A un mes de las elecciones presidenciales, Brasil transita hacia las urnas bajo un clima de máxima tensión política. Los últimos sondeos difundidos reflejan una competencia implacable entre el actual mandatario, Luiz Inácio Lula da Silva, y el principal abanderado de la ultraderecha, el senador Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro.
Las encuestas de institutos como Quaest, Datafolha y AtlasIntel coinciden en que la ventaja inicial del líder del Partido de los Trabajadores (PT) se ha reducido para los comicios del 4 de octubre, tensionando el escenario regional.
Cifras parejas. En la primera vuelta, Lula encabeza las preferencias del electorado con un rango que oscila entre el 37% y el 41% de los sufragios, mientras que Flávio Bolsonaro se consolida de forma contundente en el segundo lugar con un porcentaje que varía del 30% al 37%, dependiendo de la encuestadora.
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Analistas globales subrayan un fenómeno clave en esta recta final: la irrupción y el acelerado crecimiento de figuras alternativas, destacándose de manera especial el escritor y conferencista Augusto Cury, quien ha capturado con fuerza el descontento de un electorado hastiado de la polarización histórica entre petistas y bolsonaristas.
No obstante, los escenarios de segunda vuelta son los que encienden las alarmas en el oficialismo. El único que hasta ahora marca diferencia a favor del presidente actual es AtlasIntel, quien otorga a Lula una ventaja de 7 puntos en un balotaje: 49% frente al 42% de Bolsonaro.
Pero las estimaciones de Bloomberg ubican un eventual balotaje en un empate técnico virtual, con un estrecho 42% de intención de voto para Lula y 41% para Bolsonaro. El instituto Datafolha, uno de los más prestigiosos y de mayor influencia, da un 46% para el actual mandatario y 44% para su oponente.
Esta peligrosa reducción de la ventaja oficialista se explica tanto por el desgaste de la gestión económica como por los recientes y duros cuestionamientos políticos.
División política. El electorado que se vuelca masivamente por Lula da Silva se compone principalmente de las clases de menores ingresos, beneficiarias históricas de los programas sociales del PT, así como de los habitantes de la región Nordeste, bastión tradicional del lulismo.
El actual mandatario, además, retiene el fuerte apoyo de los sindicatos, los empleados públicos, sectores urbanos progresistas, el voto femenino y las franjas poblacionales con menor nivel educativo, que valoran la estabilidad en las políticas de asistencia estatal.
En la vereda opuesta, el núcleo duro y en expansión que respalda a Flávio Bolsonaro se concentra en los sectores empresarios y cuentapropista, los grandes centros urbanos del Sur y Sudeste del país —especialmente en estados clave como San Pablo—, y entre los brasileños de clase media-alta y alta.
Este bloque opositor moviliza también un sólido respaldo del electorado evangélico conservador, de los votantes identificados con el discurso de mano dura en materia de seguridad ciudadana y de aquellos movilizados por el rechazo frontal a la izquierda y a la gestión económica del actual gobierno.
Clave para la región. Este panorama electoral brasileño adquiere una dimensión geopolítica crucial para América Latina. Los comicios de octubre se desarrollan en un contexto continental marcado por un claro giro hacia la derecha y centroderecha en diversos países de la región. Este año resaltaron en Sudamérica los casos de Perú y Colombia.
El fortalecimiento del bloque opositor brasileño no es un hecho aislado, sino que dialoga directamente con un mapa regional donde los gobiernos conservadores y las opciones de corte liberal o soberanista de derecha han ganado terreno de manera sistemática en los últimos ciclos electorales.
Para los observadores internacionales, un eventual triunfo de la derecha en el gigante sudamericano sacudiría los equilibrios geopolíticos de la región. Brasil funciona tradicionalmente como el ancla del multilateralismo progresista y de iniciativas de integración regional como el Mercosur.
Si accede el bolsonarismo al poder, realinearía a la diplomacia brasileña con los ejes conservadores del hemisferio, modificando sustancialmente la postura ante crisis regionales, acuerdos comerciales globales y bloques de cooperación en Sudamérica.
Por eso, la recta final de la campaña brasileña se transformará en una pulseada de alto voltaje, con un electorado altamente polarizado, índices de desaprobación gubernamental que rondan casi la mitad de la población y el empuje de terceras vías como la de Cury.
El futuro político de Brasil no sólo definirá el rumbo interno de la mayor potencia latinoamericana, sino que sentará un precedente definitorio para el mapa ideológico de todo el continente.
Augusto Cury
El psiquiatra que gana adeptos como tercera vía
AFP
Un popular psiquiatra brasileño, autor de libros de autoayuda, busca imponerse como la tercera vía entre Lula da Silva y Flávio Bolsonaro, al subir en los sondeos a un mes de las presidenciales.
Augusto Cury, de 67 años, anteojos y hablar sereno, empezó a ganar súbitamente popularidad luego de su aparición en un debate presidencial de TV al que no asistieron ni Lula ni Bolsonaro.
Un sondeo de la empresa Quaest publicada esta semana ubica a Cury en la tercera posición con el 10% de la intención de voto. Si bien está lejos de Lula y de Flávio, muestra un alza significativa en el electorado y se desmarca del resto de los candidatos, que no pasan del 3%. El crecimiento también se ve reflejado en sus redes sociales.
Cury, cuyas obras de autoayuda han sido traducidas a varios idiomas, ganó 2,2 millones de seguidores en Instagram en la última semana. En un país profundamente polarizado entre la derecha bolsonarista y la izquierda que apoya un cuarto mandato de Lula, el psiquiatra se presenta como una tercera vía con el eslogan “Brasil solo quiere ser feliz”.
“Quiero acabar con esa pelea. No hay dos barcos, hay uno solo llamado Familia brasileña”, dijo Cury esta semana durante un evento político en el estado de San Pablo. También afirmó que le gustaría medirse con Lula en la segunda vuelta.
Su experiencia en política data de 15 años atrás y es limitada: militó en el Partido Verde de izquierda, sin llegar a disputar cargos de elección.
Ahora se presenta como un candidato centrista que busca apoyar a los emprendedores, reducir la burocracia estatal y priorizar lo que él llama “educación emocional”.








