quiénes son y cómo hacen las escenas de acción más espectaculares del cine argentino

quiénes son y cómo hacen las escenas de acción más espectaculares del cine argentino


Caseros. Un galpón. A pocos metros de la avenida General Paz hay un portón oscuro que rompe con la monotonía de talleres y fábricas. Desde afuera no hay nada que llame la atención. Pero alcanza con cruzar la entrada para entender que no se trata de un depósito cualquiera.

Tres camionetas ocupan casi todo el espacio. A un costado, cuatro maniquíes cuelgan de una estructura metálica. Tres camas elásticas permanecen suspendidas del techo. En un rincón, una escalera conduce al único piso del galpón. Más allá, detrás de una puerta pequeña, descansan manos, piernas y torsos que parecen humanos, pero son de silicona. Todo parece el escenario de un accidente. En realidad, es el lugar donde se construye la ficción.

Frente a una de las camionetas, Ariel (52) y Hernán Martínez (45), y Fernando Menghi (52) toman asiento. Los dos primeros son hermanos y llevan décadas dedicados a un oficio tan riesgoso como invisible: hacer que el público crea que quien salta de un edificio, atraviesa un parabrisas o queda envuelto en llamas es el protagonista de la historia. Menghi, coordinador de dobles y de efectos especiales, completa el equipo que desde hace más de 30 años trabaja detrás de algunas de las escenas de acción más recordadas de la industria audiovisual argentina.

Del juego al rodaje

Antes de atravesar el parabrisas de un auto, caer desde varios metros de altura o prenderse fuego, los hermanos Martínez ya jugaban a desafiar el riesgo. Lo hacían sin cámaras, sin directores y sin equipos de seguridad. Apenas eran dos chicos que transformaban un patio de tierra en una pista improvisada.

“Mi primera experiencia como doble de riesgo fue por mi hermano”, recuerda Hernán. “Él ya trabajaba de esto. Yo tengo el recuerdo de jugar juntos cuando éramos chicos. Ariel era bastante apasionado y yo también. Mirábamos los Dukes de Hazzard, El Auto Fantástico. No era normal que alguien jugara a cosas de dobles de riesgo”, enfatiza.

Durante la infancia de los hermanos, los kartings se convertían en autos de persecución, las bicicletas reemplazaban a las motos de las películas y las rampas aparecían donde otros nenes sólo veían un terreno de tierra. “Mi vieja nos decía: ‘¡Ojo que se van a matar!’ Ariel me llevaba por lugares donde no se podía andar con un karting. Saltábamos, hacíamos trompos, cosas que no hacía la gente en esa época”, cuenta.

A Ariel se le dibuja la sonrisa. Completa la otra parte de la historia. Su padre era mecánico y los autos formaban parte de la vida cotidiana mucho antes de convertirse en una herramienta de trabajo. “Mi viejo me tenía la moto porque no hacía pie. Yo tenía diez u once años. Me largaba, daba la vuelta a la manzana y cuando volvía me sostenía otra vez para que no me cayera. Lo que hoy hacemos con autos preparados, nosotros ya lo hacíamos de chicos. Primero con kartings y después con autos de verdad”.

Durante años, Ariel practicó artes marciales. El movimiento, el equilibrio y las caídas empezaron a ser parte de una rutina que terminaría marcando su profesión. “Jugábamos a las películas de vaqueros, nos tirábamos trompadas, volábamos por arriba de las mesas de casa. Eran juegos de chicos… después simplemente empezamos a hacerlos de grandes”, dice Ariel.

El estudio se dedica a crear escenas de acción para la ficción local.

Menghi llegó por otro camino. El suyo no empezó entre motores ni pistas, sino dentro de un gimnasio. “Siempre digo que yo no elegí este trabajo, el trabajo me eligió a mí”, dice con algo de nostalgia. Empezó gimnasia artística cuando tenía entre siete y ocho años. “Era un chico hiperactivo. Dijeron: ‘Hay que meterlo en un gimnasio’. Después alguien vino a buscar deportistas para trabajar como dobles de actores y actrices. Y ahí empezó todo”, manifiesta.

Durante años aprendió a repetir un movimiento hasta que saliera perfecto. A caerse sin lastimarse y a confiar en el cuerpo incluso cuando parecía desafiar la gravedad, porque de eso se trata la gimnasia artística. Cuando llegó al mundo de los dobles de riesgo, descubrió que gran parte de ese entrenamiento ya lo había hecho antes: “Mi deporte, [la gimnasia artística], era más difícil en el alto rendimiento que lo que empezaba a ser mi actividad laboral”, comenta.

Algunas escenas de dobles de riesgo combinan acrobacias con peligro verdadero como el fuego.

Ariel fue el primero en dar el salto profesional. Entró a una empresa dedicada a los efectos especiales después de un casting. Hernán y Fernando llegarían más tarde. Los tres compartieron años de aprendizaje hasta que, en 2007, decidieron crear Efectistas, la empresa en la cual hoy coordinan algunas de las escenas de acción más complejas de la industria audiovisual argentina. Participaron de producciones como El Marginal, En el Barro Homo Argentum e Hija del Fuego: la venganza de la bastarda.

El cuerpo pone el límite y no hay lugar para el error

En el multiverso de los dobles de riesgo, la espectacularidad ocupa apenas unos segundos en pantalla. Detrás de cada vuelco automovilístico, incendio o caída en altura hay horas de planificación, ensayos y una coordinación casi milimétrica. Nada queda librado al azar. No puede quedar. En un oficio así, en el que el cuerpo es la principal herramienta de trabajo, equivocarse no es una opción, ya que hay una sola oportunidad para realizar la ejecución de acción: “Realmente no tenemos mucho margen de error, no se puede fallar en este trabajo”, destaca Hernán.

En el set con Luciano Cáceres.

También agrega que lo que no se logra previamente, siempre tiene un “ensayo” para que salga. Mientras habla, enumera algunas de las escenas que más precisión requieren: saltos desde altura, personas envueltas en llamas, vuelcos de vehículos. “No podemos fallar. Por ahí no se puede hacer dos veces un vuelco. El auto se rompió y se rompió. Acá es una toma única. Tiene que estar todo chequeado al máximo”, insiste Hernán.

Ariel asiente. En Argentina, explica, muchas escenas de acción se realizan con recursos limitados. A diferencia de las grandes producciones internacionales, donde un mismo vehículo puede duplicarse para repetir una toma, acá la oportunidad suele ser única. Esa diferencia, sin embargo, también moldeó la forma de trabajar de Efectistas.

Las escenas con dobles de riesgo que involucran autos se suelen grabar una sola vez por temas presupuestarios.

Los cerca de treinta integrantes del equipo no solo ejecutan las secuencias de riesgo, sino que también coordinan la seguridad, la planificación y la puesta en escena. “En Estados Unidos hay muchísimos más técnicos y menos trabajo para cada uno. Hay especialistas que hacen cinco largometrajes en toda su carrera. Acá, al ser un equipo más chico, acumulamos una experiencia enorme. Yo participé en más de 120 rodajes diferentes”, explica Hernán.

Mientras la IA gana terreno en la industria audiovisual, Hernán cree que hay un oficio difícil de reemplazar. “Esto es como el trabajo de un mago. Los secretos no están en internet”, afirma. Para él, ninguna tecnología puede sustituir la experiencia y el entrenamiento de un doble de riesgo. “El humano suma más cosas que la máquina”, dice.

El miedo también se entrena

Ni la experiencia, ni los protocolos, ni los cientos de escenas realizadas alcanzan para borrar una sensación que aparece antes de cada acción. El miedo sigue estando. La diferencia es que aprendieron a convivir con él: “El que dice que no tiene miedo es un mentiroso o está loco. Uno tiene miedo, pero debe que aprender a controlarlo”, asegura Hernán.

Ariel intenta describir uno de esos instantes en los que el cuerpo queda suspendido entre la técnica y la incertidumbre: “Cuando hacés un vuelco con un auto venís con el ruido del motor, golpeás la rampa y después hay un momento en el aire que es la nada misma”, relata. “Estás en el aire y pensás: ‘¿Qué va a pasar cuando pegue contra el piso?’. Puede caer de techo, de rueda o de costado. Ese momento da miedo. Después viene el golpe y empezás a girar”, cuenta con algo de inquietud mientras recuerda escenas. Detrás de esa incertidumbre, explica, hay un procedimiento ensayado una y otra vez.

–Y con el fuego, ¿cómo es eso?

–Con el fuego ocurre algo parecido. El procedimiento está ensayado hasta el último detalle, pero la escena nunca deja de imponer respeto. Vos confiás en la gente que tenés alrededor porque la conocés hace años. Son técnicos que ya hicieron esto un montón de veces. Te revisan el equipo, te dicen ‘ajustate esto’, ‘fijate aquello’. Te prendés fuego completo, pero sabés que hay un grupo preparado para actuar.

El manejo del fuego es una de las producciones que lleva más atención.

Mientras habla, queda claro que la palabra que más se repite no es riesgo. Es confianza. Hace apenas unas semanas filmaron una escena de atropello. Ariel debía recibir el impacto y quien manejaba era Fernando. En otras oportunidades, los roles se invierten, dice Ariel:

–Tenés que confiar en la persona que está manejando, porque marcás una velocidad y, si en ese momento hacés el doble de lo acordado, lo podés llegar a matar o lastimarlo muy mal.

La coordinación también se construye con años de trabajo compartido. Hernán recuerda una escena junto al director Marcos Carnevale, quien quedó sorprendido por la sincronización entre ambos hermanos. Al recordar la anécdota, Hernán interviene:

–Nos decía que le llamaba mucho la atención la conexión que había entre nosotros. Hay que saber qué va a hacer el otro, aunque ya lo hayas hablado antes. Además, siempre hay un coordinador que distribuye cada tarea de seguridad. Todos somos especialistas y conocemos cómo funciona cada arnés, cada equipo y cada procedimiento.

Por Milena Busto, Stefanía Fossa-Olandini, Matías González

Maestría Clarín / Universidad de San Andrés