El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, había prometido que el de este miércoles en la convención republicana de Dallas sería un mitin “como ningún otro”.
Durante un discurso de casi dos horas, que en su mayor parte sonó a ya escuchado, no cumplió con esa promesa, pero hizo otra. Dará, dijo, 5.000 dólares “a todos los adultos estadounidenses” si los votantes permiten a los republicanos retener el control de las dos cámaras del Congreso en las elecciones de noviembre. Son las famosas midterms y no pintan bien para los suyos, según las encuestas. “Solo pongo una condición: que ese dinero se gaste en nuestro país. No queremos que vaya para Canadá”, exclamó Trump, inmerso como está en una cruenta guerra comercial con el vecino del Norte.
No está claro que algo así sea legal. Tampoco de dónde piensa sacar algo más de un billón de dólares que el órdago electoralista-populista, digno casi de un país comunista, costaría a las arcas de una potencia con una deuda que asciende, según el Departamento del Tesoro, a 40 billones de dólares.
La intervención estrella de la jornada inaugural de la convención −“¡la primera de la historia de cualquier partido!”, dijo Trump− también fue distinta a otras por su puntualidad. La anunciaron para las ocho de la noche, y fue a esa hora cuando compareció el telonero de siempre, el cantante de country Lee Greenwood. Este entonó God Bless the USA y el gran protagonista de una convención inusual bautizada como Trump-a-palooza salió la cancha de los Dallas Mavericks. El presidente de Estados Unidos convocó la cita hace meses con el objetivo de ayudar al partido en las midterms, pero decenas de candidatos en distritos reñidos han decidido saltársela para que la impopularidad de Trump no les salpique.
“Vamos a ganar las elecciones”, prometió un orador más enérgico que de costumbre. “No hay ninguna razón para no hacerlo. Es habitual que los presidentes, demócratas o republicanos, pierdan las elecciones de medio mandato, pero a nosotros nos toca cambiar eso”. Pese a que en la cita con las urnas del 3 de noviembre se renueva la totalidad de la Cámara de Representantes y un tercio del Senado, y el presidente no se presenta, Trump quiso colocarse, pese al riesgo que conlleva, en el centro de esos comicios. “Quiero que finjáis que estoy en la papeleta, que me presento a las elecciones”, pidió. “Hay 35 peleas clave; tenemos que ganar en todas, como ganamos los siete Estados bisagra en las últimas elecciones [de 2024]”. “Si dejamos el futuro en manos de los demócratas, será una tragedia”, añadió.
Además de a enardecer a su base, dedicó su intervención a asegurar una y otra vez que, como en un mensaje de otros tiempos, luchará incansablemente para “derrotar al comunismo”. Agradeció los servicios prestados a sus colaboradores más fieles, defendió los avances de su Administración contra la inmigración irregular en la frontera con México y repitió argumentos conocidos y chistes gastados, que el público celebró como quien ríe la reposición de su teleserie cómica favorita. También se metió con los medios tradicionales, esa industria de las fake news a la que repudia pero que parece necesitar desesperadamente, y bromeó sobre un grupo de mujeres asiduas a sus mítines mientras dejaba caer que sus maridos están celosos de él.
Nueva América
Insistió en su bulo de que ganó las elecciones de 2020, además de en su última ocurrencia −que el Estado de Nuevo México pase a llamarse Nueva América−, y dio rienda suelta a su obsesión por las cifras de asistencia. Dijo que el estadio estaba lleno, aunque las gradas superiores lucían semivacías, y mintió al asegurar que la misma cantidad de gente estaba fuera “de pie”, esperando a que alguien les cediera su asiento. Lo cierto es que los pasillos estaban solo parcialmente atareados a esas alturas de la primera jornada de la convención, al final de un maratón de cinco horas de discursos.
“Estos son los dos dos años más exitosos, también financieramente, de la historia de la presidencia de Estados Unidos”, aseguró, pese a que las cifras desmienten esa afirmación y a que el elevado coste de la vida, la guerra de Irán sin final a la vista (Trump prometió que terminará “justo después de las elecciones”) y la escalada del precio de la gasolina han hundido su popularidad.
También se dedicó a defender una apuesta particular: la candidatura de Ken Paxton al Senado por Texas, un aspirante en el que solo Trump −y los asistentes a la convención− parece confiar. “Tenemos que conseguir que gane”, dijo sobre una contienda en la que se mide con el joven demócrata James Talarico, cuyo estilo podría convertirle en el primer progresista que el Estado mande a la Cámara alta en Washington en tres décadas.
De Paxton, Trump también repitió una broma ya escuchada, en la que fingió que se saltaba el texto del discurso que le habían preparado. “Tal vez no les gusta la forma en la que viste. A mí tampoco me gusta. Puede que no les guste cómo habla. A algunas personas tampoco les gusta cómo hablo yo. Y puede que no les agrade la pinta que tiene, pero ha sido el mejor fiscal general de la historia de Texas”, afirmó sobre el candidato republicano, con un pasado de escándalos y corrupción. “Tenemos que lograr que salga elegido; si hace falta, volveré a Texas una, dos, tres veces… ¡las que sean necesarias!”.
Los asistentes siguieron el discurso con regocijo. Gritaban “U.S.A!, U.S.A!”, aplaudían sin parar, chillaban cuando el orador prometió seguir bombardeando Irán, lanzaban ovaciones de pie y soltaban carcajadas como el que escucha a ese pariente incorregible que no sabe callarse las inconveniencias. Entre los chistes más celebrados estuvieron los dedicados a Talarico (“Talafreako”, lo llamó una y otra vez) y a Venezuela, país que contó entre los Estados petroleros de la Unión. “Con Venezuela, Texas, Oklahoma, Dakota del Norte, Pensilvania… con todos esos Estados increíbles, ahora tenemos más poder que la OPEP [siglas de la Organización de Países Exportadores de Petróleo]”, dijo.
“En estas elecciones vamos a probar que Estados Unidos no pertenece a aquellos que la odian sino a los que la aman”, prometió en la recta final de un discurso que se prolongó durante casi dos horas. Cuando había superado la marca de los 80 minutos, llamó la atención sobre el hecho de que “nadie” hubiera abandonado el estadio mientras él hablaba, aunque eso tampoco fuera verdad. “Es un gran homenaje a Trump”, argumentó, hablando de sí mismo en tercera persona. “Me lo estoy pasando muy bien. ¿Y sabéis qué?: todo el mundo me quiere y yo quiero a todo el mundo”, añadió.
Aún tuvo tiempo de acordarse de Charlie Kirk, activista juvenil MAGA de cuyo asesinato se cumple el primer aniversario este jueves. Mientras la imagen de su viuda, Erika Kirk, se proyectaba en las pantallas gigantes del estadio y el público gritaba ”¡Charlie, Charlie, Charlie!”, Trump prometió “seguir protegiendo” a la familia del activista.
El final tampoco cumplió con la promesa de ser “como ningún otro”. Después de que Trump dijese, como siempre, que Estados Unidos será “más rico, más saludable, más seguro y más grande” que nunca, sonó su canción favorita, YMCA, de Village People y otros de sus clásicos, el “tenor presidencial” Christopher Macchio disolvió la reunión con la fuerza de sus pulmones.
Lo hizo con una interpretación Hallelujah de la que, por suerte para Macchhio, Leonard Cohen, su autor, no podrá opinar. El siete de noviembre, cuatro días después de las midterms, se cumplirán 10 años de la muerte del sublime cantautor.







