Adriana Hidalgo.
Gerchunoff (Buenos Aires, 1977) es doctor en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid y profesor de Teoría Política en la Universidad Carlos III y de Filosofía en el IES Alameda de Osuna. Escribe ensayos y crítica cultural.
Sus últimos libros son Ironía On. Una defensa de la conversación pública de masas (2019) y Un detalle siniestro en el uso de la palabra fascismo. Para qué no sirve la historia (2025), ambos publicados en Anagrama.
Sobre En la era de los niños cosa, Gerchunoff agrega desde España: “Como tengo el vicio de la filosofía, fui escribiendo pequeños ensayos para vengarme de esa incomodidad, para entenderla. Algunos se publicaron hace años en diarios y revistas, cuando mis hijas eran chicas. Mucho después advertí que estaban unidos por una misma idea: la transformación de la crianza en un emprendimiento y de los hijos en proyectos, obras o extensiones de sus padres”.
“Decidí reunir los ensayos y reescribirlos cuando comprendí que no hablaban solamente de mis manías. Había ahí algo compartido por muchos padres contemporáneos: queremos enormemente a nuestros hijos, intentamos hacerlo todo bien y, precisamente por eso, corremos el riesgo de no dejarles espacio para convertirse en alguien distinto de nosotros”, advierte a Clarín Cultura.
-Siempre se moldeó a los hijos, más desde que existe la idea de infancia. ¿Cuándo surgen los niños cosa y por qué?
-No creo que haya habido una edad de oro en la que los padres contemplaban serenamente cómo sus hijos crecían en libertad. La historia de la infancia es también la historia de su progresiva separación del mundo adulto, de su protección, su escolarización y, en cierta medida, de su fabricación. En ese sentido, todos fuimos un poco niños cosa. Lo específicamente contemporáneo es la intensidad que adquiere esa lógica. La maternidad y la paternidad dejaron de ser un mandato tradicional casi inevitable y se convirtieron en una decisión personal. Eso es, en general, una conquista: hoy podemos imaginar una vida completa sin hijos. Pero esa libertad tiene un lado paradójico. Cuando tener un hijo aparece en la misma lista de proyectos que viajar, hacer un doctorado o comprar una casa, tendemos a sentir que ese hijo es una obra elegida por nosotros y que, por tanto, debemos hacerla bien.
-Entonces confundimos criar con construir. Queremos añadirle idiomas, capacidades, experiencias y competencias como si estuviéramos mejorando un automóvil. El niño cosa suele ser, precisamente, un niño enormemente deseado, sobre el que recae una mochila descomunal de amor, planificación y expectativas.
-¿La falta de “tribus” hace que los padres y madres busquemos las instrucciones en un “mercado” de expertos y no tanto (como las redes sociales)?
-Sí, la desaparición o debilitamiento de las redes familiares y comunitarias tiene mucha importancia. Criar a un bebé entre dos personas encerradas en un departamento es una situación bastante extraña desde el punto de vista histórico. Antes, gran parte del aprendizaje se producía por imitación y la responsabilidad estaba más distribuida. Hoy estamos más solos y, cuando uno está solo frente a una tarea tan difícil, es lógico que busque instrucciones. El mercado de expertos reemplaza en parte a la tribu y responde además a una convicción moderna muy profunda: para hacer algo bien, primero hay que estudiarlo. De ahí los manuales, los cursos, los especialistas y los influencers que parecen conocer el método correcto para dormir, alimentar, estimular o educar a un hijo.
-¿Cómo funcionan las redes sociales?
-Las redes sociales funcionan simultáneamente como tribu y como mercado. Nos permiten compartir experiencias y sentirnos acompañados, pero también convierten cada inseguridad en una oportunidad para vendernos una respuesta. Consultar a alguien que sabe puede ser útil. El tema es la fantasía de que la crianza puede quedar completamente fundamentada de antemano, como si existiera un conocimiento capaz de eliminar la incertidumbre y el error.
Santiago Gerchunoff. Gentileza.Algoritmos: ¿quién manda?
-¿Qué rol juega en la idea de niños cosa que los algoritmos nos decidan la vida a los adultos y que desconfiemos hasta el miedo de la idea de autoridad?
-Hay una paradoja muy interesante. Desconfiamos de las autoridades visibles (el profesor, el médico, la escuela) porque sentimos que nadie debería decidir por nosotros ni por nuestros hijos. Pero al mismo tiempo delegamos una enorme cantidad de decisiones en autoridades invisibles: algoritmos que nos recomiendan qué leer, qué comprar, qué comer o cómo criar. El algoritmo tiene una ventaja ideológica: no parece una autoridad externa. Nos devuelve nuestros propios gustos, miedos y deseos bajo la apariencia de una recomendación personalizada. El algoritmo habla en nombre de nuestros deseos: esto es lo que vos querés. Así consigue ejercer autoridad sin adoptar el tono de una orden: esto es así porque yo lo mando. Por eso encaja tan bien con la fantasía contemporánea de autonomía individual.
-Marcás que, con las mejores intenciones de proteger y preparar, les quitamos a los chicos espacios de experimentación, decisión y libertad. ¿Habrá un equilibrio entre acompañar y formatear?
-Seguramente tiene que haberlo, pero me resistiría a convertir ese equilibrio en una nueva fórmula de crianza. Si establecemos el porcentaje correcto de acompañamiento, libertad y autoridad, volvemos a tratar al hijo como un objeto cuyo funcionamiento podría calibrarse perfectamente. Además, educar siempre implica alguna forma de intervención. Transmitimos una lengua, costumbres, límites y maneras de mirar el mundo. La alternativa no es entre formatear al niño o dejarlo en un estado natural de libertad absoluta. Esa naturaleza pura tampoco existe.
-¿Dónde podemos buscar el equilibrio?
-La diferencia quizá esté en aceptar que nuestra intervención tiene límites. Acompañar supone cuidar y, cuando es necesario, ejercer autoridad, pero también tolerar que haya zonas que no conocemos ni controlamos. Espacios sin vigilancia adulta, amistades de las que no sabemos todo, momentos de aburrimiento, pequeños conflictos que no resolvemos inmediatamente. La libertad del hijo está en poder separarse de la forma que recibió.
El mejor hijo posible
En la era de los niños cosa se lee de un tirón y cala. Seguís pensando. ¿Cuanto más conscientes somos de la elección de la maternidad o paternidad más claro es cómo nos atraviesan mandatos? ¿Y los conceptos vinculados a la economía? Enseñamos a “gestionar” emociones, por ejemplo. ¿La necesidad de etiquetar, controlar y medir pesa más que cualquier otra? ¿Qué es amar a un hijo hoy?
“La libertad de elegir no nos coloca fuera de los mandatos. A veces simplemente reemplaza unos por otros. Nos liberamos del mandato tradicional de tener hijos, pero, cuando decidimos tenerlos, aparece una obligación nueva: justificar esa decisión haciendo el mejor hijo posible. Con esta aspiración calza muy bien el lenguaje económico. Por eso hablamos de “invertir” tiempo, desarrollar capacidades, gestionar emociones, alcanzar potenciales. Nombrar una emoción puede ayudar a comprenderla”, dice Gerchunoff.
“Lo que me chirría ahí es que cada experiencia se convierta en una competencia que debe aprenderse, medirse y administrarse correctamente. Hasta la tristeza, el miedo o el aburrimiento tienen que producir algún rendimiento. Muchas de estas prácticas nacen directamente del amor y del miedo a que los hijos sufran -explica-. Pero el amor siempre adopta las formas de su época, y la nuestra entiende el cuidado mediante el control, la información y la optimización. Quizá amar a un hijo también exija renunciar a ser el autor de su vida. Aceptar que es un sujeto implica admitir que contiene algo misterioso, imprevisible, que no responde mecánicamente a nuestros estímulos. Amar sería entonces cuidar intensamente a alguien y, al mismo tiempo, aceptar que no nos pertenece”.
-Te cito. “El bebé Tamagotchi no atraviesa el mundo, más bien el mundo es filtrado para él”. “Impedimos que crezcan”. Somos “padres inútiles”. ¿Podemos cambiar o mejorar algo, o es el viento de época?
-Es el viento de época, pero eso no significa que estemos completamente condenados. Significa que no existe una posición pura desde la cual algunos padres lúcidos puedan observar y juzgar a los demás. Yo también estoy en los grupos de WhatsApp, vigilo, anticipo peligros y me preocupo absurdamente por cosas pequeñas. Escribo desde adentro, como parte de esa misma tribu de padres. Por eso, no creo que el libro ofrezca una solución. Intenta volver visible una lógica que suele presentarse como natural. El simple hecho de reconocer que nuestro deseo de control procede del amor y del miedo quizá permita aflojarlo un poco.
Inútiles
–Hablás del pasaje del héroe huérfano al hijo de padres separados y, ahora, al de padres inútiles. ¿Esa frustración viene con el rol de guía o la impone el de “fabricante”?
-Yo no diría que en ese ensayo haya una frustración que quiera conjurar, y tampoco termino de reconocerme en la alternativa entre guía y fabricante. En Tres formas de soledad intento hacer otra cosa: captar tres paradigmas del héroe infantil y mostrar cómo cada uno habla de su época. El huérfano de Dickens da forma al desamparo material producido por la Revolución Industrial; el hijo de padres separados de las películas de los años 80 encarna un desamparo más afectivo, pero también una nueva independencia; y el actual hijo de padres inútiles vive en un mundo en el que los adultos ya no parecen saber mejor que los niños cómo orientarse. No sé si esa inutilidad es buena o mala, ni creo que haya una manera de conjurarla. El ensayo tampoco propone que los padres volvamos a ser útiles. Hacernos conscientes del lugar que ocupamos frente a nuestros hijos y de la forma de soledad que ese lugar revela quizá nos ayude a entenderlos un poco mejor.
-¿Cambiaste algo como padre al escribir el libro? ¿Qué?
-Escribir el libro me hizo más consciente de mi ansiedad. Desde luego, no me convirtió en un padre distinto y mucho menos, en uno mejor. Sería bastante contradictorio escribir un libro contra la profesionalización de la crianza y presentarlo después como el método que me permitió optimizarme. Soy una persona muy anticipadora: quiero prever qué puede salir mal y resolverlo antes de que ocurra. Con mis hijas eso se traducía fácilmente en preocupación y vigilancia. Creo que aprendí, o al menos intenté, pensar un poco menos e imaginarles menos la vida.
¿Libros o destornilladores?
-Leer es crecer también. ¿Qué te gusta y qué no de la literatura infantil de hoy?
-Leer puede ser crecer, pero me gusta todavía más cuando no sabemos para qué sirve. Me interesan los libros infantiles que confían en la narración, el humor, el miedo, la crueldad, la belleza o el disparate; libros que no sienten la obligación de justificar su existencia mediante una enseñanza explícita.Hay una producción infantil contemporánea extraordinaria, también desde el punto de vista visual.
-Mi reserva tiene que ver, sobre todo, con la manera adulta de buscar y utilizar esos libros. Después de trabajar muchos años como librero, me impresionaba que alguien pidiera un cuento para “trabajar” el duelo, los celos, la diversidad o la llegada de un hermano. El libro se convertía en una pinza o un destornillador que aplicamos sobre el niño para introducirle una capacidad. La literatura infantil necesita conservar algún componente de travesura y de fuga. Durante mucho tiempo, leer ficción fue una pérdida de tiempo, una forma de esconderse del discurso adulto. Hoy la lectura quedó casi completamente del lado del deber, mientras la clandestinidad se desplazó hacia los videojuegos, TikTok o internet. Lo que menos me gusta es el imperativo de lo edificante: que todo libro tenga que transmitir valores correctos. Lo que más me gusta es cuando una historia se olvida de educar y consigue que el chico quiera quedarse a vivir un rato dentro de ella.








