Lo primero que uno ve apenas entra en el Museo Conmebol es, literalmente, un escritorio. El mueble exacto en el que en 1916 los presidentes de todas las confederaciones sudamericanas firmaron la creación de la entidad. A su izquierda está el store (una tienda que, a pesar de ser La de la casa madre, tiene menos merchandising que la del Paseo La Galería, uno de los shoppings más grandes y espectaculares de Asunción).
Rapidito, un paréntesis. Del store sale un tema curioso.
Cualquiera que camine dos días por la capital paraguaya podrá darse cuenta de que Asunción explota la marca “CONMEBOL” como si fuera un club. Sus símbolos -lemas, logos, mascotas, equipos, etc.- aparecen en todo tipo de productos y acciones de marketing en distintos rincones de la ciudad. “La gloria eterna”, se lee por ahí; “Copa Libertadores”, dice un cartel por allá; “Notifulvo”, la bigotuda mascota de la confederación, se deja ver en llaveros y peluches.
Paraguay es sede permanente de la Conmebol desde 1992 por decisión de las asociaciones sudamericanas. La ciudad de Luque alberga desde 1998 su central de operaciones; su presidente actual, Alejandro Domínguez, también es paraguayo. El Museo del Fútbol Sudamericano -donde estamos ahora- se halla en las inmediaciones desde 2009. Volvamos a él.
En el store hay copitas Libertadores de todos los tamaños, bufandas, tacitas, banderines, vasos, remeras, destapadores y hasta bombillas con la forma del trofeo. Una pizarra blanca, enorme, alberga firmas de referentes del fútbol internacional -la mayoría sudamericanos-, a excepción de las de usuarios anónimos que reclaman al presidente mayor inclusión para las mujeres o manifiestan su desenfrenada pasión en términos desenfrenados no apropiados para este artículo.
El túnel que conduce al primer salón del museo está lleno de pantallas en las que se puede averiguar información de los clubes de cada país que alguna vez fueron parte de la Sudamericana o la Libertadores. En el primer camino aparece la mitad; en el de la vuelta, que también converge en el store, los restantes. En las paredes de ambos túneles hay coloridos murales de futbolistas sudamericanos del pasado y del presente. Los representantes argentinos: Maradona, Messi, Dibu y Mac Allister.
El museo tiene dos grandes salones: uno de selecciones y otro de clubes. Cada cual con un pequeño apartado para el fútbol femenino. En ambos hay expuestas camisetas de tiempos inmemoriales, pelotas, folletos, botines, copas. Hay pantallitas informativas por todos lados.
Antes de repasar las joyitas, un detalle divertido.
En un salón secundario que funciona como antesala del de las selecciones hay una cabina VAR en la que se puede “jugar” a ser árbitro. La pantalla muestra cinco jugadas polémicas sucedidas en partidos reales que el usuario debe recordar o analizar para determinar cuál fue la sanción del árbitro. Y, como en el VAR, tiene la posibilidad de “pedir” distintas cámaras. Al final hay una tabla con los nombres de quienes completaron el juego mejor y más rápido.
Ahora sí. La parte divertida. Empecemos por el salón de las selecciones nacionales, que ostenta algunas gemas.
Los uruguayos no tienen de qué quejarse. Están los botines que usaron los jugadores de la selección campeona del mundo en el ’30, que son los mismos que posiblemente también lucieron los héroes del ’28 que le ganaron la final olímpica a sus vecinos a pesar de que estos, como señala Julio Frydenberg en su “Historia social del fútbol“, hayan sido los “campeones morales”. También está expuesta la celeste que usó el seleccionado en la competición de 1916.
Para los verdaderamente apasionados por la número cinco, aparece un ambo que usó Pelé cuando, con 18 años, vino a Argentina a jugar el Sudamericano del ’59; réplicas de las Copas del Mundo (incluida la Jules Rimet, con la diosa Niké); los botines ídem de Ronaldo junto a su mítica verdeamarela de Corea-Japón 2002.
El salón de los clubes está repleto de objetos teñidos de gloria. Por ejemplo, la camiseta que usó Pity Martínez cuando le hizo el agónico gol a Boca en la final de Madrid; una pincharrata de Bilardo; la de Peñarol campeón del ’60, todavía con sangre de Matosas; una agujereada de Erico, el mítico goleador de Independiente; la de Di Stéfano en Huracán.
Al final hay un espacio dedicado a las casacas de los últimos campeones de la Sudamericana y Libertadores, Lanús y Flamengo respectivamente. Junto a sus vitrinas hay pantallas donde se puede revisar cada una de las formaciones de los equipos ganadores de las dos copas a lo largo de la historia y ver los highlights de esos partidos.
Antes de volver al store por el pasillo final, un túnel rodeado de tótems de figuras luminosas de las selecciones actuales conduce a un escaparate para ver un video institucional en una sala que tiene una pantalla curva inmersiva. Parte del clip está grabado con la referee cam, lo que contribuye a la propuesta de la experiencia.
En fin, la casa que Domínguez no deja de ser una atracción simple, pero divertida, con alguna que otra reliquia futbolera que cualquier fan agradecerá haber visto en vivo. Para colmo es gratis; para entrar solo hay que reservar un ticket en la web oficial de la Conmebol.








