Algo importante iba a suceder en Nueva York el jueves 24 de setiembre de 2026. Para muchos que se preocupan por el futuro de la Humanidad, ese día no era un día más. En esa fecha se reunirían Donald Trump, presidente de la nación bélicamente más poderosa del mundo, con Xi Jinping, presidente de la nación que viene pisándole los talones y quizás superándola en más de un aspecto: la República Popular China.
La reunión había despertado grandes expectativas. Se especulaba sobre la posibilidad que de la misma surgiera una especie de “teléfono rojo” para comunicarse ante la presencia de posibles incidentes de IA que pudieran afectar la seguridad nacional de cualquiera de los dos países.
Por su parte, el medio británico The Guardian afirmaba que “existen llamamientos para que ambos líderes acuerden algún tipo de marco de seguridad en materia de IA que evite que esta tecnología —sobre la cual se han emitido graves advertencias en las últimas semanas— escape al control humano”.
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Dos de los líderes más poderosos del mundo se verían las caras en un encuentro que podría ser el inicio de la construcción de un acuerdo cumbre para determinar el sentido del desarrollo de la IA y los límites de su aplicación para preservar a la Humanidad y a su futuro.
Era la posibilidad de un “Yalta Tecnocrático”, se ilusionaban los memoriosos invocando la conferencia en la que Churchill, Roosevelt y Stalin dividieron en 1945 las áreas de influencia del mundo de posguerra.
Sin embargo, nada de eso sucedió. Antes de la esperada reunión, Trump se refirió al tema con términos desalentadores.
Luego de aplicar sobre la IA su obsesión de cambiarle el nombre a todo -la llamó “superinteligencia”- declaró quequería “dejarla exactamente dónde está”. Un planchazo.
En cambio, Jinping estuvo más cerca de las expectativas creadas. Según la transcripción publicada por la cancillería china, el líder chino afirmó que su país y Estados Unidos tienen “la capacidad y la responsabilidad” de desarrollar y gestionar la IA para el bien común y que su desarrollo debe permanecer “siempre bajo control humano” y servir al bienestar de las personas.
Mientras tanto, en Ciudad Gótica…
Mientras Trump y Jinping confirmaban con sus declaraciones que el esperado encuentro nada había cambiado en el preocupante escenario de la lucha geopolítica por el dominio de la IA, la Brookings Institution alertaba al mundo desde Washington DC con el informe Financing the AI Buildout (Financiación del desarrollo de la IA) elaborado por el profesor de Columbia Stijn Van Nieuwerburgh.
La Brookings Institution se define como un centro de investigación sobre políticas públicas que estudia “problemas económicos, sociales, políticos e internacionales y publica investigaciones y propuestas dirigidas a gobiernos, especialistas y al público”. Es una organización sin fines de lucro que se define como independiente y no partidaria, que aclara que “no es un organismo del gobierno estadounidense”.
El informe de Van Nieuwerburgh calcula que la instalación de “un complejo representativo de entrenamiento de IA de 200 MW cuesta aproximadamente US$ 8.200 millones: unos dos tercios corresponden a equipos informáticos y un tercio a inmuebles e infraestructura eléctrica asociada”.
Y estima que, si se decidiera terminar 183 GW para 2032 y otros 118GW posteriormente, se generaría una demanda de aproximadamente 10,3 millones de millones de dólares de inversión entre 2025 y 2032, con un promedio anual equivalente al 3,63 % del PBI, “una expansión aún mayor que los grandes auges estadounidenses de inversión en canales, ferrocarriles, electrificación, autopistas, telecomunicaciones” y que “duplicaría el consumo eléctrico de todo el sector residencial estadounidense”.
El autor se pregunta “¿quién aporta el capital y quien termina siendo propietario? Las grandes empresas de servicios en la nube y las tecnológicas son las principales fuentes dedemanda, pero dependen cada vez más de fondos propios, alquileres, empresas conjuntas y capital de terceros. Financiar toda la expansión en sus balances sevolviómás costoso en endeudamiento, liquidez y flexibilidad estratégica”.
¿Será ésta la verdadera causa del repentino clamor de los gigantes tecnológicos para ralentizar del desarrollo de la IA? Una sospecha que el tiempo ayudará a dilucidar.
El Tercer Hombre del Yalta Tecnocrático
Pero volvamos a las expectativas previas a la reunión entre Trump y Jinping. El mismo 24 de setiembre, en la no tan lejana Roma, el Papa León XIV reunía a los miembros de la Pontificia Academia de las Ciencias en la Sala Clementina del Palacio Apostólico Vaticano para reflexionar sobre “El futuro de la ciencia en un mundo cambiante”.
León XIV reiteraba allí su convicción -ya expresada en la encíclica Magnifica Humanitas -que “en los últimos años se ha hecho cada vez más evidente la rapidez y profundidad con que la digitalización, la inteligencia artificial y la robótica están transformando nuestro mundo”, reconociendo que “si bien su impacto total aún es incierto, estas herramientas nos dan motivos para albergar la esperanza de un futuro más prometedor para la humanidad … propiciando avances científicos e innovaciones tecnológicas que impulsen la medicina, mejoren el diagnóstico y el tratamiento de enfermedades, fortalezcan los sistemas alimentarios y energéticos, profundicen nuestra comprensión del universo y del mundo natural, y abran nuevas posibilidades para la creatividad y la cooperación humanas”.
Sin embargo, acompañaba esta visión esperanzadora con el reconocimiento que “la inteligencia artificial puede utilizarse para la vigilancia, la manipulación y la discriminación”, que “las sofisticadas capacidades cibernéticas y las armas autónomas, cuando se desarrollan o implementan sin las salvaguardias y la supervisión humana adecuadas, pueden introducir nuevos peligros para la seguridad y la paz internacional” y reconocía, en consonancia con los alertas del informe de Van Nieuwerburgh, que“los sistemas de IA actuales requieren enormes cantidades de energía y agua, influyen significativamente en las emisiones de dióxido de carbono y suponen una gran demanda de recursos naturales”.
Para poder mantener en alto la esperanza del inicio de un Yalta Tecnocrático, quizás hubiese ayudado la presencia de este tercer jefe de Estado y máximo líder espiritual de la Iglesia Católica.
Hubiese podido recordar a ambos líderes que “el progreso tecnológico nunca es una mera cuestión técnica. Toda tecnología refleja, explícita o implícitamente, una comprensión particular de la persona humana, de la sociedad y del futuro que deseamos construir”.
Y que “cuanto mayor sea nuestro poder para transformar el mundo, mayor deberá ser nuestra capacidad para discernir lo que verdaderamente sirve a la dignidad humana que Dios nos ha otorgado, para gobernar con sabiduría y para cuidar de quienes puedan sufrir las mayores consecuencias de nuestras decisiones”.
León XIV ha convocado a “desarmar a la IA”. Para que ese desarme sea posible, es necesario poder discernir en qué medida ese desarrollo contribuye a crear trabajo digno y bien remunerado, a mejorar la calidad de vida de las personas, a cuidar a la casa común y a fortalecer la justicia social.
Una tarea que deben asumir los dirigentes que tienen en sus manos el destino de la Humanidad y que no puede quedar al arbitrio de un conjunto de empresas tecnológicas, cuyo poder global se incremente exponencialmente gracias a la inadvertencia, la inacción y/o la complicidad de muchos.









