Una esquina poco transitada de Caballito, árboles desflecados por el invierno, las luces del alumbrado que se encienden, calles con adoquines. En una casa, un gato blanco y naranja que se llama Sinn Fein, en homenaje al partido irlandés, merodea sobre una mesa. Es del anfitrión, Julio Spina, periodista y licenciado en Letras, que acaba de publicar Matar. La historia completa de la Triple A (Sudamericana).
El autor ofrece agua, enciende un cigarrillo y dispara definiciones y descubrimientos sobre aquella banda terrorista de ultraderecha y otros grupos criminales –como el Comando Libertadores de América–, que se dedicaron a perseguir y a matar opositores de distintas categorías entre 1973 y 1976.
–¿Por qué escribir un libro sobre la Triple A?
–La primera cuestión es que la idea no fue mía sino de un amigo; la íbamos a hacer juntos, pero finalmente decidió no hacerlo. Por otro lado, es una época que me tocó vivir, la conozco bien. Yo era militante, tuve amigos asesinados por la Triple A, como Eduardo Bekerman, “El Roña”. Y después, que la década del setenta nunca se terminó de ir, siempre está volviendo. Una, porque las heridas están abiertas y van a seguir abiertas porque los desaparecidos siguen desaparecidos. Y otra, porque 1975, en particular, fue el último año donde Argentina pudo pensarse a sí misma como país. El punto de cierre fue el “Rodrigazo”, que fue un ensayo de lo que después haría la dictadura, y además la salida de Rodrigo supuso la última victoria de la clase trabajadora argentina, junto con el alejamiento de José López Rega.
–¿Qué aporte hace el libro?
–Uno, por ejemplo, es que existió una proto Triple A, que comenzó, por poner una fecha, con la desaparición de Felipe Vallese en 1962, y que llega hasta la desaparición de Ángel “Tacuarita” Brandazza en 1972. Investigué en profundidad y empecé a ver que había nombres de personal policial que se repetían.
–Como el comisario Juan Fiorillo, condenado por la desaparición de Vallese, que recupera la libertad y se lo denuncia como parte de la Triple A…
–Como “El Tano” Fiorillo, o como Agustín Feced, comandante de Gendarmería, involucrado en el secuestro y asesinato de Luis Pujals en 1971, o como el comisario Telémaco Ojeda, que participó del secuestro y asesinato de Brandazza y luego se dedicó a otras tareas represivas.
–¿Qué rol jugó Perón respecto de la Triple A? Porque públicamente nunca la condenó.
–Perón no era un tipo vengativo. Tuvo la oportunidad, en sus primeros gobiernos, de reprimir violentamente los alzamientos militares en su contra, como los bombardeos de junio de 1955. Y no lo hizo. Prefirió irse al exilio. Y cuando vuelve Perón todos coinciden en que volvía como un “león herbívoro”. Por otro lado, en la conferencia de enero de 1974, cuando la periodista Ana Guzzetti le pregunta qué va a hacer ante los atentados policiales y Perón se saca de quicio, después de decirle que eso lo va a tener que demostrar, continúa y dice: “Muchas veces me han propuesto crear un escuadrón de la muerte, como en Brasil, para hacerle la guerrilla a la guerrilla, pero creo que no es posible ni conveniente”. Ese es el marco. Por otra parte, Perón, cuando regresa, tenía pocas horas de lucidez por día. Y ahí empieza a tallar cada vez más fuerte López Rega. Perón empieza a tener una dependencia hasta en cuestiones íntimas. Yo descarto que Perón haya tenido que ver con la creación de la Triple A. Pero Perón estaba muy cerca de López Rega como para no saber sobre ella. También es cierto que no lo quería saber. Esa es mi conclusión.
–En el libro no se ciñe al “núcleo duro” de la Triple A, generado desde el Ministerio de Bienestar Social y desde la Policía Federal, en especial cuando estaba a cargo del comisario Alberto Villar. También habla sobre el Comando Libertadores de América de Córdoba, el Comando Pío XII de Mendoza, el grupo que respondía al diputado del PJ Rodolfo Ponce en Bahía Blanca, las bandas que alojaba la UOM, la Concentración Nacional Universitaria (CNU)…
–Todos esos grupos coincidían en cuál era el enemigo. En Bahía Blanca también se llamaban Triple A. También existían la Alianza Anticomunista del Litoral, el Comando Anticomunista en Mendoza, el Comando Nacionalista del Norte en Tucumán; en Salta actuaban policías provinciales en alianza con sectores del sindicalismo.
–¿Qué sucede con la Triple A cuando López Rega abandona el país, en julio de 1975? Porque los crímenes cometidos desde el Estado continúan.
–La Triple A cambia de dueño. El Ejército se hizo cargo. ¿Por qué siguieron usando la marca Triple A? Yo creo que porque era una marca registrada, conocida. Y, en segundo lugar, porque era una manera de contribuir al desprestigio del ya muy desprestigiado gobierno de Isabel Perón. En Tucumán, la Triple A había dejado de existir en febrero de 1975, cuando todas las fuerzas militares y de seguridad, en la provincia, pasaron a depender del general Acdel Vilas. En Córdoba, por una interna entre López Rega y el interventor Raúl Lacabanne, la Triple A había sido desalojada a fines de 1974. En su lugar Lacabanne instala el Comando Libertadores de América, que no era la “versión cordobesa de la Triple A”, como se dice. Al Comando Libertadores de América lo conducía directamente el Ejército.
Julio Spina, periodista y licenciado en Letras, que acaba de publicar Matar. La historia completa de la Triple A (Sudamericana). Foto: Ariel Grinberg.–En Matar hay alusiones a los vínculos entre la Triple A y las fuerzas armadas, un tema poco estudiado. ¿Cuáles eran los vasos comunicantes entre ambos?
–La Triple A desaparece el 24 de marzo de 1976 porque todos los grupos fueron asimilados a la dictadura. Los que no fueron asimilados terminaron asesinados o presos. Yo entrevisté a un ex miembro de la CNU que fue torturado por el subcomisario Gallone. En sus comienzos la Triple A fue pertrechada por el Ejército, hasta que se pudo autofinanciar. De hecho, en el expediente sobre la Triple A figura el inventario de las armas que se encontraron cuando López Rega se fue del país, y había fusiles FAL, que solo usaban las fuerzas armadas. Los militares no iban a permitir que estos grupos no estuvieran monitoreados por ellos. Hay un cable de la embajada de Estados Unidos en Argentina de fines de 1974, en donde se dice que las actividades de la Triple A se planificaron en el Ministerio de Defensa, en una reunión donde había personal de las tres fuerzas. Rodolfo Walsh señaló a, al menos, una docena de militares que tenían vínculos estrechos con la Triple A. Creo que otro hallazgo de este libro, leyendo el expediente, es que un policía, Juan Emilio Coquibus, reincorporado con destino al Ministerio de Bienestar Social, cuenta ante la Justicia que una de sus funciones era tramitar la reincorporación de personal policial que había sido dado de baja. ¿Para qué quería una repartición dentro de Bienestar Social reincorporar policías que habían sido dados de baja? También encontré unos cincuenta decretos del Poder Ejecutivo Nacional por los que se volvía a convocar al servicio activo a oficiales o suboficiales retirados, dados de baja o exonerados. En esos decretos no se dice para qué son convocados.
–Algunos de esos decretos los firmó Perón.
–Sí, firma la reincorporación del comisario Villar al servicio activo luego de que el ERP intentara tomar el regimiento de Azul, donde muere el coronel Arturo Gay. Después reincorpora al comisario Luis Margaride. No solo eso, semanas después reincorpora a tres policías que luego también formarán parte de la Triple A. Perón no sabría quiénes eran esos tres tipos, pero evidentemente lo hizo a pedido de alguien. Él tuvo dos momentos muy duros en su gobierno: uno, el nombramiento de Villar, como consecuencia del ataque del ERP. Y otro había sido antes, el 1 de octubre, cuando, en una reunión encabezada por Perón en Casa de Gobierno, con los gobernadores, Perón se levanta y se va y luego se lee el “Documento Reservado”, en donde se le daba carta franca a las distintas jurisdicciones para que cada una tomara las medidas correspondientes para sacarse de encima a los “infiltrados”.
–¿Por qué la Justicia, respecto de los crímenes de la Triple A, ha sido tan lenta?
–La causa judicial empezó el 11 de julio de 1975, con la presentación del abogado Miguel Radrizzani Goñi. El juicio recién tuvo sentencia en 2016.
–¿Pero por qué tanta lentitud?
–La Triple A siempre fue un tema muy incómodo. Hay temas que nunca se investigaron en el expediente. La pata sindical, por ejemplo. La pata policial tampoco. De los militares, ni hablar. Recién en 2006 se declararon imprescriptibles los crímenes de la Triple A. Las órdenes de detención que dictó el juez Jorge Jorge Oyarbide eran para los más infelices. López Rega ya estaba muerto. Rodolfo Almirón, Miguel Rovira y Juan Ramón Morales murieron con prisión domiciliaria u hospitalaria. Al final se dicta sentencia sobre cinco personas, pero por asociación ilícita, no por un crimen en particular. Quedaron en libertad todos, salvo uno, Norberto Cozzani, condenado por crímenes durante la dictadura.
–¿Cree que al peronismo le falta autocrítica respecto a la Triple A?
–Sí, más bien. Aunque a esta altura no sé quién está en condiciones de hacer una autocrítica. La autocrítica del peronismo la tiene que hacer alguien que haya estado en la época. Por decir algo, no se trata de pedirle a Axel Kicillof que responda por la Triple A.
Julio Spina, periodista y licenciado en Letras, que acaba de publicar Matar. La historia completa de la Triple A (Sudamericana). Foto: Ariel Grinberg.–Bueno, pero el peronismo tampoco la hizo en los 80 o en los 90, cuando había más protagonistas vivos.
–No, claro. Es un tema tabú. Yo, en estos últimos años, cada vez que le comentaba a un peronista que estaba con este libro, me decía que no era tiempo de contar eso. Ni con Macri, ni con Alberto ni ahora con Milei. El peronismo debe una explicación. Como yo soy peronista, quería dar una.
Julio Spina básico
- Nació en Buenos Aires en 1957 en un conventillo del barrio de Congreso, en el seno de una familia peronista que conoció el rigor de la represión en los años 60 y vivió de cerca el terror de la Triple A que narra este libro.
- Periodista de investigación, pasó por las redacciones de las revistas El Porteño y La Maga, fue redactor del diario Clarín y colaborador de Página/12.
- Desde el año 2000 se incorporó a la gestión pública como director de la Auditoría de la Ciudad de Buenos Aires y luego como director general de Derechos y Garantías de la Defensoría del Pueblo porteña.
- Es profesor y licenciado en Letras (UBA), y magíster en Estado de Derecho y Derechos Humanos (Universidad de Alcalá de Henares, Madrid). Ejerce como docente de los niveles terciario y universitario.
Matar. La historia completa de la Triple A, de Julio Spina (Sudamericana).








