“Como argentinos, podemos usar la tradición occidental como se nos dé la gana”

“Como argentinos, podemos usar la tradición occidental como se nos dé la gana”


“Cuando empiezo un proyecto hago dos cosas: armo una lista de lecturas y una playlist. Hace poco estaba escribiendo algo y no le encontraba la música: escuchaba mucho Wagner, todas las oberturas, y pensaba ‘es re wagneriana esta novela’, pero no aparecía. Murió el Indio Solari, me puse a escuchar Los Redondos, y ahí entendí que era eso. Trabajo mucho con la música interna del texto; me importa que se lea bien al oído”, confiesa Julia Kornberg (Buenos Aires, 1996), la autora argentina que escribió su primera novela, Atomizado Berlín, a los veinte años, en trenes, cafés y bibliotecas de medio mundo.

La publicó una editorial platense en plena pandemia, sin presentaciones ni ruido, y el libro se agotó casi en silencio. Cinco años después, esa misma novela –traducida al inglés como Berlin Atomized (Astra House) y reescrita en el proceso– llegó al público hispanohablante de la mano de Anagrama.

Hoy Kornberg tiene treinta años, vive en Nueva York, realiza un doctorado en Literatura Latinoamericana en Princeton y es madre de un niño de un año. De paso por Buenos Aires para presentar la novela, entre museos y visitas a amigos y familia, confirma que el frío de la ciudad es demasiado húmedo y por eso se siente tanto. “Es el tercer café con leche que tomo”, dice.

–Tu primera edición ya no circula. ¿Cómo fue volver sobre un libro que habías escrito a los veinte?

–Fue todo de casualidad. El libro había ganado una mención en un premio de la UBA y me escribió un editor de La Plata cuando yo ya vivía afuera. Salió en pandemia: no hubo presentación, no hubo nada, y se agotó. Ni siquiera me quedó un ejemplar –regalo mis libros, no soy nada purista con mis primeras cosas–; la única que guardó esa edición es mi mamá, que es la archivista de la familia.

–Después llegó la traducción al inglés, con Jack Rockwell y la editora Deborah Ghim, y el texto volvió a cambiar. ¿Qué le hizo ese proceso a la novela?

–Me ayudó muchísimo, porque es un idioma que perdona menos: cristalizó problemas que yo ni había registrado. Deborah me dijo algo que me liberó: que pensara ese libro como mi debut real y que no fuéramos puristas del original, porque esa idea ya no existe en el mercado editorial. Pensé en Borges y en Sarmiento, que tomaban cada edición como una oportunidad para reconstruir el libro, y decidimos hacer lo mismo. El resultado es que el libro es el mismo, pero es otro. Cuando dicen que lo escribí a los veinte años es cierto y es una trampa a la vez: no es el mismo texto, y esa reescritura me permitió dialogar con mi propia juventud desde otro lugar, con más ternura y con más empatía por personajes que en su momento juzgué con bastante más cinismo.

La escritora Julia Kornberg (Buenos Aires 1996). Foto: Maxi Failla.

Culpa de clase

Atomizado Berlín cuenta la historia de Nina, Jeremías y Mateo Goldstein, tres hermanos de una familia judía acomodada que se instala en Nordelta después de la crisis de 2001. Asfixiados por el tedio y la culpa de clase de ese Edén artificial, cada uno ensaya su propia fuga. Sus historias son reconstruidas desde Tokio, en 2063, por Angélica Oshiro, la mejor amiga de Nina, en un relato generacional cínico, irónico y melancólico sobre una juventud a la que le habían prometido todo y que termina enfrentándose al fin del mundo.

–Justamente Nina, una de las tres protagonistas, tiene fama de ser un personaje ácido y cínico.

–Nina nunca encuentra su lugar en el mundo, y despotricar contra todo es la única forma que tiene de pararse en alguno. Quiere muchísimo a sus hermanos, que le hacen mal, pero no puede soltar ese amor filial: la sátira es su mecanismo de defensa y, a la vez, de cuidado.

–El libro está atravesado por citas literarias que no funcionan como simples guiños.

–Me gusta pensar la escritura a partir de la lectura; casi todo lo que escribí nace en diálogo con algo que estaba leyendo con intensidad. Citar tiene que ver con hacerse de una tradición: cuando escribís tu primera novela estás buscando el lugar que ocupan tus textos en el gran diálogo de la literatura, no tanto por una cuestión de mercado sino para encontrar a tus precursores, la gente con la que querés conversar. Puede ser T. S. Eliot o puede ser una canción.

–La estructura de Atomizado Berlín es fragmentaria y veloz. ¿Qué buscabas con esa forma?

–Me interesaba tener capítulos intensos que se leyeran fácil, porque nuestra existencia ya está bastante entumecida por el celular, y el libro tiene que desencajarte un poco de ese lugar. Hay una idea vieja que me gusta mucho: solo existen dos tipos de literatura, la del hombre que sale de viaje y la del que vuelve a casa. Todo lo que escribí sale de viaje; nunca vuelvo.

–También trabajás mucho con la cartografía.

–Escribo con el mapa abierto en una pantalla, uso el muñequito de Google Maps para recorrer la geografía que narro. Lo hice también con Las Fiestas, mi próxima novela, que se publicará en mayo de 2027, mapeando Manhattan de norte a sur. Una cosa es Nordelta, ese oasis aislado de gente rica, y otra la plebe que camina la ciudad y la conoce con el cuerpo.

–Es una misma historia contada en siete capítulos que abarcan siete años; cada uno tiene una parte en el pasado y otra en el presente, y siempre hay una fiesta de por medio. Los protagonistas son jóvenes que arman algo así como una guerrilla latinoamericana en Nueva York: el chiste de narrar el centro del imperio desde una voz latinoamericana, algo que ya hicieron Rubén Darío, José Martí o el propio Sarmiento. Leí mucho sobre grupos guerrilleros de los setenta para pensar en los riesgos de esos sueños de juventud, la exaltación política que después se estrella contra la realidad.

La escritora Julia Kornberg (Buenos Aires 1996). Foto: Maxi Failla.

–La guerrilla también aparece en Atomizado Berlín. ¿Por qué te interesa?

–Empecé a escribir sobre la guerrilla desde un lugar más inmaduro, de exaltación política, leyendo mucho a Marx y soñando con un futuro proletario. Con el tiempo entendí que traigo mis propias preconcepciones heredadas, y que la guerrilla quizás no es la respuesta a la violencia política que vivimos todos los días. Pero me sigue pareciendo muy atractivo de narrar: confrontar esos deseos propios con la realidad política.

–En la novela, Nina se baña obsesivamente, como si buscara purificarse de algo.

–Tiene que ver con su culpa, con registrar deseos que ella misma ve como insalubres. Por un lado, juega con el catolicismo, la religión hegemónica argentina, que además me parece hermosa. Pero creo, aunque la novela no lo diga explícitamente, que en realidad está haciendo, sin saberlo, un ritual de purificación judía muy antiguo: el mikve. Está jugando con las dos tradiciones a la vez. Los tres hermanos buscan una respuesta a haber crecido en un mundo donde no les dieron ni Dios ni una prescripción: eso es liberador, pero también genera una inquietud espiritual enorme.

–Uno de esos hermanos, Mateo, termina en el ejército israelí, y hay un capítulo sobre Gaza en el que comparás esa franja con Nordelta.

–Ese fue el primer capítulo que escribí, en Tel Aviv, después de mi única visita a Israel: un país fascinante, con gente inteligentísima, y donde también se cometen crímenes de guerra todos los días. En un Año Nuevo en Jerusalén conocí a un chico borracho, judío de Atlanta, que no le encontraba sentido a la vida y decidió unirse al ejército. Lo trasladé a Mateo y a Nordelta. Las dos geografías comparten la misma lógica de frontera: para adentro estamos bien, para afuera quedan los desplazados; Gaza es lo mismo, pero al revés. Creo que este capítulo es crítico sobre Israel, aunque hay quien piensa lo contrario.

–¿Qué te pasa a vos, como judía, con Israel?

–Es un lugar que en parte detesto y en parte no puedo sacarme de encima, porque tengo amigos israelíes, porque una parte del judaísmo vive ahí. Me peleo con esos amigos que quieren construir toda su identidad alrededor de Israel: si hacemos eso, Israel ya ganó. Reivindico un judaísmo diaspórico, el de Gerchunoff, Grimberg o Sinay, una tradición mucho más rica que la que se resume en la relación con un solo Estado.

La escritora Julia Kornberg (Buenos Aires 1996). Foto: Maxi Failla.

–En la Argentina tenemos un presidente que habla de convertirse al judaísmo y mantiene una relación muy cercana con Israel. ¿Qué te genera eso?

–No quiero ser mala, pero lo que hace Milei no lo veo como judaísmo real: es una faceta armada navegando por internet, que no tiene nada que ver con la tradición judía argentina que estudio y enseño. No me siento representada. Y creo que hay un antisemitismo rampante en la Argentina de hoy, y que lo que hace él es contraproducente.

La sonrisa y un bebé

La cara de Julia se ilumina. Su mamá entra al café con el bebé en el cochecito. Se levanta, va a su encuentro y, con el pequeño en brazos, dice:

–Sigamos. Le doy la teta, pero sigamos.

Se acomoda. Él mama, mira a su alrededor, sonríe y rápidamente sigue en lo suyo.

La escritora Julia Kornberg (Buenos Aires 1996). Foto: Maxi Failla.

–Nombraste antes a Sarmiento, una figura tan discutida como Borges. ¿Cómo se convive con esa incomodidad política a la hora de admirar a un autor?

–Es complejo, no lo voy a negar: en Facundo plantea una dicotomía entre civilización y barbarie que reduce a gauchos e indígenas a lo que hay que eliminar, y con eso no concuerdo en absoluto. Pero si uno solo lee y reivindica autores de su propio signo político, la tradición termina siendo pobrísima. Lo que rescato de Sarmiento es esa apropiación irreverente del saber extranjero: agarra a Shakespeare, a Gibbon, los cita mal a propósito, juega con eso. Aprendí de él y de Borges la idea de que, como argentino, podés usar la tradición occidental como te dé la gana. Me pasa lo mismo con Borges, que almorzó con Videla y es indefendible políticamente: no se trata de separar la obra del artista, sino de entender que una tradición también se nutre de sus desacuerdos. Cancelar a Sarmiento o a Borges y quedarnos solo con quienes piensan exactamente como nosotros es el mismo salto cognitivo que hoy nos hace ver todo en blanco y negro. Y ese, más que ningún otro, me parece el verdadero riesgo de esta época.

Julia Kornberg básico

  • Nació en Buenos Aires, en 1996 y estudió Literatura Comparada en la Universidad de Buenos Aires y en el Sarah Lawrence College, en Westchester, Nueva York.
  • Actualmente realiza un doctorado en Literatura Latinoamericana en la Universidad de Princeton.
  • También escribe críticas, ensayos y relatos cortos para The New York Review of Books, Poetry Magazine, The Jewish Review of Books, The Drift, Bookforum, McSweeney’s Quarterly Concern, The Baffler y otras publicaciones.
  • Atomizado Berlín es su primera novela.

Atomizado Berlín, de Julia Kornberg (Anagrama).