Sergio Castro tenía 23 años cuando una herida y una cirugía se convirtieron en el punto de partida de una vida entera. Era fines de 1980, todavía vivía en Buenos Aires, en San Justo, y recibió una puñalada en el corazón cuando se resistió a un robo. Entró y salió de la guardia respirando, y pensó que no había pasado nada peor. Pero desarrolló una insuficiencia cardíaca severa. La solución llegó de la mano de René Favaloro.
Ahora tiene 68 años, vive en Choele Choel, Río Negro, y hace 25 días viajó desde la Patagonia, para volver a entrar al quirófano. Esta vez, le encargó su corazón a Roberto Favaloro, sobrino de René. “La operación duró casi diez horas”, cuenta a Clarín, este 29 de septiembre, Día Mundial del Corazón.
“Me salvaron la vida dos veces”, dice Sergio. Lo narra desde la perspectiva de quien piensa en posibilidades, más que en décadas.
“Recordemos que en ese momento, en los 80, era algo muy difícil de tratar. Entraba a bañarme y en determinado momento podía escuchar el soplo inmenso que tenía. Era como el ronroneo de un gato en el corazón. La pude surfear solamente por mi juventud”, recuerda.
A través de conocidos, llegó a la Fundación Favaloro. “Porque tenía una vida por delante, aceptaron el desafío”. Sergio terminó frente a René Favaloro.
La operación fue el 20 de abril de 1981. El procedimiento en ese momento, dice, “era experimental”. Fue el reemplazo de la válvula aórtica, según consta en la historia de la Fundación. Permitió corregir la alteración cardíaca que había quedado después del puntazo y abrió para Sergio la chance de seguir vivo.
La válvula que recibió era una Björk-Shiley número 23, “Una sueca”, remarca. “Podía durar entre 10 y 15 años, en las condiciones adecuadas”. La prótesis terminó acompañándolo durante casi medio siglo. Desde que salió del quirófano hasta que volvió a entrar por segunda vez, dice con orgullo, tomó solamente un medicamento, un anticoagulante.
“Esa primera operación en la Fundación Favaloro, donde no me cobraron ni un peso, me permitió formar la familia que tengo”, destaca. Estuvo “nada más” ocho días internado. Pasó cuatro días en terapia intensiva y otros cuatro en una sala intermedia. Ahí conoció un poco más a René Favaloro, que visitaba diariamente a sus pacientes.
Como Sergio era el más joven, el médico se acercaba a particularmente a él. Favaloro le contaba que era de Gimnasia y le hablaba del barrio El Mondongo, en la Plata, que después ese chico quiso conocer.
“Se acercaba a quienes estábamos en terapia y se ponía a charlar con los médicos, con todos, con una naturalidad y con una humildad tan grande que se quedan cortos todos los elogios que pueda brindar cualquier medio de comunicación una vez al año, cuando lo celebran”, dice.
Con una cicatriz importante, Sergio salió adelante. La válvula funcionó más de lo que hubiese imaginado. Y el tiempo fue dejando nuevas marcas en su corazón.
La válvula se había llenado de tejido y se calcificó. La aorta había aumentado de tamaño. La solución volvió a ser quirúrgica. Sergio necesitaba una “reoperación”, como la llama.
El 1° de septiembre vio de nuevo un quirófano. Roberto Favaloro, sobrino de René y jefe del Departamento de Cirugía Cardiovascular de la Fundación Favaloro, estuvo a cargo del procedimiento. El reemplazo de la válvula metálica -”La sueca”- por una biológica.
Sergio cuenta que ahora toma una aspirina por la mañana y otros “dos o tres medicamentos de manera temporaria, pero vinculados con la recuperación de la operación”, distingue.
En la primera intervención no tenía trabajo, “hacía changas”, y después se dedicó a vender artículos de limpieza hasta que se jubiló.
La Fundación aceptó su caso desde el Sur -”de nuevo sin cobrarme un solo peso”- y volvió a abrirle las puertas del mismo lugar que había sido decisivo cuando tenía 23. En su vida siguió apareciendo el mismo apellido médico.
“Me operó un sobrino del doctor Favaloro, continuando la dinastía de esta gente tan especial y tan humana”. Para él, la coincidencia entre las dos cirugías va mucho más allá. Encontró un gesto que le resultó familiar.
“Roberto Favaloro vi que se acerca a todos en terapia intensiva, a todos. El legado que dejó René también es el trato con los pacientes. Si yo soy un testimonio de lo bien que me operó, también lo soy de lo bien que me trató”, puntúa.
Sergio va a quedarse unos días más en Buenos Aires para estar cerca para los controles. Salió de la “reoperación” solamente con una faja. Y la exhibe tanto como a su historia clínica, que es “como un papiro egipcio”, dice. Porque tiene fecha del ´81 y la firma de René Favaloro: “Un tipo que me veía joven y me hablaba de fútbol, y que seguro sabía que yo iba a seguir viviendo”.









