Una línea sobre una pantalla, o una voz robótica, resuelve, en segundos, un problema que durante siglos requirió atención, memoria, preguntas a desconocidos y una dosis razonable de incertidumbre: para muchos hoy perderse es imposible.
Gracias al GPS y apps como Google Maps o Waze podemos llegar más rápido y sin equivocaciones a donde querramos ir pero… ¿qué pasa cuando perderse deja de ser una experiencia común y empieza a parecer un error evitable?
Nadie disfruta de llegar tarde, caminar de más, tomarse el colectivo equivocado o bajarse en otra estación del tren. Sin embargo, quienes crecimos en la era de la Guía T o la Guía Filcar sabemos que había algo formativo en esa desorientación. Nos obligaba a estar atentos, a mirar alrededor, a reconocer esquinas y tener conversaciones con extraños.
Quienes crecimos en la era de la Guía T o la Guía Filcar sabemos que había algo formativo en esa desorientación.
Orientarse es construir una relación activa con el entorno en la que el espacio deja de ser un fondo indiferente y se convierte en una trama de elementos a interpretar. La navegación digital reemplaza todo eso por una cadena de instrucciones mecánicas que nos indican dónde doblar, cuántas cuadras seguir derecho y cómo evitar un embotellamiento. Y por eso se convirtió en una ayuda extraordinariamente útil.
Pero como escribió la periodista estadounidense Shayla Love en New Yorker, la posibilidad de delegar por completo la orientación debilita nuestra capacidad autónoma.
De hecho, existen investigaciones que sugieren que la navegación sin indicaciones paso a paso exige elaborar un “mapa cognitivo” (una representación mental de los lugares y sus relaciones), mientras que quienes usan con intensidad la navegación guiada tienden a recordar menos las rutas y los hitos del recorrido.
Entonces, ¿qué tipo de experiencia tenemos de una ciudad cuando la atravesamos sin necesitar comprenderla? Google Maps y Waze son diferentes a las brújulas y los mapas de papel porque no dejan espacio para interpretar el terreno sino que ofrecen una secuencia de indicaciones y suprimen la fricción de elegir. La misma lógica de las recomendaciones de Spotify, YouTube o Netflix.
Vivimos en una era en la que los algoritmos no sólo sugieren qué hacer sino que buscan anticiparse a nuestros deseos de una forma en la que termina definiendo el horizonte mismo de aquello que podemos imaginar como posibilidades. Imperfecta, la Guía Filcar nos daba referencias pero dejaba abierto el trayecto; Google Maps nos ofrece un camino ya calculado y optimizado.
Imperfectas, esas guías nos daban referencias pero dejaban abierto el trayecto; Google Maps nos ofrece un camino ya calculado y optimizado.
No hace falta romantizar la incomodidad ni renunciar a las tecnologías para reconocer que nuestra autonomía no se mide por la cantidad de herramientas que rechazamos sino por nuestra capacidad de no convertirlas en sustitutos automáticos de toda facultad humana.
Tal vez recuperar el arte de perderse consista en prácticas pequeñas: salir a caminar sin un destino exacto, intentar recordar una ruta antes de consultar la pantalla o dejar que una calle imprevista altere el plan.
Frente a la promesa de una vida anticipada por los algoritmos, perderse es una forma modesta de resistencia en la que reconocemos que una ruta eficiente permite llegar rápido a destino sin haber descubierto, en el camino, dónde estábamos.








