“La escritura no me salva, pero genera comunidad”

“La escritura no me salva, pero genera comunidad”


“Minas es una ciudad de gente asmática… Mi madre dice que acá todo el mundo tiene asma o cáncer por culpa de las canteras que contaminan el aire y que, como este lugar es un pozo, todo se concentra”, escribe la uruguaya Tamara Silva Bernaschina (Minas, 2000) en Temporada de ballenas, su primera novela. Una historia que entrelaza los recuerdos de una infancia en Minas –una ciudad de tierra adentro, rodeada de canteras– con la obsesión de su protagonista por escuchar el canto de una ballena que canta sola, en una frecuencia que ningún otro ejemplar de su especie puede oír.

“La infancia es una de las líneas más fuertes de Temporada de ballenas y creo que uno de los descubrimientos fue pensar el recuerdo como un mapa deformado –cuenta Silva Bernaschina, que ya había llamado la atención con sus libros de cuentos Desastres naturales y Larvas–. De hecho, está escrito en la novela: el abuelo hace un mapa del recuerdo y, de repente, esos lugares se ven mucho más cerca y se deforman”.

–Dijiste alguna vez que para vos escribir es más un descubrimiento que una invención. ¿Qué descubriste con este libro?

–Pensar la infancia como si todos esos años, entre los 5 y los 12, fuesen una amalgama de cosas mezcladas. Eso fue un descubrimiento lindo. Y también poder pensar en esta narradora infantil que a veces se junta con la narradora adulta, en la percepción y en los espacios que habitan. El proceso siempre es primero el descubrimiento y después la organización: un trabajo más consciente donde la intuición sigue muy latente. Cuando me metí a trabajar en esta novela, que en principio era un texto breve, yo venía de escribir cuentos y de pensar mucho en la forma del cuento. Esa deformación me llevó a pensar en lo fragmentario. Al principio era un experimento: no estaba pensando “esto es un libro, esto es una novela”, sino en cómo se podía estructurar un texto pensando en la materia –en este caso, el agua– y en el sonido.

–Minas aparece como una ciudad marcada por el asma y por las canteras. ¿Cómo pensaste esa relación entre cuerpo y territorio?

–Toda mi obra está muy anclada al territorio, a veces un territorio móvil que no aparece nombrado. Acá es Minas, la ciudad de mi infancia, y convivir con esa nube estuvo ahí siempre, aunque en un segundo plano, que es el plano que tiene la novela. Creo en una novela que no critique de forma frontal, sino que sea un dolor que atraviesa a todos los personajes: eso me parece siempre mucho más efectivo. Son dolores que me atraviesan a mí también. Pienso en la planta de celulosa UPM (la papelera finlandesa cuya instalación en Uruguay, entre protestas y debates ambientales, marcó buena parte de la agenda pública del país en las últimas dos décadas), que transformó a Uruguay en algún punto. Si la historia está tan anclada al territorio y estos personajes están tan afectados por el lugar en el que están, tiene sentido que esos dolores aparezcan.

–Hay una imagen muy potente en la novela: el novio de la madre, que trabaja en la cantera, deja un rastro de polvo gris por la casa “como una babosa gigante”.

–Ahí está ese entorno industrial, tóxico, y obviamente construye unos miedos infantiles que atraviesan ese relato, con todo ese rastro de polvo gris. Y ahí hay algo lindo de los narradores infantiles que a mí me encanta, que es esta posibilidad de desenfoque. De repente, este hombre que trabaja en la cantera tiene dentro de sí casi todo este polvo que va soltando. Es una mirada de la infancia que tiene casi este toque del absurdo, de lo fantástico. Pero también me interesaba eso: que el interés esté tan puesto en, no sé, la Virgen, y que de repente la Virgen sea enorme y capaz que no lo es tanto. Lo mismo con la cañada: esa posibilidad de cambiar de lugar las cosas, de deformarlas, en el mejor de los sentidos.

Contaminación doméstica

La contaminación se vuelve doméstica. La hermana de la narradora, después de descubrir que no puede ser sirena en una ciudad sin mar, cambia su carta a Papá Noel: “Querido Papá Noel, quiero nacer en otra parte”.

–Se habla de “cartografía acuática y sonora” para definir la novela. ¿Te reconocés en esa idea?

–Me encanta esa palabra, y también era eso lo que estaba haciendo: cartografiar, en un principio, todas las imágenes en relación al agua. Eso muy rápido se transformó en lo húmedo y en lo líquido, e incluso más allá, porque también está el hielo metido en el medio. Esas imágenes que tenían que ver con el recuerdo se multiplicaban y empezaba a aparecer la ficción, vinculándose también a través del agua. A diferencia del cuento, que más o menos se expande hacia adelante, la novela se expandía en todas direcciones. Era lindo poder encontrarle puntos de fuga en cualquier lado.

En un pasaje del libro, la narradora confiesa: “Pienso que podría caber entera dentro del corazón de una ballena azul” y se imagina “una arritmia dentro del órgano bombeador de sangre más grande del océano”. La novela arranca con una frase que funciona como umbral: “Hay un sonido que se lo traga todo”.

–La ballena de los 52 hercios es una de las imágenes centrales del libro. ¿Por qué esa ballena?

–En principio pensé que esto capaz no funcionaba: ¿a quién se le ocurre que alguien se construya un aparato para escuchar una ballena? Esa fantasía y ese deseo me parecían mucho más importantes que si era posible o no. Es eso: ir a buscar la posibilidad de escuchar algo que en realidad no tendríamos que escuchar, una frecuencia secreta. Escuchar a las ballenas no significa entenderlo todo; proteger ese secreto me parecía muy importante. Lo que al principio fue como darme contra una pared, al final esa pared se transformó casi en agua, como sumergirse en el imposible y el absurdo.

La escritora uruguaya Tamara Silva Bernaschina. Foto: Guillermo Rodríguez Adami.

–Y ese deseo termina reuniendo a un pueblo entero.

–Esta reunión que la narradora hace con Enzo y con sus vecinos arma una comunidad alrededor de ese deseo, y ya no importa lo que están haciendo o si funciona. Al final es reunirse a pensar en algo que no se puede hacer. Eso me emocionaba: pensar en esta gente armando un aparato, confiando en un profesor de física, yendo para adelante, pero también encontrando la excusa para comer una torta frita. Que esa soledad que de alguna forma impone la ballena no se traduzca también en esa comunidad.

–¿Cómo dialogás con esa tradición de lo fantástico en la literatura latinoamericana reciente?

–Me parece que hay un interés muy rico en las escritoras latinoamericanas: se busca mucho porque lo que están logrando –y en mi caso también– es mezclar lo cotidiano con lo perturbador. Están los autores que forman parte de mi educación sentimental, como Armonía Somers, a quien amo, o Felisberto Hernández. Y también los autores más rurales, donde el elemento fantástico no está tan presente, pero esas imágenes de la belleza rural también me reconocían.

Catálogos independientes

Publicada originalmente en Uruguay y editada en la Argentina por Concreto, Temporada de ballenas ya encontró casa en catálogos independientes en diferentes países.

–¿Qué significa para vos el circuito de editoriales independientes?

–Trabajo desde muy chica en el ambiente del libro independiente y tengo mucho cariño por esas ediciones que se hacen desde el amor y desde el esfuerzo. Ahora Temporada de ballenas está encontrando casa en editoriales independientes de Bolivia, Colombia, Perú y México, y esa posibilidad de trabajo con los editores es de tremenda alegría. Esta novela para mí era importante que siguiera circulando así, y no en una editorial más grande que capaz le da más visibilidad. Esa es una pregunta que siempre tengo: ¿por dónde viene la visibilidad que me importa para esta historia?

–Hay una frase tuya que rompe con lo que generalmente se dice: “La escritura no me salva de nada”.

–Eso se convirtió en un cliché: la escritura salva, la lectura salva. En una edición boliviana me propusieron escribir un epílogo, y no me salió como los epílogos que yo conocía, así que terminé escribiendo un ensayito poético breve sobre qué es la escritura para mí hoy.

–Decís: “Entre la palabra y la tierra bajo las uñas, me quedo con la tierra”.

–Al menos a mí, la escritura no me salva de nada, y tampoco la lectura, pero sí me hace generar espacios de juntarme con alguien y pensar de qué manera se narra tal cosa. Esa reunión, ese hacer comunidad, me parece lo más valioso siempre, porque es de ahí, de pensar en los imposibles, que las cosas pasan.

La escritora uruguaya Tamara Silva Bernaschina. Foto: Guillermo Rodríguez Adami.

–Trabajás mucho el silencio en tus textos, los espacios que no se llenan.

–Para mí es tener espacio para una pregunta que no se responde de inmediato, o que el texto intenta responder en otra dimensión, que no tiene que ver con las palabras sino con una sensación. Me pasó al trabajar en Larvas, un libro lleno de huecos que a mí me encantaba que estuvieran cuidados, no solo por el cuento sino por los personajes. En Temporada de ballenas pasa lo mismo: en medio de cada fragmento hay un espacio enorme en el que pasan muchas cosas. Elegir qué contar y de qué manera organizar eso fue, además de muy divertido, una forma de confiar en quien lee.

Tamara Silva Bernaschina básico

  • Nació en Minas-Uruguay, en 2000. Vive en Montevideo.
  • Es autora de Desastres naturales (2023), su primer libro de cuentos, galardonado en 2023 con dos Premios Bartolomé Hidalgo: el de Narrativa y el Revelación.
  • Al año siguiente, recibió el Premio Nacional de Literatura en la categoría Ópera Prima.
  • Su novela Temporada de ballenas (2024) recibió una mención de honor en el concurso literario Juan Carlos Onetti.

Temporada de ballenas, de Tamara Silva Bernaschina (Concreto).