La maternidad se está corriendo hacia edades más avanzadas. Cambió también el momento en que muchas mujeres deciden tener hijos. Pero hay una pregunta médica que todavía no puede esquivarse: ¿el cuerpo acompaña ese cambio o la sociedad avanzó más rápido que la biología?
Para los especialistas, la respuesta tiene matices. La medicina logró separar, en parte, la edad de la mujer de la edad de sus óvulos, pero no detener el reloj biológico del ovario.
“El cuerpo no acompaña la maternidad. Es la mujer la que decide ser madre más tarde”, dice a Clarín Fernando Neuspiller, especialista en medicina reproductiva. El reciente caso de María Frías, la mujer de 62 años que se convirtió en la madre primeriza de más edad de Argentina, reactualiza el tema.
El ovario envejece prácticamente de la misma manera que hace 100 años: con la edad disminuye la cantidad de óvulos y, sobre todo, la proporción de óvulos genéticamente normales.
A partir de los 35 años comienza a caer de manera marcada esa proporción; a los 40 es mucho menor y después de los 45 la posibilidad de encontrar un óvulo genéticamente normal es extremadamente baja.
La medicina puede recuperar óvulos, generar embriones y estudiarlos genéticamente para elegir los que son aptos. “Lo que se puede hacer es seleccionar y transferir embriones genéticamente normales, pero lo que no hay son más óvulos normales”, resume.
La situación es diferente con el útero. “El útero no envejece igual que el ovario”, explica el experto Sergio Pasqualini. Puede conservar su capacidad para llevar adelante un embarazo mucho después de que los ovarios hayan perdido gran parte de su capacidad reproductiva. Por eso, la criopreservación y, especialmente, la ovodonación permiten correr una barrera biológica.
Eso no significa que el embarazo a edades avanzadas sea equivalente al de una mujer joven. Con los años aumentan patologías uterinas y riesgos como hipertensión, diabetes y complicaciones obstétricas.
“Tenemos que preguntarnos si podemos conseguir que se embarace, pero también si es razonable que se embarace y qué riesgos estamos asumiendo”, plantea Pasqualini. Para él, la evaluación debe ser integral y no limitarse a la posibilidad técnica de conseguir un embarazo.
Neuspiller coincide en que la salud general se convierte en un límite cada vez más importante. Una mujer de 60 años tiene una probabilidad mucho mayor de padecer hipertensión que una mujer joven y, si se combina con un embarazo, aumenta el riesgo de preeclampsia y otras complicaciones.
Entonces, ¿hasta qué edad se puede hacer un tratamiento? No hay una única respuesta. En tratamientos con óvulos propios, Neuspiller considera que a partir de los 45 años la posibilidad de lograr un recién nacido es extremadamente baja. Desde los 46, estima, puede ser inferior al 1%, y pueden necesitarse decenas de óvulos para obtener un embrión genéticamente normal. En esos casos, sostiene, no tiene sentido insistir con óvulos propios, aunque sí puede considerarse la ovodonación.
Con óvulos donados, el límite cambia, pero no desaparece. Según Neuspiller, las recomendaciones de sociedades internacionales y de la Sociedad Argentina de Medicina Reproductiva establecen los 50 años como referencia para dejar de realizar tratamientos. En su clínica, ese es también el límite.
Pasqualini evita, en cambio, fijar una frontera rígida asociada a un cumpleaños. “La edad cronológica importa, pero también importa muchísimo la edad biológica”, dice. Advierte que por encima de los 50 años la evaluación debe ser “excepcionalmente rigurosa”.
Y agrega otra dimensión: el futuro del hijo. La edad de la pareja y la red afectiva y familiar disponible también deberían considerarse antes de indicar un tratamiento.
“No podemos mirar solamente el embarazo. También pondría sobre la mesa el bienestar futuro del hijo. No es lo mismo una mujer de edad avanzada cuya pareja también tiene una edad muy avanzada, que una mujer de esa misma edad con una pareja considerablemente más joven. Tampoco es lo mismo una persona prácticamente sola que alguien que tiene hijos, hermanos, familiares y amigos cercanos, una red afectiva y familiar sólida que pueda acompañar“, distingue.
Todo ese contexto importa. “Hace 10 años fue noticia una mamá que a los 47 tuvo mellizos siendo soltera en nuestra clínica. En ese momento era mucha edad, hoy lo más normal es que vengan después de los 40, y ya que tengan más de 50 no es raro, no nos parece mucho ni siendo monoparental el embarazo“, compara.
Ahora existe el límite de los 51 años en la mayoría de los centros de fertilidad, pero también abundan las excepciones. Son casos para analizar individualmente. La edad es un dato. Pero no es el único.
También importan la salud, la expectativa de vida funcional, quiénes acompañarán a ese niño, el contexto familiar y social y la capacidad de los padres para estar presentes durante su crecimiento.
“Si un hombre de 62 años expresa el mismo deseo, probablemente no genere el mismo impacto. Si ponemos en el centro el bienestar del futuro hijo, ¿no deberíamos utilizar criterios similares para ambos géneros? En reproducción asistida convivimos todos los días con deseos profundamente legítimos”, resume Pasqualini.
La medicina puede correr algunas barreras biológicas, no hacerlas desaparecer. La pregunta, entonces, ya no es solamente hasta qué edad una mujer puede ser madre. Es hasta dónde la medicina está dispuesta a acompañar ese deseo y cuándo lo técnicamente posible deja de ser razonable.








