cómo es el desfasaje psicológico que experimentan los que ahora adelgazan muy rápido

cómo es el desfasaje psicológico que experimentan los que ahora adelgazan muy rápido


“Aún hoy me sigo viendo como hace nueve meses, a pesar de haber bajado 25 kilos. Sigo comprando ropa online del mismo talle, y continúo usando la misma ropa”. Lo dice a Clarín una paciente de 46 años, empleada administrativa, que hace 28 meses está en tratamiento por obesidad y hace nueve que utiliza las inyecciones de moda.

Su “confesión” -porque como ella otros pacientes también sienten que tampoco es fácil admitir “que te ves diferente”- resume, kilo por kilo, uno de los efectos menos hablados de las inyecciones para adelgazar. El cuerpo cambia mucho más rápido que la imagen que tienen de sí mismos.

“Todavía me miro al espejo y no registro el cambio físico”, sigue.

Una abogada de 49 años que vive en la provincia de Buenos Aires, con apenas tres meses de tratamiento y cuatro kilos menos, cuenta algo parecido de su uso de semaglutida.

“Todavía no me puedo dar cuenta que mi cuerpo está cambiando, y no creo que sea ejemplo de nadie, porque no creo que haya bajado tanto. Pero, hoy fui a la nutricionista, me hizo un InBody (mide la masa muscular, porcentaje de grasa corporal y visceral) y me dio que tenía menos porcentaje de grasa visceral que antes de comenzar a usar las inyecciones”.

La balanza y los estudios dicen una cosa; la mirada en el espejo, otra. La salud mental también recibe estas inyecciones. Y cuesta seguirle el ritmo al descenso físico. El placard también cambia “a destiempo” con muchos de esos pacientes.

El fenómeno se da a la par de que crece el uso de estas “lapiceras” de GLP-1 en todo el mundo. Lo que empezó como un tratamiento para la diabetes tipo 2 terminó convirtiéndose en uno de los tratamientos para la obesidad más recetados del planeta, con al menos 10 millones de personas inyectándose semanalmente. También en Argentina.

El correlato de esa masividad es otro. Cada vez son más los profesionales de salud mental que reportan consultas vinculadas no ya al descenso de peso en sí, sino a la dificultad para procesar psicológicamente esa transformación tan turbo.

Cada vez hay más estudios sobre efectos indeseados, desde náuseas y problemas digestivos hasta los cambios en la piel del rostro por la pérdida acelerada de grasa. Directamente se habla de una suerte de estética propia de estos tratamientos, como las “Caras de Ozempic”. Pero el impacto psicológico, según coinciden los especialistas consultados en esta nota, es que menos se scrollea en las redes sociales.

“El proceso de descenso de peso es más rápido que la construcción de una nueva imagen corporal”, detalla a Clarín la psicóloga Mara Fernández, especialista en obesidad y trastornos de la imagen corporal e integrante de la Sociedad Argentina de Nutrición.

El efecto también existe con la cirugía bariátrica, pero en ese caso existe otra conciencia: Foto: Shutterstock

Fernández agrega un matiz clínico clave. En quienes tenían muchos kilos de más, empiezan a aparecer los colgajos de piel, sobre todo cuando el uso de semaglutida no fue acompañado de los hábitos que sostienen un descenso de peso saludable, como “mayor consumo de proteínas o el ejercicio de fuerza para prevenir la pérdida de masa muscular”.

A eso se suma un costado emocional que rara vez se comenta, por un prejuicio que acompaña a estas personas antes del tratamiento: “¿De qué te quejás? si bajaste un montón de peso”. La ansiedad y la angustia que genera el miedo a recuperar los kilos perdidos, y por otro, los comentarios del entorno.

La especialista repite frases que le cuentan en las sesiones: “Lo hiciste de la manera fácil” o “eso es hacer trampa, es sin esfuerzo ni disciplina”. Calan hondo en quienes están tratando de entender un cuerpo nuevo (propio).

“La imagen corporal aún se ve distorsionada. Lo que refleja el espejo no es la imagen real, sino la interpretación que se armó en el psiquismo del cuerpo anterior”, resume.

Un pinchazo y un ritmo desfasado

Ese delay entre lo que muestra el cuerpo y lo que se autopercibe no es exclusivo de quienes usan esas drogas que imitan la hormona natural que produce la saciedad y reduce el apetito. El tema es que ahora son muchísimas más las personas que se inyectan que quienes se operan para bajar de peso.

Mariano Marcolongo, jefe de Gastroenterología del Hospital Italiano y referente de la Unidad de Tratamiento de la Obesidad y Enfermedad Metabólica, reconoce sensaciones muy similares en los pacientes que atraviesan cirugías endobariátricas, un abanico de intervenciones intermedias que en los últimos años ganó terreno como alternativa a la cirugía bariátrica clásica.

Pero hay una diferencia puntual. Someterse a una intervención suele generar más conciencia del proceso de descenso que aplicarse semaglutida semana a semana, casi de manera automática.

“Los pacientes manifiestan de distintas formas, en las consultas de seguimiento, la mejora en la satisfacción con el propio cuerpo, la recuperación de la autoestima, la autonomía y la funcionalidad”, describe Marcolongo.

En su experiencia, en los pacientes que se inyectan se calca una sensación clásica después de una gastroplastia. “Vienen y dicen que nunca pensaron que iban a llegar a ese peso, o que por fin pueden comprarse la ropa que venían mirando desde hacía tiempo”.

El guardarropas, de hecho, antes que la alacena, es uno de los primeros lugares donde se hace visible el cambio. No solo se achican pantalones “por miedo a dejar de usar el pantalón favorito”, también aparecen colores nuevos , “claros y llamativos en vez de negro”, e incluso cajones de “secciones nuevas”, con equipos para actividades que antes ni se planteaban, “como sumarse a un grupo de yoga o empezar a correr”.

Marcolongo también señala transformaciones que exceden lo físico y lo social. Pacientes que retoman una actividad sexual que habían abandonado. “O aumentan la frecuencia, y empiezan a sentirse más seguros, con una percepción de sí mismos notablemente distinta a la que tenían antes del tratamiento”. Son señales, dice, de “una mejora integral en la calidad de vida que va mucho más allá del número que marca la balanza”.

Entre el espejo que no refleja lo que pasó y la ropa que ya no queda como antes, miles de personas transitan un proceso silencioso, que rara vez se cuenta con la misma atención que reciben los kilos perdidos. Se va más al nutricionista que a terapia por este tema.

Por eso, Fernández resalta que los tratamiento para bajar de peso, sea con inyecciones o con una intervención, no deberían pensarse sin un acompañamiento psicológico paralelo. No como un “lujo terapéutico”, sino como una pieza que permite que el cuerpo nuevo y la cabeza, terminen de encontrarse. También en el placard.