Parecía una moda, una puesta en escena, una postura vintage, un veranito o un mero esnobismo. Sin embargo, el vinilo resurgió, logró una impensada repercusión y hoy se instaló en nichos de la vida cultural porteña.
Sí, Buenos Aires late música analógica, esa experiencia física y ritual que se disfruta gracias al giro de las bandejas y al recorrido de las púas sobre los surcos. Vale la explicación para esas generaciones que se criaron con Spotify y desconocen este masacote prehistórico,
Más allá de que podría resultar una experiencia nostálgica, son muchos los jóvenes se sienten atraídos por el combo completo: vinilos, tocadiscos y DJ’s, que coparon espacios que hoy se los conoce como Listening Bars, refugios que, como una suerte de resistencia cultural, sacan pecho frente a la inmediatez del streaming.
¿Resistencia cultural?, se mencionó. “Depende”, advierten algunos vinilosaurios especialistas en el tema. “Para algunos son oasis de pausa, de compensar y equilibrar la velocidad que imprime el streaming. O también, ¿por qué no?, lugares de reivindicación por algo que se estaba perdiendo: la escucha atenta, la selección humana y el encuentro alrededor de la música”.
De acuerdo a un relevamiento de Clarín, el revival del vinilo empezó a sonar tímidamente hace años y fueron los pioneros como Florería Atlántico (Arroyo 872) lo que luego contagiaron a otros reductos que lo implementaron. Aquel sumiso puntapié inicial, dado por coleccionistas adultos, mutó por un inimaginable paisaje intergeneracional, en el que veinteañeros y treintañeros protagonizan encuentros alrededor del tocadiscos.
“Sin duda hay un boom, un crecimiento de estos audio bares. Puede resultar una moda, pero el cliente, por más que parezca que no le presta atención, nota la diferencia no solo por la calidad de sonido, sino por el tipo de música que se puede llegar a escuchar. Además, es atractivo visualmente ver a alguien trabajando con discos y bandejas. No es lo mismo llevar un pendrive o una computadora, que un bolso lleno de vinilos”, cuenta a Clarín el bartender y hacedor de Florería Atlántico, Tato Giovannoni.
Desde Washington, Giovannoni dice que “no es el primer listening bar de Buenos Aires, pero sí el precursor en tener siete días a la semana un DJ diferente que pasa vinilos durante todas las noches del año. Esta mecánica no se toca ni se traiciona, porque para nosotros la música es clave, no es algo decorativo, sino que es parte del concepto, la estética y el engranaje del lugar”.
Quien manipula con ductilidad los vinilos en Florería, un lunes a la medianoche, es el DJ Fernando “Frata” Fratantoni. “Fijate dónde están las bandejas y los discos. Al lado de la caja y de la coctelería. ¿Qué significa? Que la música está en la misma altura. Acá además de servir ricos platos y tragos, servimos música, ese es el concepto. Porque lo táctil, lo analógico cambia el ambiente, no da lo mismo si es Spotify. Este es un lugar curado a nivel sonoro, el maridaje entre la comida, la bebida y el ambiente genera memorias auditivas”, explica.
“Estamos atravesando una época donde la gente busca cada vez más espacios de desconexión y quietud analógica”, expresa Luis Lenkiewicz.“Estamos atravesando una época donde la gente busca cada vez más espacios de desconexión y quietud analógica. Estos lugares terminan siendo espacios de resistencia que no están gobernados por algoritmos”, reflexiona Luis Lenkiewicz, dueño de Roman Kiss Bar (Gurruchaga 1916). Y agrega: “El vinilo cuenta con una puesta en la que se elige un disco o una canción desde una oferta que está limitada por tu colección. Es tangible, lo agarrás, lo mirás, a veces hasta lo olés, lo ponés en la bandeja, lo escuchás y sentís las imperfecciones de la fricción física”.
¿Hay demanda real o es una imposición estética de los bares? “Hay un público específico, no masivo. En estos lugares se cruzan dos perfiles: coleccionistas y melómanos de siempre que buscan espacios de escucha activa fuera de su casa, y un público más joven, entre 25 y 40 años, que descubrió el vinilo sin nostalgia previa, como formato nuevo, y busca contextos donde la música sea protagonista y no el fondo. Es este segundo grupo el que está creciendo más rápido”, traza un panorama Lenkiewicz, quien también desliza que “hay una moda, en la que muchos locales con una bandeja en la barra y algunos vinilos, montan una escenografía sin curaduría ni intención real”
“El vinilo impone una experiencia distinta, real, tangible”, hace saber Pedro Viau. Foto: Martín BonettoRoman Kissa Bar se inspiró en los espacios japoneses dedicados a la escucha atenta de vinilos y propone un ambiente afín: alta fidelidad y silencio. “La música es el centro, el resto se subordina a ella. Y eso a veces se nota en el comportamiento de la gente, cuando aparecen momentos de silencio real, personas que piden ver la tapa de un disco, o preguntan por la edición. Eso no se impone, se filtra solo: quien busca otra cosa, no vuelve; quien de verdad conecta con el formato, se hace habitué”.
Audiófilo, melómano y socio junto a José Juarroz de Cucha del Pari (Batalla del Pari 916), Pedro Viau dice que “se empezó a revalorizar otra forma de escucha, en formato físico, en especial el vinilo, que volvió a ser captado por la industria, que decidió publicar más discos. Así empezaron a ser más consumidos por la gente, que empezó a escucharlos cada vez más yendo en busca de experiencias en bares exclusivos, donde no solo se valoran el sonido, la iluminación y la acústica, sino que haya un especialista en vivo seleccionando la música”.
“Hoy se buscan experiencias en bares exclusivos, donde se valoran el sonido, la iluminación y la acústica”, dice el audiófilo Pedro Viau. Foto: Martín Bonetto.Sobre el esplendor que el vinilo está viviendo, Viau estima que, a su parecer, nunca desapareció: “Sí quedó reducido a pequeños nichos de melómanos, coleccionista y a ese grupo de personas que vivieron esa época y están acostumbrados al formato y mantuvieron sus discos, o a partir de su nostalgia volvieron a la carga y los adquirieron. Por otro lado, es indiscutible que los vinilos llegaron a los jóvenes, algo que se percibe cada vez con más fuerza”.
En Cucha del Pari no son fundamentalistas del vinilo, también se pasan CD’s o apelan al streaming. “Pero cuando se escucha un vinilo se valora mucho la selección de los discos, el hallazgo de determinado material y a veces tenemos musicalizadores que traen piezas que solo existen en vinilos, lo cual se pondera esa exclusividad. Hay veces que ese material tiene una historia rica, como haber pertenecido a otras personas o haber sido conseguido en el extranjero. El vinilo impone una experiencia distinta, real, tangible”, hace saber Viau.
Semi escondido detrás de un long-play de la banda Booker T. & the M.G.’s, Bruno Albano, dueño de Gris Gris, junto a DJ Peralta. Foto: Martín BonettoLucas Welsh está concentrado eligiendo los vinilos a escuchar en la próxima hora. Trajo 150, pero calcula que terminará pasando la tercera parte. Se acerca Bruno Albano, el dueño de Gris Gris (Cabrera 5918) para saber si necesita algo. El lugar está colmado. “Los discos forman parte de la personalidad del lugar. Muchos vienen por este espacio -señala las bandejas y los vinilos que decoran los estantes-. Hace cuatro años que pasamos y somos uno de los pioneros de Palermo”, cuenta Albano, ex lider de Banda de Turistas.
Ante la consulta de Clarín sobre este boom que vive Buenos Aires, Albano sostiene que “los listening bars llegaron para aportar algo que no había antes que es la resignificación de la música en los lugares. También siento que tienen una energía diferente a los bares tradicionales, porque todo está pensado en base a los discos, entonces un lugar como Gris Gris se vuelve un poco más cultural”.
Sábado a la noche. El bar Gris Gris, en Palermo, está a tope y uno de sus atractivos “es su bandeja de vinilos”, dice su dueño. Foto: Martín BonettoAlbano habla de la lealtad de los vinilos, de la raíz y del principio de todo: “Que haya discos acá tiene que ver con un gusto personal que yo trato de compartir con quienes vienen al bar. No sé si hay una demanda puntal del cliente, pero sí siento que el circuito nocturno porteño necesitaba algo distinto porque venía saturado y sin propuestas nuevas después del boom de las cervecerías. Ahora la novedad son los listening bars, que seguirán en crecimiento”.
Sobre la convocatoria de Gris Gris, Albano explica que “al ser uno de los primeros bares de este estilo, se marcó una personalidad y terminó siendo un punto caliente de encuentro. La gente que viene me conoce, soy músico y colecciono discos, y toda la discografía que hay acá la elegí personalmente. Calculo que eso le aporta algo al lugar: hay discos que marcan el tiempo y en Gris Gris nos dejamos llevar por eso”.
“El vinilo volvió para recuperar el disco como una obra”, expresa el DJ Fernando Elo.Para Fernando Elo, DJ y barbero, hay una necesidad cultural de volver a las bases: “Yo no sé si la gente demanda vinilos solamente como formato. Creo que quiere escuchar música de otro modo. Venimos de años de inmediatez, playlists, descargas ilegales y algoritmos que fomentan la ansiedad y el estímulo auditivo constante… El vinilo, entre otras cosas, recupera el disco como una obra: la tapa, los créditos, el orden de los temas y también a la persona que selecciona la música”.
Elo pasa música en vinilo en Cochinchina, Víctor Audio Bar, Mansion Mihura y en Konao. “Es un momento de mucha demanda y mucho trabajo, y podría tener más, pero trato de no volverme loco. ¿Moda o esnobismo? Claro que puede haber algo de eso y también moda de una curiosidad real. Pero para mí, más que una moda, es un revival, un regreso a escuchar con atención y a compartir la música, sin dejar de lado la sensación inexplicable de poseer semejante objeto: el disco”, cuenta.
Fernando Elo es DJ, trabaja en cuatro “listening bars” y además tiene su particular barbería, donde el vinilo también es protagonista.
Foto: Martín Bonetto.
¿Se presta atención al DJ que pasa vinilos? ¿Se acerca la gente, hay un interés real o es más bien una música decorativa? “Depende del lugar y del momento. Hay gente que se acerca, pregunta qué está sonando o me dice que hacía años que no escuchaba ese tema. Otros están cenando, tomando algo o conversando, y tal vez no prestan una atención consciente, pero la música igual les modifica el ánimo y la experiencia”, dice el experimentado DJ.
“Yo no necesito que todos estén mirando la cabina. Mi trabajo es entender el lugar y acompañarlo sin invadir, pero tampoco ser música decorativa. Cuando la selección funciona, en algún momento aparece un tema que atrapa a alguien y despierta una curiosidad. En Salón Berlín, mi barbería, pasa mucho: mientras se cortan el pelo o se afeitan, descubren un disco o vuelven a escuchar una canción conocida de una manera distinta. Y desde entonces la música es protagonista con un estilo muy marcado”, cierra.









