El retorno de Flor Pucarina, la gran estrella de la música andina que cantaba para el futuro | El chasqui americano

El retorno de Flor Pucarina, la gran estrella de la música andina que cantaba para el futuro | El chasqui americano


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Cuando la cantante Flor Pucarina sentía que iba a morir, en 1987, le pidió a Paulino Torres, uno de sus compositores favoritos, que le escribiera una canción final para despedirse de sus millones de seguidores: esos migrantes, en su mayoría indígenas como ella, que en el Perú del siglo pasado se habían desplazado a las ciudades en busca de trabajo.

Las canciones de Flor Pucarina sonaban en radios, mercados, bares y conciertos populares, y eran la banda sonora de la gran migración andina. El éxodo masivo le dio a Lima el tamaño, el rostro y los sabores que hoy la identifican. Sin embargo, las élites criollas han discriminado tradicionalmente a “los indios” y se han tapado la nariz ante sus costumbres, como si pertenecieran a un planeta lejano.

Como ocurre en muchos países del continente, en el Perú prima la división jerárquica entre un país criollo-mestizo “más occidental” y, debajo, uno “más indio” o “más negro”, exótico, que debe ser “civilizado” y asimilado a la nación oficial. El esquema clásico de sociedades coloniales que luchan contra sí mismas, contra lo que son y contra lo que podrían ser. En 1981, cuando las radios de la Lima criolla soñaban con masificar el rock y el pop, una sola canción de Flor Pucarina —el sencillo “Ayrampito”— vendía un millón de copias. La tragedia peruana es que, a pesar de estas cifras, la Lima criolla consideraba el huayno como un gusto “marginal”. Era el mundo al revés.

Flor Pucarina grabó el huayno Mi último canto a los 52 años, una edad en que celebridades mundiales como Tina Turner o Madonna supieron encontrar un segundo o tercer aire en sus carreras. La Faraona del Cantar Huanca, como la presentaban en sus conciertos, habría podido ingresar a la lista Billboard si Billboard se hubiera interesado en la música indígena; pero para entonces ya su cuerpo estaba rendido, en espera de un trasplante de riñón que nunca ocurriría.

La canción de despedida comienza con un discurso o guapeo dirigido a la audiencia. “De qué valdría que [ustedes] lloren, que sufran, cuando mis lindas canciones se han consumado”, recita Flor Pucarina con una voz asombrosamente calmada y reconfortante. No es el tono de quien demanda consuelo, desde el dolor o el miedo a la muerte. Al contrario. Después de casi tres décadas de carrera, Flor Pucarina descendía a consolar a su público, esa masa de gente de clase trabajadora que pronto quedaría huérfana de sus canciones y de su ejemplo.

Había una Flor Pucarina para inspirar cada momento de la vida. Flor Pucarina fue la niña sin padre que emigró a Lima a los nueve años, la pequeña que acompañó a su madre a vender productos en el mercado, la adolescente que se hizo empleada del hogar, la joven aspirante a cantante que se hizo escuchar en un mundo de hombres, la chola de carácter imponente que no bajaba la cabeza, la empresaria que abrió su propio restaurante, la mujer que no encontró el amor definitivo, la estrella solitaria de cuya vida sexual se inventaron rumores, la benefactora y amiga de artistas trans y homosexuales, la flor que se marchitó pronto.

Si la vida de las celebridades opera como un espejo, la referencia a Madonna no es gratuita. A sus 68 años, la llamada Reina del Pop ha lanzado un álbum que, según sus eruditos, expresa su propia mortalidad. La conexión autobiográfica y generacional no es un invento de Taylor Swift, quien, tras docenas de canciones de amor y desengaño, se casó por fin, mostrándole a su audiencia millennial que los cuentos de hadas son posibles. ¿Algún día la escucharemos cantar sobre el divorcio, como Shakira? En una dimensión distinta —salvando distancias de espacio, tiempo, raza, clase—, el arte de Flor Pucarina también era abiertamente autobiográfico, de manera que el público podía encontrar en sus canciones la complicidad de quien vive, goza y sufre lo mismo que tú. “Sola, siempre sola, voy rodando por el mundo”, canta en otro de sus temas más conocidos.

Pero a diferencia de lo que ocurre con aquellas divas, los seguidores de Flor Pucarina no gozaron del privilegio de envejecer junto a su artista. Desde ese duelo —un duelo prolongado durante décadas— nace el documental de Geraldine Zuasnabar, Flor Pucarina, rebelde hasta los huesos. La película acaba de estrenarse en salas comerciales del Perú, y trae de regreso a una figura mítica, una suerte de abuela musical de megaestrellas andinas del registro autobiográfico como Yarita Lizeth Yanarico. En ella se recogen los testimonios de quienes conocieron, acompañaron, vistieron, imitaron, padecieron, adoraron y todavía sienten el impacto de la partida de Flor Pucarina.

¿Qué tipo de complicidad y empatía ofrecían su vida y canciones? ¿Cómo fue la conversación que ella mantuvo con su público en esa larga amistad que duró trece álbumes? ¿Qué puede decirnos en la actualidad de las redes sociales esta celebridad andina que murió sin dar entrevistas públicas, como si todo lo que tenía que decir lo hubiese dicho cantando, hace medio siglo?

Yo soy cholita, pucarina huambla [muchacha del pueblo de Pucará]

Mucho cuidado con que me confundas (…)

Cuando hay tristezas, también sabe llorar

Cuando me ofenden, también yo respondo (…)

Mujer valiente para con cualquiera

Entre mis venas corre sangre huanca (…)

Entre mis venas corre sangre india (…)

Gozaré, cantaré, siempre como pucarina

Una solterita libre para cualquierita…

Cuesta imaginar el efecto de este himno a la libertad de ser chola, joven, india y soltera, en el Perú de 1977, cuando se lanzó la canción. Las mujeres andinas que migraban a Lima eran muchas veces explotadas en trabajos domésticos, sometidas a abusos sexuales, insultadas en las calles y, solo llegado el fin de semana, podían refugiarse en los coliseos populares para escuchar, corear y bailar la música de sus pueblos. Paula Ifigenia Chávez Rojas, bautizada artísticamente como Flor Pucarina en honor a su pueblo, Pucará, era una voz feminista y antirracista mucho antes de que estas etiquetas circularan en la discusión pública. Una mujer que parecía venir del futuro e invitaba a su público a imaginar un mañana distinto.

¿Llegó ese mañana sin que nos diéramos cuenta? La directora huanca Geraldine Zuasnabar es parte de una larga genealogía de músicos y cantantes de Huancavelica y Junín, en los Andes centrales, donde nació y creció Flor Pucarina. En su casa —me cuenta—, “la Puca” era un ícono y sus canciones sonaban todo el tiempo. Su madre, que también es cantante, le contó que un día vio a Flor Pucarina, quizá en un estudio o en un concierto en la Lima de los ochenta. No habló con ella. No la saludó. No la tocó. Solo la vio a lo lejos. El cruce fugaz de esa estrella de la rebeldía en la memoria de su madre germinó en Zuasnabar como una semilla.

Su educación sentimental se puede notar en el trabajo de Chola Contravisual, un colectivo de artistas desde el que Zuasnabar realiza lo que ella llama “audiovisuales de guerrilla”: documentales que perfilan con gran sensibilidad a artistas del pueblo huanca, en especial de la comunidad lgtbiq+. En ellos, la cámara en mano alterna con frescura entre los paisajes imponentes y cotidianos de los Andes centrales y la intimidad de la vida de cantantes, danzantes de tijeras, bandas de punk lésbico y un largo y disidente etcétera. Vistos en conjunto, esos pequeños documentales hablan de una región que bien podría ser el epicentro cultural del Perú. Un hermano peruano de la metrópoli boliviana de El Alto.

Más que el simple orgullo por el lugar de origen, en el trabajo de Chola Contravisual se sienten las ganas de posicionar una estética andina (urbana y rural) frente al colapso de la ciudad criolla. (Además del racismo y la segregación, el crimen en Lima es cada vez más alto e impredecible). ¿Es hora de retornar a la tierra de nuestras madres y abuelas? ¿Se puede superar la división colonial en el Perú? ¿Hay espacio para soñar con otras formas de ser un país?

Mientras reconstruye la vida de Flor Pucarina a través de testimonios diversos, el documental de Zuasnabar teje sutilmente un ensayo visual sobre el territorio andino. Los Andes de esta película no son el predecible paisaje vacío que fomenta el turismo; tampoco como el lugar del atraso y la miseria indígena que tanto emociona a los políticos que sueñan con privatizarlo todo. Los personajes posan frente a las casas de adobe, teja y madera típicas de Huancayo; hablan en capillas llenas de murales religiosos; reflexionan en teatros y cafeterías; caminan en plazas bajo el cielo celeste; y se los ve como anfitriones de los hermosos campos agrícolas del Valle del Mantaro. Se trata de un escenario vivo, multidimensional, de arte y pensamiento, que parece desear un país distinto, uno a la altura de su energía. Quizá uno donde la niñez estudie a Flor Pucarina desde las escuelas.

En contraste, Lima aparece brevemente como un escenario desordenado, gris y ruidoso; uno donde la relación con la naturaleza ha desaparecido. No es la Lima privilegiada y turística que mira al mar, sino el inmenso desierto del desarraigo andino. En uno de los pasajes más interesantes, la cámara contempla el paisaje andino desde la tolva de un camión en movimiento. La voz de Flor Pucarina canta oportunamente sobre una ruptura que hay que asumir con valor: “Déjame nomás, no vuelvas a buscarme, sigue nomás tu camino”. El vehículo se desliza sobre la Carretera Central y las líneas del asfalto se suceden de manera hipnótica. La pantalla intenta traducir durante unos segundos el desgarro de partir. Pero, en lugar de desaparecer, las montañas parecen cada vez más grandes.