Sentado bajo una galera de madera y lámina recién construida en medio de un predio baldío, Wilfredo Guerrero mastica los últimos trozos de plátano y el arroz con frijoles de su almuerzo cuando ve entrar un carro rojo al terreno que, desde hace un mes, es su casa, su puesto de vigilancia y su lugar de resistencia. Deja el plato sobre un banco de cemento, se levanta y se pega sigiloso a una lámina para observar a los pasajeros sin ser visto. Mete la mano en la cangurera que lleva en la cintura y espera unos segundos. Luego, se da la vuelta y vuelve a relajarse. “Son de los nuestros. Es que estos cabrones cambian de carro como cambiarse de calzoncillo”, dice riéndose. Y vuelve a su plato.












