a 50 años de su regreso milagroso tras el accidente de Fórmula 1 que lo dejó desfigurado

a 50 años de su regreso milagroso tras el accidente de Fórmula 1 que lo dejó desfigurado


Hace 50 años se cumplía una de las mayores hazañas del deporte mundial. El 12 de septiembre de 1976, después de 42 días de un accidente que le provocó quemaduras en todo el cuerpo y que lo puso al borde de la muerte, el piloto austríaco de F1 Niki Lauda, entonces de 27 años, volvió a competir.

“Niki Lauda sorprendió gratamente con su cuarta ubicación”, publicó Clarín en su portada del día siguiente sobre el GP de Monza. El noveno puesto había sido para Carlos Alberto Reutemann, el argentino que corría con Brabham pero que había sido contratado por Ferrari para reemplazar a Lauda.

Aún hoy, pocas escenas son tan elocuentes e impresionables como aquella del 1° de agosto, cuando en el circuito alemán de Nürburgring Lauda perdió el control de su Ferrari por un problema en la suspensión.

Golpeó contra la muralla de contención en la curva Bergwerk (el sector más alejado de los boxes) y la máquina se incendió por completo.

La brusquedad del impacto le hizo perder el casco; y para colmo el piloto estadounidense Brett Lunger lo impactó al entrar a la misma curva. Fueron otros corredores los primeros en intentar asistirlo, tan desesperados como impotentes mientras el fuego crecía. Fueron 55 segundos letales.

Lo rescataron sus colegas Harald Ertl, el ya mencionado Lunger, Guy Edwards y Arturo Merzario, quien se arriesgó además para destrabar el cinturón de seguridad y sacar de entre las llamas el cuerpo de Lauda. Merzario sabía que los cinturones de Ferrari eran distintos al de otras escuderías porque había integrado ese equipo hasta poco antes, cuando fue reemplazado por el mismo Lauda.

Además, Lunger aprovechó su experiencia como ex combatiente de Vietnam para brindarle los urgentes primeros auxilios.

El primero de agosto Lauda perdió el control de su Ferrari por un problema en la suspensión.

Hay una imagen emblemática y dolorosa tomada por el fotógrafo alemán Werner Eisel en la que se observa el rostro carbonizado de Lauda. Un helicóptero lo trasladó al hospital más muerto que vivo. Lo sometieron a un coma inducido.

Además del cuerpo quemado, padecía las consecuencias de haber inhalado gases tóxicos. A su ex esposa, la modelo Marlene Knaus, le dijeron que no sobreviviría. Sin mucho más que hacer, un sacerdote le dio la extremaunción.

En esas pocas semanas que fueron desde el accidente hasta su recuperación, Lauda se convirtió en el hombre del milagro: pocas veces esa palabra se puede asociar tanto a un deportista que, internado, apenas abrió los ojos inició su recuperación. Se sometió a injertos que le recuperaron parte de su rostro. Muchos de esos injertos fueron rechazados por su cuerpo. Se quedó sin oreja derecha. Pudo seguir con las cirugías, pero dijo basta.

El año anterior había sido campeón, y en el ‘76 se encaminaba para repetir. Al momento del accidente en Nürburgring (22 kilómetros de peligro puro, conocidos como “infierno verde”) llevaba cuatro victorias y dos segundos puestos. Tenía 61 puntos, más del doble que su inmediato seguidor, el sudafricano Jody Scheckter. Pero el que repuntaría durante su ausencia sería su máximo rival, el inglés James Hunt, quien se afianzaba para coronarse en la temporada y había ganado la prueba del accidente, que no se suspendió a pesar de lo sucedido.

Eran distintos en todo y se detestaban. Lauda, formal, serio, predecible; Hunt trasnochador, mujeriego. Pero fue Hunt quien lo defendió cuando alguien osó burlarse del aspecto físico del austríaco. Y fue Hunt quien recibió una de las felicitaciones más inesperadas cuando se consagró campeón ese año.

Niki Lauda y James Hunt, enemigos íntimos. Foto: EFE

Su vuelta a las pistas había comenzado el viernes 10 de septiembre, cuando se presentó a la prueba de clasificación vendado y dolorido.

Antes, había desoído las recomendaciones de Enzo Ferrari, quien decía que no estaba en condiciones de regresar. Pero la relación del piloto con el dueño de la escudería ya estaba rota. Sobre todo porque a Lauda le había molestado la contratación de un reemplazante.

En una conferencia de prensa le mostró al mundo cómo estaba su rostro, su cuerpo; en qué se había convertido. “Heridas de guerra”, las refería. Y habló de esos dolores que lo obligaron a cambiar la estrategia: adaptar el físico a las exigencias del coche y comenzar las carreras sin el ímpetu habitual.

Había sufrido, en las prácticas, mareos, vómitos y ataques de pánico. Ya en la carrera, llegó a estar último pero con el correr de las vueltas y bajo una lluvia iría tomando el ritmo habitual. La pista estaba peligrosa: inundada en algunos sectores y con una escasa visibilidad. Fueron 52 vueltas. El mundo apuntaba sus ojos a Lauda.

Era tal la sorpresa de su rápida recuperación que las autoridades de Monza le exigieron estudios especiales para confirmar su presencia. “Espero que no me prohíban competir porque tengo dientes de conejo”, ironizó sobre su característica dentadura. “Quizás Dios sea mi acompañante en esta carrera.”

A su ex esposa, la modelo Marlene Knaus, le dijeron que no sobreviviría. Sin mucho más que hacer, un sacerdote le dio la extremaunción.

Primero superó al italiano Mario Andretti y después al alemán Hans-Joachim Stuck. Empezó a recuperar posiciones y se tranquilizó cuando observó que Hunt estaba en los boxes. No iba tan mal. Su objetivo era sumar algún punto que le permitiese mantenerse en los primeros lugares de la tabla.

En mitad de la carrera, la lluvia se volvió intensa. Tanto que pensó en abandonar. “Fue apenas un instante”, reconocería. “Meterme en los boxes, descansar el cuerpo”, cuyos dolores le hacían dudar sobre su continuidad. Primó el orgullo con el que seguiría toda la temporada.

Pero esa vez, en Monza, rodeado de italianos que le jugaban a favor por ser fanáticos de Ferrari, no veía la hora de terminar. Los dolores le eran insoportables y al bajarse del auto que llevaba el número 1 lo primero que hizo fue meterse en una ambulancia que lo esperaba.

Para volver a competir, Lauda se había hecho construir un casco especial, de casi un kilo y medio de peso, adaptado de tal manera que no le incomodara en la zona donde había tenido la oreja derecha. También le protegía de las heridas del cuero cabelludo, que no habían cicatrizado del todo. Ese casco era de un tamaño mayor a lo común.

Tenía un acolchado interno extremadamente suave. Además, se ponía un pasamontañas de fibra sintética altamente resistente al fuego y al calor extremo. Ese modelo serviría como punto de partida para extremar la protección de los pilotos en las futuras competencias.

Niki Lauda con el casco especial que utilizó después del accidente.  Foto: AFP

El casco anterior, un modelo fabricado por la firma AGV, tuvo su propia historia. De rojo intenso y destruido por el fuego, volvió a manos de Gino Amisano, fundador de AGV. Pero en 1987 desapareció de una exposición en Milán, Italia, y nada se supo hasta que en 2024 reapareció en una subasta en Miami.

Pero no se vendió si no que fue entregado al Dainese Group, dueños de la marca AGV, que lo tiene como muestra permanente de los avances en la seguridad en el deporte.

Su legendario casco rojo fue exhibido como homenaje en 2019, el año de su muerte, durante el Gran Premio de Mónaco. Foto: EFE.

Fue Hunt quien aprovechó la ausencia de Lauda para sumar puntos. Para la última competencia, el GP de Japón (Monte Fuji), Lauda llegaba como líder del campeonato con 68 unidades contra las 65 de Hunt. Diluviaba, y la largada se pospuso dos veces. “Mi vida vale más”, pensó -y diría después- Lauda antes de abandonar en la segunda vuelta y retirarse del circuito junto a su esposa: “Correr en estas condiciones es una locura”. Nunca dramatizó la situación. Hunt, en cambio, padecería la pinchadura de un neumático, perdería el primer lugar de la carrera pero terminaría tercero. La suma de puntos le dio el título.

Niki Lauda a bordo de su Ferrari, en 1974, dos años antes de su accidente en el circuito alemán de Nürburgring. Foto: AFP.

Lauda nunca recuperó su buena relación con Enzo Ferrari a pesar de que en 1977 sería campeón. Ese año había regresado sin los vendajes habituales. En el ‘78 se incorporaría a Brabham, escudería en la que debió lidiar con problemas mecánicos permanentes. Se retiraría en el ‘79 y volvería a competir en 1982 para McLaren. Para entonces, sería emblemática su gorra roja con la que escondía las cicatrices de su cabeza. Con problemas y operaciones de la vista, había quienes dudaban de su regreso. Pero en 1984 consiguió su tercer título mundial.

Hay quienes dicen que Lauda fue el mejor piloto de la historia. Otros sostienen que los números de Juan Manuel Fangio o Michael Schumacher son motivo suficiente para ser incomparables. O que ese lugar de máximo privilegio lo ocupan los actuales Lewis Hamilton y Max Verstappen. ¿Y Ayrton Senna?

Lauda se había hecho construir un casco especial, de casi un kilo y medio de peso, adaptado para que lo proteja de las heridas.

“Nos pagaban poco y el riesgo era demasiado”, diría Lauda años después. Se retiró en 1985 sin triunfos. El accidente del ‘76 sería su sombra para siempre. En los ‘90 regresaría a Ferrari como asesor: uno de sus consejos sería la contratación de Schumacher para cortar una sequía de la escudería italiana de dieciséis años. El alemán lo lograría en el 2000.

Niki Lauda, en 2013, seguía vinculado al mundo de la Fórmula Uno. Murió en 2019. Foto: AFP

Lauda siguió vinculado al automovilismo a través de Mercedes y tuvo participaciones periodísticas. También fundó empresas de viajes aéreos. Pero nunca pudo recuperarse de los daños del accidente de Alemania. Trasplantes de riñón y pulmón, divorcio, paternidades.

Alternó entre una vida lo más normal posible y otra en la que lidiaba con su pasado. Hasta que el 20 de mayo de 2019, con 70 años y unas horas después de una diálisis, murió en un hospital de Zurich. Documentales, libros y hasta animés resaltan su figura y su trayectoria.

Mucho antes, el 15 de junio de 1993, su viejo rival y luego amigo James Hunt había fallecido de un infarto. Tenía 45 años. Dicen que Hunt se animaba con Lauda a cosas que otros no.

Si casi todos bajaban la vista ante Lauda por su aspecto tras las quemaduras, Hunt hacía lo contrario. Le sonreía, lo miraba fijo y le decía: “No te preocupes por cómo quedó tu cara: eras feo antes del accidente”.